El rey Guillermo se asoma a la ventana
El monarca holandés deja de lado la condición humana y privilegia
una sociedad no democrática, excluyente, convirtiendo a los ciudadanos
en extranjeros de sí mismos.
En el cuarto de Ana Frank, en Ámsterdam, donde
escribió su famoso diario, uno se encuentra con una ventana que da al
patio del centro de manzana. Paul Auster en La invención de la soledad
afirma que desde ese sitio, a través de esa ventana, se pueden ver al
otro lado del patio las ventanas traseras de la casa en la que vivió
René Descartes. Auster imagina a una Ana Frank, sobreviviente de la
guerra, leyendo a Descartes, quien no se cansaba de alabar a ese país
por la inmensa libertad que le ofrecía.
Desde esa
ventana puede que Descartes viera caer las hojas de los árboles o los
copos de nieve en invierno. Pero le daría igual ya que Galileo había
conseguido el retrato de la caída de los objetos mediante el cálculo
aproximado de cómo y dónde caía una cosa y Descartes acababa de mejorar
la representación del cálculo con el sistema de coordenadas con un eje
horizontal y otro vertical. Con una curva que atraviesa los ejes del
tiempo y del espacio, se puede saber donde se encuentra, por ejemplo, un
proyectil en cada momento.
A partir de ese
instante la técnica se volvió autónoma porque ya no estaba ligada a los
fenómenos. Todo se podía calcular y daba igual que fueran obuses o
manzanas.
La realidad se redujo a una regularidad
calculable y la operación permite evitar la participación del ser humano
porque queda excluido de la historia y de su desarrollo. De esta
manera, el lenguaje de nuestros días es accesible a un ingeniero, un
estadístico o incluso como metalenguaje a un empresario, pero resulta
ajeno para todos los demás, dado que la relación del hombre con las
cosas es directa y no virtual.El
Descartes consiguió
aprehender la verdad en cifras pero se le escapó el mundo como mundo.
Todo es medible, tanto las peripecias para conseguir un trabajo, las
vivencias de una relación sentimental o lo que está fuera de nuestro
control, como la incidencia de las reformas económicas o las
consecuencias de una intervención armada. Pero si no somos una variable
atendible para este mundo, si quedamos fuera, si nos excluye, no es un
mundo exacto sino erróneo. La vida no aspira a la exactitud sino al
intercambio, al desarrollo, al acuerdo. En una democracia esto se hace a
través de herramientas políticas que resuelvan los problemas de la
comunidad, interactuando entre los sujetos con sus puntos de vista y sus
razones particulares.
Auster imaginaba a una Ana
Frank sobreviviente, leyendo hoy día las obras de Descartes. Yendo aún
más allá en la ucronía e imaginando que pudieran conversar de ventana a
ventana, Descartes, ante el relato de Ana podría llegar a vincular el
Holocausto con una abstracción que prescindió del fenómeno, es decir, de
la condición humana y provocó su caída libre en el abismo a partir de
una política de población que solo contemplaba a la raza aria. No es
descabellado. Así pasó.
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El hijo de un vendedor de armas y la hija de un colaboracionista de la dictadura argentina |
El rey Guillermo de
Holanda, por idéntico camino -el cálculo y no el relato humano-, acaba
de sepultar el acuerdo colectivo de vivir en un Estado de Bienestar y ha
proclamado, en su lugar, la “sociedad participativa”.
¿De qué habla? En sus propias palabras, se trata de un sistema en el
que "cada holandés debe adaptarse a los cambios que se avecinan y todo
el que pueda debe hacerse responsable de sí mismo y del medio en el que
vive". Obvio es que el rey Guillermo también deja de lado la condición
humana y privilegia una sociedad no democrática, excluyente,
convirtiendo a los ciudadanos en extranjeros de sí mismos.
Muy lejos de allí, en marcos como Brasil, Uruguay, Bolivia o Argentina, país en el que en la provincia de Santa Fe,
por ejemplo, la gestión de un gobierno socialista se encuentra en las
antípodas de la actual involución europea que otrora fue pionera con
modelos hoy olvidados como el sueco o, vaya paradoja, el sistema
inclusivo de los Países Bajos. Hay otro mundo posible, alejado de la
imposiciones de la rigidez del mercado y su aparente invulnerabilidad
global. En aquel extremo austral existe un sistema público de educación y
salud que funciona, crece y contiene. En el sur, hay un camino
contrario al establishment que gobierna hoy Europa. Allí hay laboratorios públicos que producen medicamentos huérfanos,
aquellos que no fabrican los laboratorios privados porque no son
rentables; se combate el trabajo en negro y se fomenta la participación.
El pronto regreso de una administración con un proyecto similar en
tierra chilena es inminente y el resto del continente también participa
de esta transformación: de una u otra manera se suman voluntades para
fomentar el bien común en un encuentro solidario entre lo público y lo
privado con una tenaz supervisión del Estado.
La
exclusión del ciudadano de la historia y del desarrollo parecen, desde
el prisma austral, una enfermedad senil del liberalismo, que en su
ambición desmedida arrasa, como se vio desde aquellas ventanas de
Ámsterdam, con la vida y su sentido.
Que el sistema
recurra a la corona, holandesa en este caso, a una argumentación
mecánica de una seudosociedad participativa que no es otra cosa que un
estadio superior del sistema financiero, evidencia que su carcoma
ideológico está en una fase terminal y recurre a las últimas líneas de
legitimación.
Después de pronunciar su discurso, el
rey Guillermo ha viajado a España y los medios muestran imágenes de su
encuentro y el de su esposa, Máxima Zorreguieta, con el rey Juan
Carlos.
La historia suele tener pliegues extraños.
Cruzar, por ejemplo, a Descartes con Ana Frank en la capital de Holanda y
enlazar a su rey con una plebeya argentina, hija de un miembro del gobierno anticonstitucional que perpetró un genocidio. El azar también juega sus dados: el día que Zorreguieta llega a España, la justicia argentina reclama el arresto de cuatro miembros de las fuerzas de seguridad del franquismo
involucrados en casos de tortura y represión. Parece un juego de
espejos, sombras y huellas y, desafortunadamente, crímenes, cálculos y
complicidades.
El juego de referencias se hace
necesario para explicar aquello que pretende saldarse con un eslogan tan
banal como el de la "sociedad participativa". Pero también para abrir
una ventana, como la del patio holandés, desde el que la vieja Europa
mire al otro lado del océano una versión de la historia que crece desde
el pie, casi en silencio, sin estridencias olímpicas, monarcas otoñales
ni sujetos abstractos.
El modelo supercapitalista de la reina que idolatran las caceroleras como ejemplo contrario a la "yegua".
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