
La historiografía tradicional de izquierda a derecha no otorgó la suficiente relevancia a aquellas experiencias organizativas que, paralelamente a la resistencia, se propusieron concretar la sociedad libre que habían estado prefigurando por años, incluso a través del desarrollo de experiencias revolucionarias locales o parciales previas a la ofensiva militar de 1936. Como fuego cruzado, autores, intelectuales y partidarios de la resistencia tomaron posiciones diametralmente opuestas al respecto. En medio de estos debates, surge un interrogante: ¿era posible en aquel momento de resistencia antifascista realizar una revolución?
A las barricadas
España fue uno de los pocos países de Europa en el que el debate entre los partidarios de Marx y los de Bakunin, en el seno de la Primera Internacional, se saldó a favor de los libertarios, otorgando un peso determinante dentro del movimiento obrero español a las ideas anarquistas. Con esta fuerte impronta, nació en 1911 la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), posteriormente conducida por la Federación Anarquista Ibérica (FAI), surgida en 1927. Dentro del anarquismo, la tradición anarco-sindicalista logró construir organizaciones que contemplaban el amplio espectro de la vida social del trabajador, sin acotarla a la lucha gremial reivindicativa.
Este amplio desarrollo del anarquismo no limitó las posibilidades de expansión del Partido Socialista (PS) y de la Unión General de Trabajadores (UGT). En el caso de esta última, la experiencia de las Casas del Pueblo permitió a los socialistas convertirse en educadores de millares de militantes obreros, logrando, al igual que la CNT, que la organización sindical trascendiera los aspectos meramente económicos en la vida de sus afiliados.
Por el lado del Partido Comunista (PC), aún sin haber logrado hasta ese momento desarrollar organizaciones de masas dentro del movimiento obrero, adquirió una importancia determinante en la República y la Guerra Civil a partir de 1936, cuando conforma el Frente Popular (FP) junto con partidos republicanos, el PS e incluso el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Si bien el programa de esta coalición electoral no reflejaba las principales reivindicaciones de los partidos obreros ni de los sindicatos combativos, llevaba consigo las exigencias de amnistía a los 30 mil trabajadores que aún seguían encarcelados o perseguidos luego de la insurrección revolucionaria de 1934 iniciada en Asturias.
Ante la victoria del FP el 16 de febrero de 1936, grandes manifestaciones obreras, sin esperar la firma del decreto de amnistía, abrieron las prisiones y liberaron a sus compañeros encarcelados, impulsando masivas huelgas por la reincorporación de los presos a sus lugares de trabajo. En paralelo, en el campo se multiplicaron las ocupaciones de tierras por los campesinos como forma de concretar las promesas electorales de reforma agraria. Familias enteras se instalaron en las parcelas de los grandes propietarios y comenzaron a cultivarlas por cuenta propia.
Los sectores más reaccionarios de la sociedad veían en la República una amenaza del orden y la propiedad. Para algunos jefes del Ejército, la victoria del FP había desencadenado una crisis revolucionaria a la que no eran capaces de imponerse los políticos republicanos: estaban decididos a intervenir. El golpe se avecinaba y la resistencia revolucionaria de los sectores populares también.
Se encontraron en la arena los dos gallos frente a frente
El 19 julio de 1936, en respuesta al golpe militar -encabezado por los generales Goded, Mola y Franco-contra el gobierno de la Segunda República, tuvo lugar en España una resistencia popular que devino en la división del país en dos campos opuestos: nacionalistas versus antifascistas. Simultáneamente, al interior del campo antifascista importantes sectores de la sociedad comenzaron a construir una revolución, que al día de hoy continúa siendo invisibilizada en la historiografía de la época.
No puede considerarse la revolución impulsada por amplios sectores de trabajadores y campesinos como una respuesta arbitraria de algunos grupos aislados. En esta reacción “espontánea” los trabajadores habían tomado en sus manos su propia defensa y, con ello, se habían encargado de su propio destino, dando nacimiento al poder nuevo que venían prefigurando hace años.
