¿HÉROE O VILLANO?

¿HÉROE O VILLANO?

martes, septiembre 26, 2017

Los Morancos (Parodia) Maluma - Felices los 4

ESTA NO ES MI MADRE PATRIA

Una España vergonzante

Omar Rafael García Lazo

Analista politico internacional 

De España nos viene a los cubanos una buena parte de nuestra cultura e identidad. A la España de Cervantes, Machado, García Lorca, Picasso, Goya, Dalí, Bécquer, Unamuno, Ortega y Gasset….la queremos. Igual que a la España republicana, por la que sangraron también muchos cubanos. Al “sobrio y espiritual pueblo de España”, como lo calificó José Martí, lo admiramos y amamos.
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español. Foto: AP
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español. Foto: AP
Pero a la España del coloniaje, la esclavitud y el franquismo; a la España que mandó a callar a Chávez, la misma que impulsó la Posición Común contra Cuba, la despreciamos. La España de la soberbia infantil y herida; la España arrodillada a un imperio mayor y moderno, más por incapacidad que por coincidencia, nos duele, nos avergüenza.

Y ese es el sentimiento que provoca las posturas políticas del actual Gobierno español del Partido Popular (PP).

Si antes el “caballerito” José María Aznar, como lo bautizó Fidel Castro, hizo carrera en Washington secundando la hostilidad de Bush Jr. contra Cuba, al reforzar el bloqueo yanqui con la Posición Común europea; hoy, el mismo Partido Popular parece seguir la rima que desde Washington se compone contra Venezuela.

Y es que obligados por la seña estadounidense, el PP cerró la boca respecto a Cuba, pero canaliza su histeria neocolonizadora (y de paso desvía la atención sobre las acusaciones de corrupción en su contra) con la Revolución Bolivariana.

El sentimiento de vergüenza ajena aflora cuando al seguir la saga antibolivariana y antichavista en los escenarios españoles, se aprecia una robusta y cínica incoherencia entre lo que se propala para el mundo y lo que se vive en casa.

Recordemos que Mariano Rajoy, quien repite en el Gobierno después de incontables cuentas matemáticas, compra y venta de votos, vaivenes parlamentarios, audiencias reales, concesiones palaciegas, y con un exiguo 33% de los votos, ha dedicado más tiempo a Venezuela que a la situación de desempleo juvenil que vive el Reino.

Entre las declamaciones más estridentes de Rajoy contra el país sudamericano están su defensa al ilegal pero aceptado y protegido referéndum organizado por la derecha venezolana; su condena a la convocatoria, ajustada a derecho, a una Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela; y el reiterado llamado a la liberación de “presos políticos” condenados por sus acciones de aliento y propalación de la violencia y el terrorismo.

Pero la última pincelada de esta prosaica y rudimentaria política exterior, expresión sin dudas de los desatinos internos, la vivimos y sufrimos cuando el Canciller español, Alfonso Dastis Quecedo, frente a los representantes de los 193 países miembros de la ONU y refiriéndose al tema de Cataluña dijo que “cualquier desafío a las reglas del juego democrático constituye un ataque grave contra la convivencia en paz y libertad". Para después resaltar que "contraponer una presunta legitimidad a la legalidad constitucional desemboca inexorablemente en la vulneración de derechos fundamentales de millones de ciudadanos y es incompatible con la democracia".

Al escuchar estas ardorosas palabras, muchos nos preguntamos: ¿dónde estaba este personaje mientras en Venezuela líderes de derecha, recibidos como héroes en la Moncloa, llamaban sin escrúpulos a la desestabilización y a la violencia terrorista en Venezuela, negándose a seguir las “reglas del juego democrático”? ¿Acaso no fueron las declaraciones de la derecha venezolana y sus acciones terroristas una “vulneración de derechos fundamentales de millones de ciudadanos” venezolanos, sobre todo aquellos que fueron heridos, asesinados o quemados vivos?

Pero el Canciller fue más lejos en su desfachatez y en el estrado de la ONU dijo que “España desea fervientemente que los venezolanos puedan volver a vivir en democracia, paz y libertad; instamos al Gobierno a que, en el marco de los esfuerzos regionales en curso, lleve a cabo un verdadero dialogo con la oposición".

