El camino

El
ministro de Economía, Axel Kicillof, fue al comienzo de su gestión un
marxista descendiente de un rabino de Odessa, para luego ser un ortodoxo
del ajuste en el primer trimestre del año pasado, por el impacto de la
devaluación. Meses después fue un keynesiano irresponsable por la
expansión del gasto público y al poco tiempo un abanderado de políticas
antiobrera en la negociación de paritarias. También fue un ferviente
militante antimercado financiero por su posición inflexible en el
litigio con los fondos buitre para luego convertirse en un ministro pro
city por la ampliación de la emisión del Bonar 24. Fue criticado porque
el cargo de ministro de Economía le quedaba grande, y después señalado
como un pacman en la distribución del poder en el Gobierno porque
avanzaba sobre áreas de otros colegas del gabinete. Es tal la confusión
de los voceros conservadores que encuentran un salario de Kicillof donde
no lo cobra o tergiversan la intencionalidad de sus medidas con el solo
propósito de confirmar sus propios prejuicios. Están tan frustrados que
para tranquilizarse deberían leer o escuchar un poco más a Kicillof sin
esperar que la realidad se acomode a sus deseos.
Es cierto que las exposiciones del ministro son extensas y reitera
los conceptos varias veces, característica atribuible a su tarea docente
como profesor de la Facultad de Ciencias Económica-UBA. Pero esa
particularidad no debería ser un justificativo para la pereza de la
lectura de sus presentaciones. En más de una oportunidad, criticando la
propuesta económica de la ortodoxia, Kicillof planteó que el camino de
la gestión económica heterodoxa es más complejo porque no ofrece un
recetario único, sino que se enfrenta a los problemas concretos y aplica
medidas específicas para acercarse al objetivo de la política
económica, que el gobierno lo resume en crecimiento con inclusión
social.
Es una definición clave para entender por qué los voceros de grupos
conservadores están tan desorientados. La ortodoxia tiene una receta que
aplica en épocas de auge o de recesión sin diferenciar situaciones:
política fiscal y monetaria restrictiva (reducción del gasto público y
tasa de interés alta), contención de las demandas salariales, disponer
la banca central al servicio del sistema financiero y decretar la
apertura irrestricta del mercado local a la producción importada, son
algunos de sus principales pilares. Sacerdotes de la ortodoxia quedan
alterados entonces cuando existe el planteo de transitar un camino
diferente.
La heterodoxia en la gestión utiliza las herramientas de política
económica en forma flexible según los momentos del ciclo económico. Es
una estrategia adaptativa, marca de origen del kirchnerismo, que
inquieta a quienes postulan análisis estáticos de fenómenos económicos.
Quien mejor expresó esa desesperación fue el gurú del dólar a 20 pesos
en abril de 2002, Miguel Angel Broda, que en un encuentro del Consejo
Interamericano del Comercio y la Producción, que reunió a representantes
del establishment, se lamentó por “el plan antiinflacionario de
Kicillof”, que sería “astuto y perverso” porque evita la crisis. Broda
planteó que “las crisis son un paraíso para el próximo ministro” porque
“a veces es más fácil reconstruir un casa desde la destrucción que desde
unas paredes agujereadas”. En otras palabras, quien todavía no explicó
por qué tiene una tendencia a equivocarse en sus proyecciones, apostaba a
un descontrol de las variables económicas para allanar el camino del
ajuste ortodoxo a partir de 2016.
Los sujetos económicos, los factores externos y las relaciones
sociales y de poder domésticas van cambiando y, por ese motivo, la
orientación de cada una de las medidas debe acomodarse para estar en
función de mantener los objetivos económicos definidos en un proyecto
político de inclusión social. Por ese motivo el camino de la heterodoxia
en la gestión es más complicado frente a las dificultades que se van
presentando en el permanente espacio de tensión de actores sociales que
se despliega en la economía. La negociación de paritarias es uno de esos
frentes.
En el período más largo de vigencia de paritarias sin interrupción
(12 años), esa institución del mercado laboral se ha desarrollado en
diferentes escenarios económicos. Como se explicó la semana pasada aquí,
en ese lapso los salarios de los trabajadores registrados del sector
privado han mejorado en términos reales. Y este año no será la excepción
pese las repetidas consignas de pisos y techos a las paritarias,
muletilla que ha desplazado la comprensión de cuál ha sido la
orientación de la política de ingresos en estos años.
El reciente documento de los investigadores de la Universidad
Nacional de General Sarmiento Luis Beccaria, Roxana Maurizio y Gustavo
Vázquez “Desigualdad e informalidad en América latina: el caso de la
Argentina”, es un aporte a ese entendimiento. Señala que “el acelerado
crecimiento del empleo fue, sin duda, uno de los factores que
facilitaron la recuperación de las remuneraciones reales a lo largo de
la década”. Explica que la política de ingresos llevada a cabo por el
Gobierno también ha jugado un papel muy significativo en esta
recuperación. La destaca por la dinámica que tuvo durante estos años:
hubo un “comportamiento usualmente asimétrico de la intensidad de la
variación de los ingresos del trabajo en las distintas fases del ciclo
económico, dado que la pérdida de cerca del 30 por ciento que sufrieron
los ingresos laborales reales en un solo año (2002) sólo se recuperó
después de un prolongado período, ya que recién hacia fines de 2008 se
alcanzaron los valores del último trimestre de 2001”.
La investigación, incluida en el volumen de la Cepal Desigualdad e
informalidad: una análisis de cinco experiencias latinoamericanas,
explica que “a poco de comenzar el nuevo siglo, se inició en la
Argentina un proceso de reducción de los niveles de desigualdad
registrados en la distribución de las remuneraciones, disminución que
incluso fue de una magnitud superior al aumento que había registrado
durante la década de 1990 y los primeros años de la siguiente”. Indican
que esa menor brecha de los ingresos laborales desde 2003 fue acompañada
de una evolución general positiva del mercado de trabajo, revirtiendo
la tendencia de deterioro de las condiciones sociolaborales de los diez
años anteriores. “Dos de las manifestaciones más evidentes de este
proceso han sido la reducción del desempleo y de la informalidad
laboral”, precisan Beccaria, Maurizio y Vázquez.
Es un abordaje interesante profundizar la vinculación de la
formalización laboral con la disminución de la desigualdad. En estos
años ha habido una fuerte caída del trabajo informal, quebrando una
tendencia creciente iniciada a comienzos de la década del ’80, aunque
aún se mantiene en niveles elevados. En base a los microdatos
provenientes de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) trimestral del
Indec en 31 aglomerados urbanos del país, los tres investigadores
concluyeron que la formalización favorece un mayor dinamismo de los
ingresos de los trabajadores ubicados en los tramos inferiores de la
distribución, y que el aumento del registro laboral no solo ha
propiciado que un conjunto mayor de trabajadores accedan a beneficios
sociales y estén amparados por las instituciones laborales sino que,
además, “ha tenido un efecto desconcentrador sobre los ingresos
laborales”.
A pesar de estas mejoras en el mercado de trabajo, todavía sigue
habiendo niveles elevados de desigualdad y de informalidad, cuestiones
que las negociaciones de paritarias deberían incluir para que esa
instancia describa un salto cualitativo desde la base de igualar o subir
algunos puntos sobre el índice de precios al consumidor. Los líderes
sindicales de todas las vertientes políticas e ideológicas tienen la
posibilidad de ampliar su agenda de reclamo, por encima de la
especulación política electoral de la convocatoria a un paro de
actividades o de la negociación con el gobierno por el dinero de las
obras sociales.
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