Fe, la paradoja de la razón
Todas las religiones hacen afirmaciones sobre el cosmos que son
imposibles de comprobar o que están en contra de lo que afirman otras
fuentes de conocimiento; por eso sólo sirve la creencia, literalmente,
ciega

La procesión de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la
Salud y María Santísima de las Angustias, más conocida como la procesión
de la hermandad del Cristo de Los Gitanos, a su paso por la Puerta del
Sol de Madrid. / Efe
Todas las religiones cantan las virtudes de la fe
porque necesitan que sus fieles crean. Las ventajas de la fe para quien
la gestiona son obvias, pero qué pueda ofrecer a quien la vive no suele
estar tan claro. Millones de personas en todo el mundo creen, e
invariablemente describen, un cierto tipo de paz interior caracterizado
por la certeza de saber que todo tiene un porqué, unida a una sensación
de permanente compañía, de unidad con el universo y de pertenencia.
Estos sentimientos son la base de la experiencia religiosa, y es
interesante destacar que los estudios de neurociencia indican que hay
regiones del cerebro asociadas con este tipo de sensaciones. De hecho,
se ha llegado a postular la existencia de un “módulo de Dios”: una parte
del cerebro especializada en estas experiencias, con sus propios genes y
su propia evolución. Análisis estadísticos han mostrado cierta
vinculación genética en comportamientos de tipo religioso, como la
asistencia a oficios o la capacidad individual de trascendencia.
Y desde la antigüedad sabemos que determinadas drogas alucinógenas y
ciertas prácticas (cantos repetitivos, danzas, posturas y ejercicios)
que actúan sobre el cerebro facilitan estas experiencias. ¿Es posible
que estemos diseñados para creer?
¿O hay una
explicación más sencilla? De hecho, los elementos de la creencia
religiosa pueden explicarse como efectos secundarios de algunas
características humanas esenciales. La fe religiosa surge de la
interacción de nuestra extrema sociabilidad con nuestra extrema
capacidad de raciocinio.
Paradójicamente la razón, esa necesidad intrínseca de conocer las
causas de las cosas, puede llevarnos a aceptar explicaciones no
demostradas del universo y la existencia. Después nuestra necesidad de
compañía nos empuja a darle a esa explicación una presencia personal,
una entidad individual. El tercer elemento, que completa el cuadro, es
nuestro gregarismo y la tremenda facilidad que tenemos para establecer
fronteras entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. La creencia religiosa puede
perfectamente ser hija de nuestra sociabilidad y de un desliz de la
razón.
Somos primates racionales. Esto significa que a
lo largo de la evolución nos ha beneficiado conocer cómo funcionan las
cosas y adelantarnos a los acontecimientos, la función de los sistemas
nerviosos. En nuestro caso lo hemos llevado al límite: nuestro éxito
evolutivo se basa en comprender relaciones causas-efecto y en usarlas a
nuestro favor. Para conseguirlo, la evolución nos ha dotado con un
mecanismo curioso: el cerebro nos recompensa cuando resolvemos
problemas.
A los humanos nos gustan los
rompecabezas, los juegos, las narraciones y los chistes porque obtenemos
placer cuando entendemos algo, cuando “lo pillamos”. Pero el placer es
un truco biológico, un premio que el cerebro da a quien hace lo
necesario para reproducirse con eficiencia. El hecho de que el
conocimiento proporcione placer significa que saber es un comportamiento
adaptativo. Y al revés: cuando no comprendemos, nuestro cerebro se
siente molesto.
El desconocimiento es como un picor
que no podemos rascar: genera miedo y desazón. Cuando se refiere a algo
grande, como el origen del universo, ese picor existencial puede ser
realmente molesto.
El problema es que el cerebro no
necesita conocer la verdadera respuesta: le basta con estar convencido
de que la conoce. Si tenemos una explicación y nos la creemos
recibiremos la recompensa aunque la explicación no sea real; el picor
desaparecerá. El dios, los dioses, o en general la religión, es la
navaja suiza de las explicaciones metafísicas: cualquier pregunta queda
contestada. Las cosas ocurren porque las divinidades así lo quieren; las
cosas malas, porque hay dioses buenos y malos que luchan. Todo tiene
una explicación que acaba con la duda y la desazón. Si la explicación
divina parece demasiado irracional, siempre podremos argumentar que los
caminos del Señor son inescrutables. Irónicamente, la misma necesidad de
conocer qué impulsa la razón puede llevarnos a la fe, porque para un
ser hiperracional una mala explicación es mejor que ninguna explicación.