¿Sabrá el español la catadura moral de la oposición venezolana, capaz de sentarse y conversar, llegar a acuerdos y después negarlos para recurrir a la violencia? ¿Sabrá que los líderes de la derecha venezolana solo aspiran a cargos y cuotas de poder perdidas por el proceso revolucionario? ¿Sabrá que son capaces de traicionar hasta sus propias bases? ¿Sabrá Alfonso, el canciller de Rajoy, que solo en Revolución ha conocido Venezuela la democracia, la paz y la libertad?

Carece de un mínimo de moral el Gobierno español para dar lecciones de democracia al mundo y mucho menos a Venezuela, donde en 19 años ocurrieron más de 20 procesos electorales. Apena ver a Rajoy y su combo invocar la democracia cuando se opone a utilizar mecanismos democráticos en su propio país y se ampara en su poder, en métodos represivos y en ardides judiciales para evitar una solución al viejo problema de Cataluña.

Esta forma autoritaria e inescrupulosa de actuar de Rajoy contradice el discurso vacío que pregona en el exterior. Un Rajoy que, recordemos, se niega incluso a acatar las decisiones del Congreso español, ente que ha reprobado a varios de los ministros, incluyendo el de Hacienda. ¿Autoritarismo en la democracia monárquica?

Nada nos enseña esta España del PP, pero nos recuerda algo que dijo el prócer de la independencia cubana, José Martí, el más universal de todos los cubanos quien fue hijo de españoles: "A España se le puede amar, y los mismos que sentimos todavía sus latigazos sobre el hígado la queremos bien; pero no por lo que fue ni por lo que violó, ni por lo que ella misma ha echado con generosa indignación abajo, sino por la hermosura de su tierra, carácter romántico y sincero de sus hijos, ardorosa voluntad con que entra ahora en el concierto humano y razones históricas que a todos se alcanzan, y son como aquellas que ligan con los padres ignorantes, descuidados y malos, a los hijos buenos".

lunes, septiembre 25, 2017

PRIMERO LA OCUPACION POLICIAL Y DESPUES LOS TANQUES ,AVIONES,HELICOPTEROS Y LOS MUERTOS

 PUERTO DE BARCELONA.

¿VOLVER A LAS ARMAS?

