Una esquina del mundo donde analizar lo que pasa,las maldades que nos hacen y las boludeces que decimos
¿HÉROE O VILLANO?
miércoles, mayo 31, 2017
SAUDADES DA ARGENTINA
The New York Times
La culpa es de nuestra generación
Una reflexión sobre el rol de los jóvenes en los años 70.
Postal histórica. Perón, Isabel y, delante, Cámpora, en la casa de Gaspar Campos.
.
Ayer
cumplí 60 años. Me insisten en que no es grave, que los 60 son los
nuevos 40 o 25 o 37 y medio, pero lo cierto es que a menudo se sienten
-y se viven- como los viejos 60. Cumplí 60 años y me llena de sorpresa,
esa perplejidad que te causa saber que ya lo has hecho: que todavía
podrás introducir algún detalle pero lo grueso es lo que hiciste.
Envejecer es descubrir que ya no serás otro.
Hay algo raro,
perentorio en la palabra cumplir, que también me incomoda. No me parece
que haya cumplido mucho. Pero no se trata, aquí y ahora, de mí y yo
mismo y mi persona; lo que me molesta es que no me parece que nosotros
hayamos cumplido casi nada.
Digo nosotros porque digo yo; digo yo
porque digo nosotros: argentinos, sesentones argentinos, mis coetáneos,
mis compañeros de generación, los míos. Quizá ya sea la hora de
preguntarnos cómo, cuándo, quizá, incluso qué y por qué: es hora, en
síntesis, de ir haciéndonos cargo.
Es difícil definir una
generación, caprichoso, impreciso. Digamos, entonces, por decir: los que
nacieron un poco antes y después que yo, los que tuvimos 20 años en la
Argentina de los años sesenta y setenta. Perón hablaba, entonces, de
“esta juventud maravillosa” y, ahora, es fácil pensar que todos éramos
jóvenes inquietos, preocupados por los destinos de la patria, dispuestos
a vivir -y a morir- para ella.
Se instaló un mito: si digo mi
generación muchos piensan en militancia y muertos y desapariciones y
torturas. Los hubo, pero hubo tantos más que no hicieron nada de eso.
Los que gobiernan ahora, sin ir más lejos, son parte de mi generación y
no hicieron nada de eso. En esos días estaban -Mauricio Macri, Daniel
Scioli, Cristina Fernández, Elisa Carrió- preparándose para ganar más
plata. Y millones miraban sin saber qué decir o gritaban goles de Kempes
o tarareaban a Spinetta.
Los que sí decidimos hacer esas cosas
tuvimos -tenemos- un lugar excesivo cuando se habla de mi generación. Es
cierto que la historia no se escribe con los miles y miles que el 25 de
mayo de 1810 se quedaron en sus casas sino con los doscientos o
trescientos que se reunieron en la Plaza. ¿Los que definen una
generación son los pocos que actúan, no los muchos que no? Es probable, y
es fácil para todos los demás. En cualquier caso, el mito sirve para
cosas. Por ejemplo, un truco fácil: hablar de lo que algunos hicimos en
los años setenta es un modo de no hablar de lo que hicimos todos en los
cuarenta años siguientes.
Juntar del terror. Videla, junto a Massera y Agosti: festejo del Mundial 78.
Y,
sin embargo, empiezo por hablar de aquello: fueron años -como todos-
raros. Empezamos nuestras vidas en un mundo convulsionado, esperanzado:
todo debía cambiar, todo estaba cambiando. Cualquier muchacho más o
menos decente sabía que aquel orden social era injusto y que había otros
que debían remplazarlo; la discusión no era si la sociedad debía
cambiar; era cómo, por qué medios, hacia dónde. Se supone que, de formas
varias, muchos lo intentamos. Perdimos. Brutalmente perdimos, pero lo
intentamos.