El poder de la manada. Los humanos somos tan gregarios que necesitamos
el contacto con otros humanos como el respirar. Y no es una metáfora; a
los prisioneros que pasan demasiado tiempo en aislamiento se les rompe
la mente.
No podemos sobrevivir estando solos.
Nuestro cerebro está construido para vivir en sociedad; por ejemplo, hay
una región especializada en caras, lo que explica esa marcada tendencia
nuestra a ver rostros en tostadas y manchas en la pared. Otra región
cerebral nos proporciona la sensación de compañía. Y entre las funciones
esenciales de nuestro sistema nervioso está la llamada Teoría de la
Mente, que nos permite funcionar en sociedad al asignar a los demás
intenciones y pensamientos ajenos a los nuestros. A veces estos
mecanismos cerebrales funcionan mal. Y cuando lo hacen, descubrimos
cosas curiosas.
Los autistas tienen dificultades para
generar una Teoría de la Mente: les resulta complicado concebir que los
demás tienen su propia dinámica interior. Quizá por eso son mucho menos
dados a la creencia religiosa; para ellos la idea de una divinidad
personal externa carece de sentido. Por otro lado, es posible inducir la
sensación de compañía, común a las personas de fe, mediante
estimulación magnética transcraneal del lóbulo temporal derecho. Esa
misma región se activa en pacientes esquizofrénicos, en los que es común
la manía religiosa durante sus trances.
En algunos
pacientes con epilepsia del lóbulo temporal, la actividad anormal que
precede a los ataques proporciona sensaciones de maravilla y éxtasis
vinculadas a una impresión de presencia. Todo esto sugiere que algunas
sensaciones asociadas a lo religioso pueden ser generadas por los
módulos del cerebro que se encargan de nuestra integración social. Por
ese mismo razonamiento, pero a la inversa, la carencia de contacto
humano crea sufrimiento y, a la larga, la descomposición de la mente.
Quien está solo sufre, pero si es capaz de convencerse de que alguien
le acompaña sufrirá menos. Quizá no sea tan raro que muchas conversiones
religiosas estén asociadas a periodos de soledad, ni que buena parte de
la literatura religiosa incluya estancias en el desierto o en
aislamiento de sus principales protagonistas. Igual que el temor a la
ignorancia puede actuar como impulso de la fe, el temor a la soledad
puede reforzar ese vínculo. Este nexo puede cristalizar a través de otra
característica social básica como es la tendencia a formar grupos.
Los sociólogos hablan de in-group y out-group; el in es aquel del que
formamos parte, y en el out están los demás. Diferenciar entre ellos es
una tendencia fortísima en nuestra especie, que se establece a partir de
cualquier diferencia: idioma o acento, preferencias culinarias, modo de
vestir, origen, características físicas, etc. Automáticamente nos
alineamos y confiamos en nuestro grupo y nos separamos y desconfiamos
del resto. Cualquier rasgo diferente puede emplearse como marcador. Para
esto la religión es ideal.
Una religión no sólo
regula las creencias, sino muchos aspectos de la vida cotidiana, desde
las comidas a los ritmos de trabajo, los gestos o el modo de vestir. Así
resulta fácil distinguir un in-group (los de mi religión) y un
out-group (los demás).
De aquí a que la religión se
convierta en elemento de agregación política y de justificación
ideológica hay un paso, que ya se dio en la antigua Mesopotamia hace
5.000 años, y miles de veces desde entonces; aún hoy se invoca la guerra
santa. La creencia religiosa se convierte en cuestión social, incluso
en herramienta política. La necesidad de pertenecer a una comunidad
cierra el círculo.
Y así la fe deja de ser un
misterio para aparecer como consecuencia de los rasgos que nos hacen
humanos. Creer en lo divino resuelve nuestras dudas, pues nos
proporciona una respuesta para cualquier pregunta; alivia nuestra
soledad al darnos un compañero constante, y además nos une a nuestra
comunidad.
Creemos porque somos inteligentes, y
porque vivimos en grupo; creemos porque somos humanos, y algunos humanos
utilizan esta querencia nuestra por el creer para edificar negocios e
imperios.
Puede que la fe ciega sea una traición de
la razón, pero es también poderosa y únicamente humana. Tan humana como
esa inimaginable arrogancia que nos convence de que una entidad tan
poderosa como para crear el universo se interesa tanto por nosotros como
para vigilar qué hacemos con las manos debajo de las sábanas cada
minuto del día. Conocimiento, soledad, sociedad y arrogancia; un cóctel
humano, casi demasiado humano.
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