El proyecto revolucionario que impulsaban se prefiguraba desde antes del golpe, y ante el mismo, logró desarrollar una respuesta que se convirtió en una notable expansión de las conquistas en la zona republicana. De hecho, si analizamos el mapa de esos primeros meses, lo que comenzó con la apariencia de una reacción defensiva por parte de los sectores populares, mostró pronto su verdadero carácter propositivo.
Podríamos preguntarnos dónde comenzó a gestarse la propuesta revolucionaria y cómo se logró su amplia difusión en la masa de los trabajadores para que cobre dimensiones a partir de julio de 1936.
No podemos ignorar el rol desempeñado por los Ateneos y escuelas racionalistas, en el caso de la CNT, y las Casas del Pueblo, en el caso de la UGT. Ambas organizaciones sindicales lograron constituir espacios comunitarios de cruce entre los trabajadores, en los que a partir de actividades educativas, culturales y autogestivas fueron consolidando las bases para la construcción de un nuevo tejido social que promovía otras formas de organización y de relación entre las personas. Tanto en los Ateneos como en las Casas del Pueblo pasaron generaciones de hombres y mujeres que pudieron completar una educación que les estaba prácticamente negada.
En España, más que los partidos, eran los sindicatos los que le daban tono a la vida política de los sectores populares, justamente porque los mismos trascendían la actividad sindical constituyéndose en centros de vida. En este sentido, la labor organizativa estaba orientada a la construcción de un nuevo tejido social que habría de valorar el conocimiento y la educación como elementos indisociables de la lucha revolucionaria.
Gracias a la existencia de estos espacios de organización y difusión tanto la CNT como la UGT fueron cobrando fuerza en sus territorios[1], convirtiéndose en verdaderas herramientas de construcción de solidaridad y conciencia de los trabajadores a partir de intereses comunes, colectivizando así, una identidad obrera compartida.
[1] Al punto que hacia 1934 la UGT contaba con 1 250 000 adherentes. En el caso de la CNT En 1919 contaba sólo en Cataluña con 300.000 afiliados; se le atribuirán un millón y medio en todo el país durante la República

Por Ana Beatriz Villar.
En esta segunda y última entrega sobre la historia de la Revolución
Española, el nacimiento de la resistencia popular y la división del país
entre nacionalistas y antifascistas.
Doble poder
Los distintos elementos analizados en el
artículo anterior otorgaban el acervo inédito que entra en juego en la
España que frente al pronunciamiento de los militares opone una sociedad
nueva
El aporte histórico de ambas centrales
sindicales a la organización tanto de campesinos como de trabajadores
fabriles, sentó las bases para la aparición inmediata, en plena
resistencia, de comités revolucionarios a lo largo de todo el campo
antifascista y en todos los niveles, desde las fábricas hasta las
regiones. El fastuoso caudal organizativo previo a estas experiencias,
permitió ante la obtención de las armas, llevar a cabo acciones
revolucionarias por aquellos sectores que habían comenzado a plantear y
consolidar una propuesta revolucionaria, incluso desde el triunfo
electoral del Frente Popular, en muchas ocasiones entrando en fuertes
conflictos con el gobierno republicano. Fueron organizaciones que
lograron superar los límites reivindicativos sectoriales para proponer
alternativas y propuestas de poder desde los trabajadores.
Los comités obreros y campesinos
aparecieron como órganos de poder nuevos con autoridad real. En este
marco, a días del levantamiento militar, los obreros se apropiaron de
las fábricas y los campesinos de las tierras, generando una
extraordinaria variedad de experiencias de autogestión. Uno de los
principales debates giró en torno a si la supervivencia del Estado
republicano, no atentaba directamente contra el desarrollo favorable de
las experiencias revolucionarias que los trabajadores aplicaban de
hecho. Ejemplo de esto son los problemas surgidos a partir de la
imposibilidad de generar un sistema de créditos en las fábricas
expropiadas. El gobierno, aún en su situación de extrema debilidad,
nunca dejó de detentar el oro, potestad que le permitió rehusarse a
otorgar créditos a estas novedosas experiencias, que tuvieron que vivir
de lo que pudieron requisar en ocasión de la revolución.