Aquella Argentina estaba llena de infamias. La
manejaban generales que golpeaban en cuanto detectaban cualquier amenaza
al poder de una burguesía rica que poseía sus enormes campos y sus
medianas industrias, que explotaba a obreros y peones, que se alineaba
con los imperios contra sus colonias, que controlaba la nación y su
Estado para su beneficio. Decidimos, con razones, luchar contra eso.
Pero en 1970 uno de cada treinta argentinos estaba “bajo la línea de
pobreza” y ahora es uno de cada tres: diez veces más. Y aquella pobreza,
solía suponerse, era un estado transitorio hacia una situación mejor,
un puesto que permitiera hacerse una casita, mandar a los chicos a la
escuela, ganar un poco más, ser mejor explotado, “progresar”.
El
mito de la movilidad social seguía imperando. Era un país con una clase
media amplia y más o menos educada, que nos desesperaba: un obstáculo
para cualquier intento de cambio revolucionario. Una clase media que se
forjaba en la escuela pública pensada como una herramienta para
homogeneizar, para implantar ciertas bases comunes; donde aprendíamos
todos los que no éramos ni exageradamente ricos ni exageradamente
chupacirios ni exageradamente tontos. La diferencia argentina podía
sintetizarse en sus escuelas del Estado. Hace 50 años solo uno de cada
diez chicos iba a la escuela privada; ahora, tres de cada diez. Es otro
dato decisivo.
Algunos quisimos cambiar aquel país, otros no;
entre todos lo cambiamos para mal. Somos la generación de la caída.
Ahora, ese tercio pobre de la población se ha congelado: vive en algún
margen, en viviendas precarias, con empleos ilegales o sin ningún
empleo, dependiente del Estado y sus limosnas, completamente afuera y
sin expectativas de volver: a la intemperie. No tienen futuro. Y los
demás, en general, tampoco creen en eso.
Hace 50 años el producto
bruto per cápita era la mitad del de Estados Unidos; ahora es menos de
un cuarto. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación era un peligro;
ahora sería un logro extraordinario. Que nunca conseguimos. Hace 50 años
la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un
país; ahora no tiene 4.000 y la mayoría no funciona. Hace 50 años la
Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se
endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y
coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para
comprar autopartes y juntarlas. Hace 50 años los hospitales públicos
atendían a la mayoría de la población; ahora solo atienden a los que no
tienen más remedio.
No son solo los datos; lo brutal es que la
vida de cada día se nos ha vuelto cada día más incómoda, más hecha de
encontronazos que de encuentros, más disgustos que gustos, más
impaciencia e impotencia que alegrías y satisfacciones. Y conseguimos un
raro grado de violencia cotidiana.
Es obvio que la Argentina no
cumplió con su promesa y se arruinó hasta un grado que nadie supo
imaginar. Lo sabemos. Lo que no queremos saber es que fuimos nosotros.
Perfil de Martín Caparros
Cristina
Fernández, expresidenta, dijo, hace unos días, en Bruselas, que su
partido perdió las elecciones porque “ahora la sociedad no está
capacitada para leer lo que pasa detrás de las noticias; a los de
nuestra generación nos decían algo y sabíamos distinguir lo que había
detrás de lo que nos decían y lo que estaba pasando, porque estábamos
instruidos intelectualmente”. Nuestra generación -la suya, la mía, la
tan instruída- hizo esta Argentina. Y todavía algunos de sus miembros
tienen la desvergüenza de suponer culpas ajenas.
Siempre es fácil
echar culpas a los otros; siempre es difícil encontrar las propias. Pero
si algo puede servir para algo es buscarlas: tratar de pensar cómo y
por qué la Argentina actual es nuestra culpa.
Está, para empezar,
la excusa heroica: aquellas muertes. Nos asesinaron a varios miles y nos
hemos consolado pensando que el problema es que “mataron a los
mejores”. Que quedamos los peores pero la culpa no es nuestra, sino de
aquellos asesinos. Ni los mejores ni los peores: murieron los que
tuvieron más insistencia, menos suerte, más coherencia, menos
imaginación, más valor, menos cuidado; los que estaban en el lugar
preciso en el momento justo, los que no estaban en el lugar preciso en
el momento justo. Nos mataron a muchos y fue una tragedia. Pero el
problema central no fue la falta de los que mataron; fue, más que nada,
el efecto que produjeron esas muertes en los vivos. Fueron pedagógicas:
nos demostraron que “ser realistas y buscar lo imposible” podía ser tan
costoso que después preferimos no arriesgar y aceptar lo posible. Que
siempre era un desastre.
