
Antonio Gramsci:
la cultura y los intelectuales
Arnaldo Córdova
En este joven solitario, sin afectos, sin alegrías, debe darse una gran
tortura interior, una disidencia terrible que lo ha conducido a hacerse, interiormente, casi de modo inconsciente, apóstol y asceta. Su tortura ha comenzado con sus condiciones físicas: es jorobado y está consumido por enfermedades nerviosas. Ésta su vida constantemente pura y seria ha hecho, desde luego, que en Turín, aunque no sea renombrado públicamente tenga, empero, una influencia grandísima en todos los ambientes socialistas y la sección turinesa siga sus directivas. Por él todos los jóvenes socialistas tienen una admiración y una fe entusiastas. Intransigente, hombre de partido, a veces casi feroz, ejercita su crítica también en contra de sus compañeros, no por polémica personal o cultural, sino por una necesidad insaciable de sinceridad. En el partido cumple una función de verdadera moralidad.
Piero Gobetti, carta a Giuseppe Prezzolini
del 25/VI/1920, Carteggio. 1918-1922. |
![]() Gramsci niño |
I
Antonio Gramsci (Ales,
provincia de Cagliari, en Cerdeña, 1891-Roma, 1939) es el más grande
pensador marxista que se haya dedicado al estudio del papel de la
cultura y de sus creadores, los intelectuales, en la vida social,
económica y política. Sus estudios, él mismo lo anticipaba, no
pretendían ser de carácter sociológico, sino, precisamente, culturales e
históricos (Quaderni del carcere, Einaudi, Torino, 1975, p.
1515). Ningún otro estudioso, de hecho, de ninguna tendencia ideológica
o filosófica, ha aportado lo que Gramsci a la comprensión del rol que
la cultura y la creación espiritual y, sobre todo, los intelectuales,
desempeñan en la vida social en todos sus aspectos en el mundo moderno.
Él es único entre los marxistas, porque ninguno se había ocupado de
esta crucial temática. Y resulta único entre todos los que han
estudiado los fenómenos culturales y espirituales de la sociedad,
porque ninguno llegó a los hallazgos que él logró.
![]() Gramsci en la cárcel |
Gramsci jamás creyó en fatalismos materialistas o
determinismos económicos. Para él, el mundo es el escenario de la vida
social, en el que los hombres, con todas sus capacidades espirituales y
todas sus energías naturales, actúan y crean su vida en sociedad. Los
hombres, al actuar en el mundo, crean la cultura, que es la obra humana
en la realidad natural. Pueden destruirlo todo, es posible; pero
incluso eso es obra suya y no hay fuerzas ocultas en la naturaleza que
lo obliguen a hacer lo que no quiere o él mismo no decide. Las llamadas
fuerzas productivas de la sociedad, que los marxistas convirtieron en
un fetiche con poderes demiúrgicos, no son sólo “cosas”, fuerzas ciegas
de la naturaleza, sino y sobre todo, inteligencia aplicada,
pensamiento organizado y voluntad de crear y de cambiar en la realidad.
Para Gramsci no es que existan, dualísticamente,
por un lado, la realidad ciega y, por el otro, la inteligencia y el
pensamiento organizado. Mientras el hombre exista, el pensamiento será
siempre parte indisoluble de la realidad. Donde el hombre existe, éste
forma parte de la realidad primaria y siempre será la fuerza motriz y
dinámica de la realidad material. El pensamiento en abstracto,
existente por sí mismo, es una necedad; la empiria que opera ciegamente
es un sinsentido.
Estas ideas, por supuesto, las produjo Gramsci en
su contacto con Marx y son fruto de su personal interpretación de las
doctrinas del mismo Marx. Gramsci llegó a él gracias a Benedetto Croce
y, también, a los escritos de Antonio Labriola, reputado introductor
del marxismo en Italia. Croce, a su vez, llegó a Marx debido al hastío
que el mismo liberalismo en el que había nacido intelectualmente le
producía y porque, lo que él creía que era su fruto directo, la
democracia, simplemente no lograba digerirla. Croce veía a Marx
inextricablemente ligado a Hegel.