Las formas de lucha

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
Hay temas que, a pesar de tener una presencia constante en la vida de la gran mayoría de las personas, aparecen y desaparecen del radar de aquellos a quienes corresponde reflexionar sobre ellos, sea en el plano científico, cultural o filosófico. Algunos de los temas hoy desaparecidos son, por ejemplo, la lucha social (más aún, la lucha de clases), la resistencia, la desobediencia civil, la rebeldía, la revolución y, subyacente a ellos, la violencia revolucionaria. A lo largo de los últimos ciento cincuenta años, estos temas tuvieron un papel central en la filosofía y la sociología políticas porque sin ellos era virtualmente imposible hablar de transformación social y de justicia. Hoy en día, la violencia está omnipresente en los noticieros y las columnas de opinión, pero raramente se refiere a los temas anteriores. La violencia de que se habla es la violencia despolitizada, o concebida como tal: la violencia doméstica, la criminalidad, el crimen organizado. Por otro lado, siempre se habla de violencia física, raramente de violencia psicológica, cultural o simbólica y, nunca, de violencia estructural. Los únicos contextos en que a veces la violencia adquiere condición política es la violencia en los países “menos desarrollados” o “Estados fallidos” y la violencia terrorista, considerada (y bien) como un modo inaceptable de lucha política.
En términos de debate filosófico y político, nuestro tiempo es un tiempo simultáneamente infantil y senil. Gatea, por un lado, entre ideas que lo atraen por la novedad y le confieren el orgullo de ser protagonista de algo inaugural (autonomía, competencia, empoderamiento, creatividad, redes sociales). Y, por otro, se deja perturbar por una ausencia, una falta que no puede nombrar exactamente (solidaridad, cohesión social, justicia, cooperación, dignidad, reconocimiento de la diferencia), una falta obsoleta pero lo suficientemente impertinente como para hacerle tropezar en su propia ruina.
Como la lucha, la resistencia, la rebeldía, la desobediencia, la revolución siguen constituyendo la experiencia cotidiana de la gran mayoría de la población mundial, que, además, paga un precio muy alto por eso, la disyunción entre el modo en que se vive y lo que se dice públicamente sobre él hace que nuestro tiempo sea un tiempo dividido entre dos grupos muy asimétricos: los que no pueden olvidar y los que no quieren recordar. Los primeros solo en apariencia son seniles y los segundos solo en apariencia son infantiles. Son todos contemporáneos unos de otros, pero se remiten a contemporaneidades diferentes.
Revisemos, pues, los conceptos senilizados. Lucha es toda disputa o conflicto sobre un recurso escaso que confiere poder a quien lo detenta. Las luchas sociales siempre existieron y siempre tuvieron objetivos y protagonistas muy diversificados. A finales del siglo XIX, Marx otorgó un papel especial a un cierto tipo de lucha: la lucha de clases. Su especificidad residía en su radicalidad (la parte perdedora perdería todo), en su naturaleza (entre grupos sociales organizados en función de su posición frente a la explotación del trabajo asalariado) y en sus objetivos incompatibles (capitalismo o socialismo). Las luchas sociales nunca se redujeron a la lucha de clases. A mediados del siglo pasado surgió el término “nuevos movimientos sociales” para dar cuenta de actores políticos organizados en otras luchas según criterios de agregación distintos de la clase y con objetivos muy diversificados. Esta ampliación no solo ensanchaba el concepto de lucha social, sino que daba más complejidad a la idea de resistencia, un concepto que pasó a designar los grupos inconformes con el estatuto de víctima. Es resistente todo aquel que se niega a ser víctima. Esta ampliación recuperaba algunos debates de finales del siglo XIX entre anarquistas y marxistas, en particular el debate sobre la revolución y la rebeldía.
La revolución implicaba la sustitución de un orden político por otro, mientras que la rebeldía significaba el rechazo de un determinado (o de cualquier) orden político. La rebeldía se distinguía de la desobediencia civil, porque esta, al contrario de la primera, cuestionaba una determinación específica (por ejemplo, servicio militar obligatorio) pero no el orden político en su conjunto. El concepto de revolución se fue alimentando con la Revolución rusa, la Revolución china, la Revolución cubana, la Revolución argelina, la Revolución egipcia, la Revolución vietnamita o la Revolución portuguesa del 25 de abril de 1974 (aunque muchos, como yo, dudásemos de su carácter revolucionario).
La caída del Muro de Berlín restó actualidad al concepto de revolución, aunque el mismo resucitase algunos años después en América Latina con la Revolución bolivariana (Venezuela), la Revolución comunitaria (Bolivia) y la Revolución ciudadana (Ecuador), incluso si en estos casos hubiesen muchas dudas sobre el carácter revolucionario de tales procesos. Con el levantamiento neozapatista de 1994, el Foro Social Mundial de 2001 y años siguientes, y los movimientos indígenas y afrodescendientes, los conceptos de rebeldía y de dignidad volvieron a ser predominantes. Hasta hoy.
