Breve historia de la tez oscura argentina
Por Guillermo Cichello //.
Desde 1989 ejerce la práctica del
psicoanálisis. Escribió artículos en Página/12, Rosario/12, en las
revistas Conjetural, elSigma, Psyche-navegante y en los sitios Tirando
al medio y Arte política. Publicó los libros Función del dinero en
psicoanálisis. (Letra Viva, 2010) y Textos dispersos (de política,
psicoanálisis y literatura (Linterna, 2013).
Seguilo @guillecichello

I)
Estoy sentado en una terminal de micros mientras aguardo mi partida.
Como ya es habitual en casi todos los lugares donde la gente espera
algo, dos noticieros matinales ligeramente iguales advierten en la
televisión todo lo que hay que saber para salir a la calle bien
informado. El ruido ambiente impide escuchar, pero las imágenes y los
llamados “zócalos” permiten que uno se oriente sobre el mensaje.
Entonces, mientras las docenas de tipos como yo esperamos el momento de
subir al micro, nos tragamos los televisores y los zócalos: “Nunca hubo
un robo de esta magnitud”, “La apuñaló por la espalda”, “Dice el padre:
Ahora podríamos estar enterrando a mi hija”, “Lo mete preso la policía,
pero lo suelta el juez”, “Le pusieron el revólver en la cabeza a una
nena de ocho años”, “Los delincuentes son menores”. “A un mes de la
desaparición del empresario: No tenemos nada, esto es angustiante…”.
Las imágenes que acompañan estas
noticias –tomadas por las cada vez más imprescindibles cámaras de
seguridad- muestran a dos muchachos jóvenes, “de tez oscura” (como
prefiere el lenguaje policial), con gorritas, entrando armados y
asaltando un negocio. Cuando un noticiero termina de pasar esta
secuencia cuatro, cinco veces, comienza el otro canal con otra serie de
repeticiones. Luego, dos periodistas con cara de enorme desasosiego o de
miedo dicen algo, mientras abajo los zócalos vuelven a martillar: “Otro
caso de inseguridad”, “Nunca hubo un robo de esta magnitud”, “Lo mete
preso la policía, pero lo suelta el juez”, “Le pusieron el revólver en
la cabeza a una nena de ocho años”, “Los delincuentes son menores”. Y
los dos pibes con gorrita entran por trigésima vez al negocio, empuñando
sus armas en un televisor, mientras en el otro la imagen los dejó
congelados en el momento en que apuntan amenazantes sus rostros oscuros,
sus gorritas y sus revólveres.
Un leve respiro con los partidos
del domingo, pero al final: Resumen de noticias. “Otro caso de
inseguridad”, “Los delincuentes son menores”, y así... La vuelta
infinita del ciclo quiere extenuar, pero sólo para soldar a fuego los
textos alarmantes con un color y un tipo de rostro con gorrita y arma de
fuego, sin nombre ni historia, que viene por nosotros ante un Estado
ausente, de modo que no queden dudas acerca de lo que hay que atenerse,
de lo que hay que hacer.
II) El 12 de diciembre de 1878 el diario La Nación,
de Buenos Aires, dio cuenta de la llegada, como prisionero, del cacique
pampeano Vicente Pincén, conocido como el “terror de los fortines”,
capturado por el coronel Villegas en el noroeste de La Pampa, según las
órdenes del general Roca, que dispone su traslado en la necesidad de
mostrar su triunfo contundente en la capital. Además del revuelo entre
la gente bien de Buenos Aires por la llegada del terrible monstruo que
asolaba la frontera sur, la noticia incluyó una producción fotográfica,
encomendada al ilustre italiano Antonio Pozzo, para que retratara a
Pincén en su estudio donde posaron Bartolomé Mitre, Sarmiento y Urquiza
después de Caseros. Ahí entonces va Pincén con su familia, detenidos
todos y en procesión al estudio de Pozzo, antes de ser confinado por
años en ese enorme campo de concentración indígena que funcionó en la
isla Martín García. Se le sacan varias fotografías; una de ellas lo
muestra sentado, vestido de poncho, chiripá y bota de potro, junto a sus
cuatro hijas, abrazando a una de ellas con una cara de abatimiento y
tristeza –lo mismo que las muchachas-, que cuesta identificarlo con el
feroz guerrero, terror de los fortines. La imagen, muy familiar, es la
de un hombre de unos 70 años, junto a los suyos, en un momento trágico
de su existencia.
Según cuenta lúcidamente el
historiador Javier Trímboli, cuando iba a darse por terminada la sesión
fotográfica intervino Francisco Moreno –el célebre perito-, que
previsoramente había llevado del Museo Antropológico, del que era
director, una lanza y unas boleadoras, que en ese momento entregó a
Pincén para que posara sin familia ni poncho, con una vincha en la
frente, con el torso desnudo y en posición de ataque. “Inmediatamente
–dice el diario La Nación- el indio tomó su actitud guerrera,
afirmando el cuerpo y enristrando la lanza como si esperase al enemigo
para lanzarse furioso sobre él. El rostro del cacique parecía iluminado por una luz siniestra. En esa actitud fue retratado….”.