“
Es obvio que la Argentina se arruinó. Lo sabemos. Lo que no queremos saber es que fuimos nosotros.
Tratamos
de acomodarnos: nos gustó cada imbécil que nos dijo un versito, los
fuimos eligiendo. Dos o tres frases apropiadas, una sonrisa turbia, y
caíamos en las fauces de bobos que, pocos años después, odiábamos con
saña. Los odiábamos, supongo, porque nos odiábamos por haberlos amado,
con perdón.
Así que la Argentina volvió a ser ese granero que
había intentado dejar atrás un siglo, cuando algunos pensaron que no
alcanzaba con exportar carne y trigo y decidieron impulsar industrias;
ahora, soja mediante, somos de nuevo un campo grande y festejamos que sí
podremos vender unos limones. Esa reconversión -esta vuelta atrás- es
la decisión más importante que se tomó en todos estos años, y no la
discutimos nunca, nunca la decidimos. Total, teníamos democracia.
Sin
ideas, sin debate, sin futuros, la Argentina, en nuestros años, se
volvió un país reaccionario: un país donde cada gobierno hace tantos
desastres que el siguiente asume para deshacerlos. El gobierno de
Alfonsín llegó para deshacer el entramado asesino de la dictadura; el
gobierno de Menem, para deshacer el caos económico de la hiperinflación
alfonsinista; el gobierno de De la Rúa, para deshacer la corruptela
menemista; el gobierno de Kirchner, para deshacer el desastre neoliberal
antiestatista menemistadelarruísta; el gobierno de Macri, para deshacer
el tinglado corrupto-clientelar del kirchnerismo. Y seguirán las
firmas: el gobierno actual ya está haciendo sus méritos. Porque el
problema empieza cuando se les acaba la reacción.
Somos, más allá
de las máscaras políticas, venales. Ávidos somos, afanosos. Nos gustan
demasiado ciertos placeres chicos, la tele más grande, el coche más
brishoso, el viaje de envidiar. Y nos subimos a cualquier carro que nos
ofrezca esos caramelitos. Ya no nos gusta imaginar a largo plazo,
fijarnos metas, buscar. Quizá porque vimos que cuando buscamos no
encontramos, entonces no buscamos, entonces no encontramos, entonces no
buscamos.
Cada vez más conductas anormales nos parecen normales:
nos parece normal que tantos coman poco, que tantos vivan mal, que
tantos mueran antes, que la violencia -verbal o físicasea nuestra
manera; nos parece normal que nos engañen. Avanzamos por el camino de la
rana: nos metieron en el agua tibia y nos la fueron calentando poco a
poco y, con el tiempo, nos acostumbramos a vivir en un país que hierve; o
casi hierve, porque tampoco es que haya suficiente gas.
Es mía. Menem, con la famosa Ferrari, en la quinta de Olivos, a poco de asumir.
Somos
la rana acostumbrada; somos, al fin y al cabo, gente que resopla.
(Resoplar, decía el otro, solo sirve si después se sopla. Si no, se
queda en el berrinche; y el berrinche es la costum- bre más argenta).
Resoplamos y nos armamos un país a imagen del resoplo: un país que se
grita cosas para sacarse el malhumor pero que está tan pagado de sí
mismo, tan engañado de sí mismo que le pudo creer a aquella presidenta
que dijo que tenía menos pobreza que Alemania. Un país que sigue
imaginando que tiene un lugar en el mundo. Un país que trata de no ver
lo que es. Nos ayuda, si acaso, ese mérito que no nos abandona: seguimos
poniendo caras en la camiseta universal. Si antes fueron Ernesto
Guevara o Eva Perón, después Borges o Maradona, ahora es Jorge
Bergoglio: la proporción de personajes globales que produce la Argentina
no tiene relación con su papel en la cultura y la economía del mundo.
