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Se va la niñez de España con la muerte de
Adolfo Suárez.
Qué recuerdos, cuando España era un juguete. Las revistas de entonces
anunciaban unos plásticos mágicos y muy baratos que, pegados a la
pantalla de tu televisor en blanco y negro, te pasaban los programas a
tecnicolor. También se promocionaban mucho unas gafas maravillosas que
atravesaban la ropa y te permitían ver a las chicas en biquini en
cualquier circunstancia, aunque fuera invierno, vistieran hondos abrigos
y pasaran fugazmente por la acera debajo de un paraguas. Todo le
parecía posible a un niño en aquella España niña, como quedó demostrado
un día de 1976, cuando el hermano mayor de tu mejor amigo te enseñó a
Marisol desnuda en la revista
Interviú.
Buscando en el baúl de los recuerdos, uuhh, te das cuenta de que todo
aquel tiempo fue pura magia. Con sus trampas y sus prestidigitadores.
Con sus elefantes y también con sus payasos. Con sus domadores y sus
leones domados.
Se muere Adolfo Suárez y se muere la niñez de esta España que nunca fue niña. Qué viejos hemos nacido.
Se muere Adolfo Suárez.

Cuando
yo era un niño y mi abuelo nos obligaba a ver el parte de las tres,
salía Adolfo Suárez en la televisión diciendo lo de “puedo prometer y
prometo” y parecía que la tele se ponía ella sola en tecnicolor. Nadie
estábamos acostumbrados a ver a un hombre joven en la televisión, salvo a
Raphael y a
Julio Iglesias. Y menos en el parte y gobernando. Hasta los niños nos dábamos cuenta de que España se estaba poniendo
ye-yé, y les levantábamos las faldas a las niñas sin amenaza de garrote vil. Los
Chiripitifláuticos estaban sustituyendo a
Arias Navarro. Y sonaba el
Habla pueblo, habla
en las radios. Cuando hacía tantas décadas que nadie nos llamaba pueblo
ni nos dejaba hablar. Y resplandecía tenuemente en la sentina de
nuestra Historia un atisbo de hermosura.
Como una perla que brilla en un saco de mierda por un segundo.
Si dejas pasar ese segundo, ya nunca encontrarás la perla.
Y eso es lo que le pasó a Adolfo Suárez. Y a la niñez de España.
Carmen Díez de Rivera, bella, sabia e hija ilegítima de
Serrano Suñer, hoy muerta y entonces negrita fresca y copa joven de
Francisco Umbral,
fue desde 1976 (y antes) consejera áulica de Adolfo Suárez. No solo
ejerció como jefa de Gabinete del presidente predemocrático. Siendo
Adolfo Suárez lector escaso, enseñó al presidente a leer a los clásicos y
a silabear discursos escritos por ella. Después, yo creo porque se
aburrió de Suárez, la chavala se largó con
Ridruejo y con el PSOE, para más tarde volver. A
Carmen Díez de Rivera
se la conocía como “la musa de la Transición”, pero ya nadie se acuerda
de ella porque ya no creemos en las musas y todo el mundo sabe que
nunca existió tal Transición.
Pero en aquella España niña sí creíamos en las musas. Cuando España era un juguete en nuestras manos.
Se muere Adolfo Suárez y España ya no es un juguete. Y ya no está en
nuestras manos. Nunca estuvo en nuestras manos. Ni siquiera en el tiempo
de las musas ilegítimas de Serrano Suñer. Suárez pactó con la
oligarquía la abolición del posfranquismo de
Fraga, la
domesticación atlantista del PSOE y el centrismo miedoso del pueblo con
el fin de que todo cambiara para que todo siguiera igual. Como ahora
seguimos comprobando los que somos pacientes con la Historia.
Hay seis millones de parados en España que hoy pueden alabar en pompa
fúnebre a Adolfo Suárez por lo que pudo hacer, pero no por lo que hizo.
Somos tan patanes que seguimos justificando y jactándonos de nuestro
pasado cuando nuestro presente es una inmundicia. Como si la inmundicia
de hoy no fuera consecuencia de aquel pasado. Del pasado que fuimos
construyendo –no eludamos responsabilidades– con Adolfo Suárez, con
Calvo-Sotelo, con
Felipe González, con
José María Aznar, con
José Luis Rodríguez Zapatero, con
Mariano Rajoy.
Ninguno supimos jugar cuando España era un juguete. Por mucho que los
presidentes del pasado se me mueran, yo no puedo redactarles un responso
amable viendo cómo está de roto hoy el juguete. Mi más sentido pésame a
la familia de Adolfo Suárez y a la de aquel juguete niño que se rompió.
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