Pero lo que más repudiaba Gramsci, sobre todo el
joven Gramsci, era el materialismo mecanicista y el positivismo del
que, pensaba, el marxismo había sido una víctima propiciatoria. Para el
pensador sardo, lo que Marx predica no es el materialismo, sino la
acción de los hombres en la realidad y los hombres son, ante todo,
seres espirituales, espíritu en acción. Todavía joven, llegó a escribir:
“El comunismo crítico no tiene nada en común con el positivismo
filosófico, metafísico y místico de la Evolución de la Naturaleza. El
marxismo se funda sobre el idealismo filosófico, el cual, empero, no
tiene nada en común con lo que ordinariamente se expresa con la palabra
‘idealismo’, o sea, el abandonarse a los sueños y a las quimeras caras
al sentimiento, el tener siempre la cabeza entre las nubes, sin
preocuparse de las necesidades y de las urgencias de la vida práctica.
El idealismo filosófico es una doctrina del ser y del conocimiento,
según la cual estos dos conceptos se identifican y la realidad es lo
que se conoce teóricamente, nuestro mismo yo.” El joven Gramsci no
reconoce en Marx a un filósofo: “Marx –escribía en efecto– no era un
filósofo de profesión y, a veces, dormitaba él también” (Scritti giovanili. 1914-1918, Einaudi, Torino.)
![]() Exterior del edificio Gramsci Monument, Forest Houses, Bronx, New York |
Ese punto de vista cambió un poco con el tiempo.
El pensador de Ales muy pronto reconoció que la obra de Marx y, en
particular su concepción del materialismo histórico, era no sólo una
filosofía con un rol que desempeñar en la cultura moderna, sino que
era, además, la superación de todas las filosofías; “la parte esencial
del marxismo –apuntaba– está en la superación de las viejas filosofías y
también en el modo de concebir la filosofía, lo que se necesita
demostrar y desarrollar sistemáticamente. Desde el punto de vista
teórico, el marxismo no se confunde y no se reduce a ninguna otra
filosofía; él no sólo es original en cuanto supera las filosofías
precedentes, sino original, específicamente, en cuanto abre un camino
completamente nuevo, vale decir, renueva de la cima al fondo el modo de
concebir la filosofía” (Quaderni…) Ello no obstante, para
Gramsci sigue siendo esencial en el marxismo su aporte cultural: la
acción del hombre en la historia y su obra transformadora.
Se parte de la realidad, porque vivimos en ella, es
cierto, pero eso es sólo un dato factual, necesario. Es cierto que
formamos parte de esa realidad, pero es sólo el principio y no es lo
más importante. Lo importante es que, estando en la realidad, actuamos
sobre ella y la transformamos de acuerdo con nuestro pensamiento, con
nuestras ideas. Estamos en (inmanencia), pero somos en.
“Desde el punto de vista de la investigación histórica –dice Gramsci
en el mismo lugar– se debe tomar en cuenta desde qué elementos Marx ha
partido en su filosofar, cuáles elementos ha incorporado, volviéndolos
homogéneos, etcétera; entonces se deberá reconocer que de estos
elementos ‘originarios’ el hegelismo es el más importante
relativamente, en especial por su propósito de superar las concepciones
tradicionales de ‘idealismo’ y de ‘materialismo’. Cuando se dice que
Marx adopta la expresión ‘inmanencia’ en sentido metafórico, no se dice
nada: en realidad, Marx da al término ‘inmanencia’ un significado
propio, lo que quiere decir que él no es un ‘panteísta’ en el sentido
metafísico tradicional, sino un ‘marxista’ o un ‘materialista
histórico’. De esta expresión ‘materialismo histórico’ se ha dado el
mayor peso al primer miembro, mientras que debería ser dado al segundo:
Marx, esencialmente, es un historicista.”