La creación de colectividades también
tuvo lugar en la agricultura. Aunque como en la industria, los problemas
económicos no podían resolverse independientemente de los problemas
políticos.
Todos los que estimaban que la España de
1936 no vivía una revolución social sino que debía ser una república
parlamentaria, condenaban “colectivizaciones” y “sindicalizaciones” que
constituían, a sus ojos, un peligro para la unidad entre la clase
trabajadora y sus aliados los pequeños burgueses. Otros, lejos de
considerar el proceso revolucionario como una dificultad para la
victoria contra los fascistas, vieron en su eliminación una de las
principales causas de la derrota.
Meses después, el proceso revolucionario
encontraría su sentencia de muerte. La formación del gobierno de Largo
Caballero el 5 de septiembre de 1936 constituyó un primer paso en la
restauración del Estado republicano, aunque la situación de “doble
poder” continuó de manera decreciente, hasta el conflicto que tuvo lugar
en Barcelona en mayo de 1937, cuando un gobierno republicano
reconstituido agudizó su política persecutoria hacia los sectores
revolucionarios.
Un sector formado por el PC, los
partidos republicanos y el sector del Partido Socialista encabezado por
Indalacio Prieto, consideraba que los intentos revolucionarios en plena
guerra contra el nacionalismo no hacían más que fragmentar el frente de
resistencia y aislar aún más a la España republicana de los posibles
apoyos internacionales. Lo cierto es que incluso introducidas estas
medidas, con el único apoyo internacional que se contó fue con el de la
URSS. Bajo el gobierno de Juan Negrín, entre mayo de 1937 y marzo de
1939, la disciplina, la centralización y la obediencia quedaron
finalmente instaladas, la revolución estaba liquidada, el Estado
republicano reconstruido. En marzo de 1939, la contienda finalizaba a
favor de los fascistas.
¿Nueva sociedad o república democrática?
Revisando la cantidad inagotable de
material de registro escrito, gráfico y audiovisual de este proceso, son
excepcionales los que polemizan con aquellas miradas que haciendo
énfasis en la absoluta dependencia de la disputa con el fascismo de la
situación internacional (solidaridad de los gobiernos de otros países),
invisibilizaron el rol fundamental que se estaban dando campesinos y
obreros armados, enfrentando al enemigo de clase, en lo que entendían
como una guerra revolucionaria. Sin embargo, hemos intentado demostrar
que sin esos bastiones de resistencia que constituían las milicias, sin
las luchas gremiales, sin el trabajo organizativo previo que tuvo lugar
en las Casas Obreras y Ateneos, sin esos comités de obreros y campesinos
y Juntas de Defensa, sin esa conciencia de clase, sin esa cultura de
solidaridad e identidad arraigada en las prácticas comunes que en esas
experiencias se vivenciaban, el movimiento antifascista no hubiera
logrado la vitalidad y potencia que adquirió.
Habitualmente se ha abordado la
revolución y la guerra en España como una epopeya en la que se reconoce
el protagonismo del gobierno republicano, así como de aquellas figuras
de la UGT y posteriormente de la CNT que formaron parte del mismo.
También se otorga un lugar central a aquellos actores que tuvieron una
labor destacada en el enfrentamiento militar con los nacionalistas
sublevados. Sin embargo, vemos que uno de los rasgos inéditos de este
proceso reside justamente en la increíble resistencia y revolución
desencadenada y defendida en España por tres años. No sabemos cuál
camino hubiera conducido al pueblo español a otro desenlace posible,
pero recuperar aquellas experiencias revolucionarias que quedaron
invisibilizadas en la historia de los vencedores, puede otorgarnos
algunas claves para leer nuestros desafíos presentes. Allí reside
nuestra parte en esta historia.
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