Esa intervención del perito Moreno sirvió para “fijar una imagen viva y
genuina, con elementos originales, por medio de un procedimiento
técnico idóneo…” –concluye el diario. ¿Por qué esa imagen es más genuina
que la anterior, rodeado de sus hijas, con vestimentas parecidas a la
de algunos criollos y el gesto del que se sabe perdido? Un procedimiento
técnico idóneo para amedrentar las buenas conciencias de Buenos Aires.
Ese es el uso que buscaron y lograron Francisco Moreno y los medios de
prensa de su época, preparando así el terreno ideológico para la total
legitimación de la gran ofensiva que llevó adelante Roca en 1879.
III) ¿Por qué presento, uno a
continuación de otro, dos hechos aparentemente tan distintos,
incurriendo en un pecado que la historiografía oficial tildaría de
anacronismo? –el traslado a un momento pasado de la sociedad, de formas
sociales y culturales que son las del presente. Porque además de las
diferencias específicas, tal vez permita ver una recurrencia y la
persistente matriz que se repite y deja algo que puede llamarse resto.
El resto es lo que permanece irreductible, que sobrevive y subsiste
inasimilable al discurso dominante. Y sobre ese resto varias políticas
son posibles. ¿Qué es lo que ha hecho con ese resto la política liberal
triunfante en la Argentina? Porfíar en la necesidad de imponer su
conversión forzada o, llegado el caso, en hacerlo desaparecer para
consumar un Otro cultural completo –occidental y cristiano-, negando el
carácter de semejante de esos otros –ayer salvajes y ajenos, terror de
los fortines, hoy negros delincuentes, sin nombre ni historia. Porque
tal vez un duro núcleo indígena –con las sucesivas mediaciones y
transformaciones que el devenir de la historia ha forjado en nuestro
país: desde el caudillo de las montoneras, el gaucho, el inmigrante,
hasta devenir en el villero cabecita negra, incluso en el militante
revolucionario- ha persistido irreducible a las persecuciones, a los
intentos de asimilación a un pensamiento que se pretende único, a la
eliminación genocida. Luis Eduardo Pincén, un tataranieto del cacique,
ha dicho: "Nosotros, los indígenas, fuimos los primeros villeros, los
primeros rebeldes por la frustración que sentimos al ser desalojados de
nuestra cultura e incluidos en una sociedad que sólo nos acepta en los
estratos más bajos”.
Cuanto más se impida el
reconocimiento de ese sujeto que resiste, como un duro resto, a la
alienación del Otro cultural que encarnan estas políticas, cuantos más
altos se construyan paredones para segregarlos (hace poco –pero esto es
cíclico- asistimos a las inundaciones en los barrios pobres,
consecuencia de los prominentes muros que amurallan ya no fortines sino countries),
más se padecerá su efecto siniestro: el malón, el robo con armas, el
homicidio y la serie de hechos de violencia que trajinan las páginas de
la inseguridad.
¿Cómo se sueña que responderán
aquellos abolidos de su condición subjetiva, expulsados fuera de lo
humano, sino devolviendo este mensaje en forma invertida? La falta de
reconocimiento simbólico como sujetos se la cobrarán con violencia real,
ya que esa abolición tiene implicancias en su posibilidad posterior de
reconocer en otro a alguien con la dignidad de prójimo.
Ayer, la fotografía de Pincén con lanza en mano en el diario La Nación;
hoy las imágenes de un llamado “motochorro” en todos los canales de
televisión, asediando las buenas conciencias que no aciertan en
discernir de dónde ha salido este monstruo (saludamos, como al pasar
nomás, a los tigres de Sergio Massa engullendo sus “bifes de
motochorro”). Símbolos iconográficos tan plenos en el pavor que suscitan
que parecen no necesitar ninguna trama explicativa, pero evidencian
simplemente un duro odio de clase.
No es –decía- la única política
posible en el presente, ni la única que registra una historia que tiene
inscripta la frase “nuestros paisanos los indios” en boca del que
llamamos Padre de la Patria, o una famosa Proclama -la de Tiahuanaco-,
en la que Castelli velaba, ya en 1811, por la igualdad de derechos de
los aborígenes que había sido “excluidos de la mísera condición de
hombres”.
Verificar las constantes
históricas, las repeticiones, también permite advertir que hubo y hay
otra manera de tratar esa diferencia. Hacer lugar a la palabra del otro
no es una concesión, una gracia gentil que le dispensamos al que
consideramos semejante; es lo mínimo que esperamos de nuestra palabra en
un devenir que no es individual, sino en un horizonte colectivo.
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