Gramsci era claramente acrítico del concepto del
historicismo. Para él no se identificaba con el finalismo hegeliano ni
de cualquier otro tipo. No era el fin al que la historia se encamina
para su total culminación. Esta idea no tenía sentido para él. Hay aquí
una reivindicación de un nuevo concepto de la historia: ésta no es más
que el registro de la acción de los hombres sobre su realidad material
en el tiempo. Es la obra humana en el mundo. Es el mundo de los
hombres, el cual se significa por ser, ante todo, espíritu.
“Se puede decir –escribía Gramsci– que la naturaleza del hombre es la
‘historia’ (y en este sentido, dado que la historia es igual a
espíritu, que la naturaleza del hombre es el espíritu), si, justamente,
se da a la historia el significado de ‘devenir’, en una ‘concordia
discors’ que no parte de la unidad, sino que tiene en sí las razones
de una unidad posible: por ello la ‘naturaleza humana’ no puede
hallarse en ningún hombre particular, sino en toda la historia del
género humano… mientras que en cada individuo se encuentran caracteres
puestos de relieve por la contradicción con los de otros” (Quaderni...)
Si el hombre en el mundo es, ante todo, espíritu, fácil es colegir que la verdadera ley de la historia es la libertad.
Ya el joven Gramsci había enunciado que “la libertad es la fuerza
inmanente de la historia, que hace explotar todo esquema
preestablecido”, de manera que “el desarrollo está gobernado por el
ritmo de la libertad” (Scritti giovanili). El Gramsci maduro
profundiza en el concepto y lo radicaliza hasta hacer del hombre el
agente transformador de la historia. “Posibilidad –escribía– quiere
decir ‘libertad’. La medida de la libertad entra en el concepto del
hombre… En este sentido, el hombre es voluntad concreta, o sea,
aplicación efectiva del querer abstracto o impulso vital a los medios
concretos que realizan tal voluntad. Se crea la propia personalidad: 1)
dando una dirección determinada y concreta (‘racional’) al propio
impulso vital o voluntad; 2) identificando los medios que vuelven esa
voluntad concreta y determinada y no arbitraria; 3) contribuyendo a
modificar el conjunto de las condiciones concretas que realizan esta
voluntad en la medida de los propios límites de potencia y en la forma
más fructífera” (Quaderni…)
II
¿Qué es lo que el hombre produce en su paso por la
vida en esa infinita realidad que lo circunda y en la que existe y
vive? Es la cultura. Gramsci tiene muchos conceptos de cultura. Para
él, por ejemplo, es todo lo que el hombre crea en su devenir en la
historia; puede ser, también, un conjunto de reglas del comportamiento;
además, un modo de ser de toda una sociedad, que incluye puntos de
vista sobre la vida, apreciaciones de los valores que le son propios;
también todo el catálogo de los hechos históricos que se signifiquen por
la creación de obras de arte, ideas, creencias, religiones o todo tipo
de expresión. Muy a menudo, el pensador de Ales se refiere en esos
términos a la cultura. Pero él tiene un concepto mucho más dinámico y
creativo de lo que es la cultura. En un escrito de juventud afirmaba:
la cultura “es organización, disciplina del propio yo interior, es toma
de conciencia de la propia personalidad, es conquista de conciencia
superior, por la cual se logra comprender el propio valor histórico” (Scritti giovanili.)
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Poco después, escribía: “Yo tengo de la cultura
un concepto socrático; creo que es pensar bien, cualquier cosa que se
piense y, por tanto, un optar bien, cualquier cosa que se haga. Y como
sé que la cultura es ella también concepto basilar del socialismo,
porque integra y concreta el concepto vago de libertad de pensamiento,
del mismo modo quisiera que fuese vivificado desde lo alto, desde el
concepto de organización.”En otra ocasión exponía: “Yo doy a la cultura
este significado: ejercicio del pensamiento, adquisición de ideas
generales, hábitos que deben conectar causas y efectos. Para mí todos
son ya cultos, porque todos piensan, todos conectan causas y efectos.