Subyacente a las vicisitudes de estos diferentes modos de nombrar las luchas sociales contra el statu quo, estuvieron presentes siempre dos cuestiones: la dialéctica entre institucionalidad y extrainstitucionalidad; y la dialéctica entre lucha violenta o armada y lucha pacífica. Las dos cuestiones son autónomas, aunque están relacionadas: la lucha institucional puede o no ser violenta y la lucha armada, si es duradera, crea su propia institucionalidad. Ambas cuestiones comenzaron a ser discutidas a lo largo del siglo XIX y explosionaron en momentos diferentes al final del siglo XIX e inicio del siglo XX. ¿Por qué las menciono aquí? Porque a pesar, en los últimos treinta años, de haber sido consideradas obsoletas o residuales, ganaron últimamente una nueva vida. 
Institucional versus extrainstitucional. Esta cuestión se agudizó con las divisiones en el seno del partido socialdemócrata alemán en vísperas de la Primera Guerra Mundial. ¿Luchar dentro de las instituciones? ¿O presionarlas y hasta transformarlas desde fuera por vías consideradas ilegales? La cuestión siguió su curso durante cincuenta años y pareció haberse agotado con el fin de la revuelta estudiantil de Mayo de 1968. Obviamente que en diferentes partes del mundo continuaron habiendo insurrecciones, guerrillas, protestas, huelgas generales, luchas de liberación; pero de algún modo se fue consolidando la idea de que representaban el pasado y no el futuro, toda vez que la democracia liberal, ahora apadrinada por el neoliberalismo global, el FMI, el Banco Mundial, la ONU, acabaría por imponerse como el único modo legítimo de dirimir conflictos políticos. Todo cambió en 2011 con la ola de movimientos de protesta en diferentes países: las distintas primaveras de revuelta, el movimiento Occupy Wall Street, los movimientos de los indignados, etcétera. ¿Por qué este cambio? Sospecho que la crisis de la democracia liberal se ha venido profundizando de tal modo que movimientos y protestas por fuera de las instituciones pueden pasar a ser parte de la nueva normalidad política. 
Lucha armada versus lucha pacífica. La cuestión de la violencia es el tema que el pensamiento político dominante (tan viciado en el estudio de los sistemas electorales) evitó a toda costa a lo largo del siglo pasado. Sin embargo, los protagonistas de las luchas se enfrentaron continuamente con la cuestión en el terreno. Obviamente que no toda violencia es revolucionaria. Durante el siglo XX quienes más recurrieron a ella fueron los contrarrevolucionarios, los nazis, los fascistas, los colonialistas, los fundamentalistas de todas las confesiones y los propios estalinistas después de la perversión de la revolución que emprendieron. Pero en el campo revolucionario las divisiones fueron encendidas: entre los marxistas y maoístas de la India y Gandhi, entre Martin Luther King Jr. y Malcom X, entre diferentes movimientos de liberación del colonialismo europeo y Frantz Fanon, entre movimientos independentistas en Europa (País Vasco, Irlanda del Norte) y movimientos revolucionarios de América Latina. También aquí –a pesar de la continuidad de la lucha armada en el Delta del Níger y en las zonas rurales de la India dominadas por los naxalitas (maoístas)– la idea de violencia revolucionaria y de lucha armada ha perdido legitimidad, de lo cual las negociaciones de paz en curso en Colombia son una demostración elocuente. 
Empero, hay dos elementos perturbadores de los que quiero dar cuenta. En muchos países donde la violencia política terminó con negociaciones de paz, la violencia volvió (muchas veces contra líderes políticos y de movimientos sociales) bajo la forma de violencia despolitizada o criminalidad común. El Salvador y Honduras son casos paradigmáticos y Colombia podría serlo. Por otro lado, la lucha armada fue deslegitimada porque falló muchas veces en sus objetivos y porque se creyó que estos serían más eficazmente alcanzados por la vía pacífica y democrática. 
¿Y si se profundizara la crisis de la democracia? Uno de los revolucionarios que más admiro y que pagó con la vida su dedicación a la revolución socialista, el padre Camilo Torres, de Colombia, doctorado en sociología por la Universidad de Lovaina, respondió así en 1965 a la pregunta de un periodista sobre la legitimidad de la lucha armada: “El fin no justifica los medios. Sin embargo, en la acción concreta, muchos medios comienzan a ser impracticables. De acuerdo con la moral tradicional de la Iglesia la lucha armada es permitida a una sociedad en las siguientes condiciones:
  1. Haber agotado los medios pacíficos.
  2. Tener una probabilidad bastante cierta de éxito.
  3. Que los males resultantes de esta lucha no sean peores que la situación que se quiere remediar.
  4. Que haya el concepto de algunas personas de criterio ilustrado y correcto sobre el cumplimiento de las condiciones anteriores” [1].
A un pacifista como yo, que siempre luchó por la radicalización de la democracia como vía no violenta para construir una sociedad más justa, provoca estremecimientos pensar si en muchos países los patrones de convivencia pacífica y democrática no se estarán degradando a tal punto que las cuatro condiciones del padre Camilo Torres puedan tener respuesta positiva.
Notas
[1] Torres Restrepo, C. (2016), Textos inéditos y poco conocidos, vol. 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, p.

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M&D-025-Septiembre2017