Pero lo son empíricamente, primordialmente, no orgánicamente. Por lo
tanto, se tambalean, se abandonan, se ablandan o se vuelen violentos,
intolerantes, rijosos, según los casos y las contingencias.” Más tarde,
ya desde la cárcel, Gramsci reivindica de nuevo la cultura como “la
potencia fundamental de pensar y de saberse dirigir en la vida” (Quaderni…)
La cultura es la historia o, mejor dicho, es la
historia realizada, el fruto de la vida de los hombres y es, al mismo
tiempo, el modo de ser de los hombres en la realidad histórica. No se
puede existir sin cultura, sin ser cultos, sin crear culturalmente.
Todos los hombres, a su modo, son cultos, pero todos en diverso grado.
El hecho es que todos crean culturalmente. Pero no todos crean para
siempre, für ewig, como diría Goethe (Lettere dal carcere.)
No todos pueden hacerlo. La sociedad en su infinita diversificación se
ocupa de crear y formar a quienes encarga de la función. Esos son los intelectuales.
Si bien los intelectuales forman una categoría
social perfectamente distinguible por sus características particulares,
ellos no forman una clase social por sí solos. Siempre se crean en el
seno de otras clases y se desarrollan dentro de ellas. No es que
necesariamente nazcan en la misma clase; los intelectuales son
continuos migrantes de clases y pueden identificarse con cualquiera de
ellas. Gramsci lo dice así: “Cada grupo social, naciendo en el terreno
originario de una función esencial en el mundo de la producción
económica, se crea al mismo tiempo, orgánicamente, uno o más rangos de
intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función
no sólo en el campo económico, sino también en el social y el
político” (Quaderni…) Se trata de un proceso interno de
división del trabajo: los intelectuales se vuelven “orgánicos” al
ocuparse del desarrollo de ciertos aspectos de la vida intelectual del
grupo o clase. “Se puede observar –nos dice– que los intelectuales
‘orgánicos’ que una nueva clase crea consigo misma y elabora en su
desarrollo progresivo, son en su mayor parte ‘especializaciones’ de
aspectos parciales de la actividad primitiva del tipo social nuevo que
la nueva clase ha alumbrado.”
Todos los aspectos de la vida social tienen su lado
intelectual. La vida en sociedad es, en gran parte, vida intelectual.
Por eso, Gramsci llega a escribir: “Todos los hombres son
intelectuales…; pero no todos los hombres tienen en la sociedad la
función de intelectuales.” Se trata de una especialización en las
diversas funciones del trabajo intelectual. Esas funciones son de una
gran diversidad y la especialización de los individuos muestra el grado
de profesionalización del trabajo intelectual. Nos dice Gramsci al
respecto: “La actividad intelectual debe ser distinguida en grados
incluso desde el punto de vista intrínseco, grados que en los momentos
de extremada oposición dan una real y verdadera diferencia cualitativa:
en el más alto escalón deberán ubicarse los creadores de las diversas
ciencias, de la filosofía, del arte, etcétera; en el más bajo los más
humildes ‘administradores’ y divulgadores de la riqueza intelectual ya
existente, tradicional, acumulada.”
Para Gramsci es de la máxima importancia subrayar
que una parte de la vida social, quizá la más importante, es,
precisamente, la vida intelectual. Todos los hombres, en diferente
grado, son intelectuales. “Cuando se distingue –nos dice– entre
intelectuales y no-intelectuales, en realidad se hace referencia sólo a
la inmediata función social de la categoría profesional de los
intelectuales, vale decir, se tiene en cuenta la dirección en que
gravita el peso mayor de la actividad específica profesional, si en la
elaboración intelectual o en el esfuerzo muscular-nervioso. Eso
significa que si se puede hablar de intelectuales, no se puede hablar
de no-intelectuales, porque no-intelectuales no existen.” Ésa es,
acaso, la razón de la enorme importancia, una importancia vital, que los
intelectuales tienen para la sociedad: si la actividad de ellos fuese
totalmente abstracta, es decir, completamente aislada de la vida social
y si ésta no tuviera como parte inherente un enorme componente
intelectual, los intelectuales no tendrían razón de existir. Pero
sucede que la sociedad los necesita, por una parte, para que cultiven
su lado intelectual y lo engrandezcan y, por otra, para que la ayuden a
organizar esa parte importante de su ser.
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Los intelectuales son, así, creadores de cultura
y organizadores de la vida social que tiene que ver con su actividad.
En un escrito de la época en la que Gramsci fue encarcelado y que se
significa porque es el más profundo análisis de la función de los
intelectuales realizado hasta entonces (Gramsci fue detenido en 1926),
“Alcuni temi della quistione meridionale”, el pensador sardo nos
descubre esa característica particular de los intelectuales: casi
siempre sin que se den cuenta, son grandes organizadores de la cultura.
Y para ello no necesitan tener puestos burocráticos o alguna forma de
poder. Lo hacen espontáneamente, sin que nadie se lo encargue o se lo
indique. Simplemente, por la actividad que realizan. Surge otro hecho
importante: también sin que lo sepan o sean conscientes de ello, los
intelectuales hacen siempre política, intervienen en la política y
determinan muchas cosas de la política. Y eso sin hablar de la enorme
gama de intelectuales, en la que los burócratas deben ser considerados
intelectuales. Sólo refiriéndonos a los intelectuales de altos vuelos,
los que están dedicados sólo al cultivo de las ciencias, la filosofía o
las artes, debe decirse que ellos determinan siempre el rumbo de la
vida social, para bien o para mal.
Ese fue el enorme hallazgo de Gramsci. En “La
quistione meridionale”, Gramsci hace por primera vez la distinción
entre el intelectual de las sociedades agrarias y tradicionales y el
intelectual de las sociedades urbanas. Al respecto, anota: “El viejo
tipo de intelectual era el elemento organizativo de una sociedad de
base campesina y artesanal prevalentemente; para organizar el Estado,
para organizar el comercio, la clase dominante cebaba un particular
tipo de intelectual” ( en La questione meridionale.) Sin los intelectuales, que son sólo “mandaderos” de la clase dominante (Quaderni…),
la sociedad, sea ésta tradicional o agraria o urbana e industrial,
simplemente no podría funcionar. Decir, con Gramsci, que todos los
hombres son cultos o que todos son intelectuales, en diversos grados,
es ya consagrar la importancia vital de los intelectuales y de la vida
intelectual para la sociedad.
III
La política es parte esencial de la vida de los
intelectuales, así se dediquen a las actividades más abstrusas y
aisladas. Ellos cuentan siempre con los medios o las tribunas desde las
cuales expresarse. Su gran diversidad corresponde a una amplísima
división del trabajo que los hace un elemento omnipresente en la vida
social. Ellos tienen muchísimas posibilidades de manifestarse y hacer
presentes sus intereses. Pero aun pensando en los intelectuales
aislados y que sólo viven de su trabajo individual, ellos son seres
privilegiados desde un cierto punto de vista. Son como los sacerdotes de
la vida cívica. Piensan y pueden transmitir a los demás lo que
piensan.
![]() New York |
Todos los que sirven al Estado en calidad de
burócratas o empleados realizan una función intelectual, aunque
mezquina, y son, por lo tanto, también intelectuales. De ínfima
categoría, si se quiere, pero lo son. Ningún Estado ni ninguna sociedad
pueden funcionar sin esa categoría de intelectuales. En el sector
privado, digamos en las grandes y pequeñas empresas, el elemento
intelectual, cifrado en sus directivos y sus especialistas, es decisivo
para su existencia y su progreso. Hasta en la sociedad rural se hace
presente de modo imperativo el elemento intelectual: sin curas, sin
abogados provincianos, sin poetas lugareños, sin artistas folclóricos,
sin agentes comerciales, nada podría funcionar. Y sería un despropósito
pensar que todo ese montón de pequeños intelectuales no significa nada
en la dirección espiritual y política de la sociedad. Los
intelectuales y lo intelectual están por todos lados.
A veces, los grandes intelectuales son capaces de
transformar toda una época, con sólo desplegar su trabajo
especializado. A Croce, por ejemplo, Gramsci le atribuye haber llevado a
cabo la única reforma, la reforma intelectual, que era posible en el
sur italiano (el “Mezzogiorno”, el “Meridione”). Con él “… ha cambiado
la dirección y el método del pensamiento, ha sido construida una nueva
concepción del mundo que ha superado al catolicismo y a toda otra
religión mitológica. En este sentido, Benedetto Croce ha cumplido una
altísima función ‘nacional’; ha separado los intelectuales radicales
del Mediodía de las masas campesinas, haciéndolos participar en la
cultura nacional y europea y, a través de esta cultura, los ha llevado a
ser absorbidos por la burguesía nacional y, por consiguiente, por el
bloque agrario” (“La quistione meridionale”).
Croce representaba la nueva imagen de la intelectualidad italiana, que hasta antes de la unificación era, esencialmente, cosmopolita y nunca había logrado ser nacional.
Para Gramsci había faltado una base material a la cultura nacional
italiana o, en todo caso, ella no estaba en Italia. “Esta ‘cultura’
italiana –apunta el pensador de Ales– es la continuación del
‘cosmopolitismo’ medieval ligado a la Iglesia y al Imperio, concebidos
como universales. Italia tiene una concentración ‘internacional’, acoge
y elabora teóricamente los reflejos de la más sólida y autóctona vida
del mundo no italiano. Los intelectuales italianos son ‘cosmopolitas’,
no nacionales; incluso Maquiavelo en El príncipe refleja a Francia, a España, etcétera, con su esfuerzo por la unificación nacional, más que a Italia” (Quaderni…; también, Lettere dal carcere.)
Ahora bien, a Gramsci no le interesaban tanto
los grandes intelectuales en lo particular como los grupos de
intelectuales o, también, los intelectuales según sus características
(tradicionales, urbanos), en general. Todos ellos se manifiestan a
través de sus relaciones con los demás o con el grupo social con el
cual se identifican. La función de los intelectuales, desde este punto
de vista, es convertirse en conciencia de aquellos a los que quieren
representar, apuntalar su acción en la vida social y ampliar los
horizontes de ese mismo grupo. No se trata de un hecho concertado,
habrá que insistir, sino de algo espontáneo que surge en el desarrollo
mismo de la sociedad. Un grupo social sin intelectuales y, menos
todavía, sin vida intelectual, es un absurdo. Toda clase social se hace
de sus propios intelectuales o se atrae a los de los otros grupos. Los
intelectuales tienen la misión específica de ser representantes
espirituales y morales de la sociedad y de los grupos que la integran.
![]() Tarjeta Internacional |
Para Gramsci la moral tradicional, como conjunto
de valores y prejuicios, es absolutamente repudiable. La moral, al
igual que la cultura, es ante todo una actitud, una condición del ser
pensante que es el hombre. El mundo es el escenario en que vivimos,
actuamos y padecemos. Somos espíritu viviendo en el mundo. Somos, como
lo había postulado Kant, seres de fines, que a través de esos fines nos
realizamos. La moral no tiene nada que ver con esos esperpentos
ideológicos que son los prejuicios convertidos en valores y que a
menudo caen en la inhumanidad y, lo peor de todo, en la bestialidad. La
moral es entereza, integridad y, sobre todo, voluntad de hacer y de
actuar. El hombre, como intelectual (y todos los hombres son
intelectuales), es un “bloque histórico de elementos puramente
individuales o subjetivos y de elementos de masa y objetivos o
materiales con los que el individuo está en relación activa”.
El hombre, siempre concebido como intelectual, es
un ser destinado a transformar al mundo, material y moralmente.
“Transformar al mundo externo –escribe, en efecto–, las relaciones
generales, significa potenciarse a sí mismo, desarrollarse a sí mismo.
Que el ‘mejoramiento’ ético sea puramente individual es una ilusión y
un error: la síntesis de los elementos constitutivos de la
individualidad es ‘individual’, pero no se realiza ni se desarrolla sin
una actividad hacia lo externo, modificadora de las relaciones
exteriores, desde aquellos hacia la naturaleza hasta los que tienen que
ver con los demás hombres en diversos grados, en las diferentes
formaciones sociales en las que se vive, hasta la relación máxima, que
abarca a todo el género humano. Por lo mismo, se puede decir que el
hombre es esencialmente ‘político’, pues la actividad para transformar y
dirigir conscientemente a los demás hombres realiza su ‘humanidad’, su
‘naturaleza humana’” (Quaderni…)
Para Gramsci, la revolución se cifra en una completa y total reforma intelectual y moral de la sociedad.
Para ello se necesita a los intelectuales o, por lo menos, que los
intelectuales estén de acuerdo con ello. Cuando eso ocurre, entonces la
reforma se pone en marcha, para dar lugar a un nuevo bloque de fuerzas
que miran a transformar a la sociedad. Es por ello esencial para todo
grupo que aspira a imponer su hegemonía hacerse del mayor número de
intelectuales y convertirlos en intelectuales orgánicos. De
ellos va a depender el futuro político del grupo. Gramsci lo dice así:
“Una de las características más relevantes de cada grupo que se
desarrolla hacia el dominio [de la sociedad] es su lucha por la
asimilación y la conquista ‘ideológica’ de los intelectuales
tradicionales, asimilación y conquista que son tanto más rápidas en
tanto el grupo dado elabora simultáneamente sus propios intelectuales
orgánicos” (Quaderni…)
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Atraerse a los intelectuales, en general, va a
depender de que el grupo que se encamina hacia el dominio hegemónico de
la sociedad sepa formar (elaborar) a sus propios intelectuales. Al
respecto, se debe anotar que “no existe una clase independiente de
intelectuales, sino que cada grupo social tiene una formación de
intelectuales que le es propia o tiende a formársela; pero los
intelectuales de la clase históricamente (y realistamente) progresista,
en las condiciones dadas, ejercen tal poder de atracción que terminan,
en último análisis, por subordinarse a los intelectuales de los otros
grupos sociales y, por tanto, por crear un sistema de solidaridad entre
todos los intelectuales con ligámenes de orden psicológico (vanidades,
etcétera) y, a menudo, de casta (técnico-jurídicos, corporativos,
etcétera)”.
Finalmente, este hecho es tan importante para la
definición de la misma hegemonía social y política del grupo en
cuestión, que Gramsci no duda en hacer depender de que haya una gran
formación intelectual ligada al grupo dominante el modo como se ejerce
el poder. Si los intelectuales imponen abiertamente su presencia,
tendremos una dominación que será, ante todo, intelectual; la ausencia
de intelectuales en la política va acompañada, por lo general, de un
ejercicio autoritario y despótico del poder. Gramsci anota al respecto
que la atracción de los intelectuales “se verifica ‘espontáneamente’
en los períodos históricos en los cuales el grupo social dado es
realmente progresista, vale decir, hace avanzar de hecho a toda la
sociedad, satisfaciendo no sólo sus exigencias existenciales, sino
ampliando continuamente sus propios cuadros por la continua toma de
posesión de nuevas esferas de actividad económico-productiva. Apenas el
grupo social dominante agota su función, el bloque ideológico tiende a
fracturarse y, entonces, a la ‘espontaneidad’ puede sustituirse la
‘constricción’ en formas siempre menos larvadas e indirectas, hasta las
medidas de auténtica policía y los golpes de Estado”.
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