Aunque ahí hay algo que quizá nos defina: ser grandes de la máscara.
“
Algunos quisimos cambiar aquel país, otros no. Entre todos, lo cambiamos para mal.
O
mejor llamarlo por su nombre: la careta. Es difícil, por ejemplo, negar
que los más exitosos de nuestra generación son esos dos cincuentones
que el 90 por ciento de los argentinos votó, hace año y medio, para que
nos mandaran. Es difícil soportar que nuestros jefes sean un señor que
no habla cuando habla y otro que miente incluso cuando calla: dos
señores de tan pocas luces. Y que otros estandartes sean un exfutbolista
que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste, y un
músico que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste.
Mauri, Daniel, Diegote, Charly. Máscaras, lo nuestro son las máscaras.
Y, cada vez más, los jubilados tristes.
Somos muy mediocres. O,
por lo menos: nuestras acciones públicas son tan mediocres, producen
resultados tan mediocres.En algunos años, algunos libros contarán -si es
que hay libros todavía, si es que hay una Argentina todavía- que la
nuestra fue la generación más fracasada de la historia del país. Que
fuimos nosotros -no harán diferencias, hablarán de todos nosotros- los
que lo llevamos a este punto. Por supuesto, la generación siguiente
puede disputarnos la corona, pero creo que nos reconocerán la
importancia de haber hecho camino. Y nuestra marca: la Argentina donde
empezamos a vivir era tanto mejor que esta donde vamos terminando.
Alguno
me dirá que es fácil hablar desde lejos, que me calle (en su manera más
argenta: “Callate, puto, cerrá el orto”); ya me lo han dicho muchas
veces. No sé si es fácil o difícil; sé, sí, que la distancia es
condición de muchos. Y eso no me consuela. Pero es cierto que muchos
dejamos la Argentina en estos años: desde los que salimos en el 76 por
el terror hasta los que se fueron en 2002 por el desastre. Muchos
aprovechamos que la Argentina es un país reciente -que nuestros padres o
abuelos nacieron en otros- para poder decirnos que volvíamos a sus
lugares. Yo, en todo caso, me fui obligado -a Francia- en el 76, volví
entusiasta en el 83, me volví a ir -a España- en 2013. Esta vez fue
distinto: nadie me forzó. No sé bien por qué me fui: me dije que el
mundo era demasiado grande e interesante como para rechazar la tentación
de cambiar ángulos, pero sé que también fue porque estaba cansado.
Tomé la mía, me escapé. Y también me siento responsable.
Familia. Kirchner entrega en 2007 el bastón de mando a Cristina. Scioli Sonríe.
Hemos
pasado: vivimos cuarenta, cincuenta años argentinos y no dejamos nada
que valga la pena recordar (más que un país en ruinas, su eterna
calesita, sus reacciones pobres). Debe haber logros, pero no logro
verlos; vale la pena discutirlo. Es cierto que en algunos aspectos la
vida es más libre que hace 50 años. Pero muchas de esas libertades que
no existían entonces -sexuales, sobre todo- llegaron de otras culturas y
nos limitamos a adoptarlas, ni siquiera del todo: el aborto, por
ejemplo, sigue siendo ilegal.
Nosotros, mientras, la cagamos; es
tan fácil saber que la cagamos. ¿Y qué se puede hacer cuando queda tan
claro? ¿Mirar para otro lado, buscar a quién echarle culpas, negar todo,
disimular o incluso convencernos de que la cosa no es tan grave?
Ninguna de esas reacciones sirve para empezar a arreglar nada. Aunque,
quizá, la idea de que los que la cagamos podamos arreglarla es otra
forma de escaparnos. Quizá sea hora de que nos demos por vencidos -por
nosotros mismos- y nos retiremos, dejemos el espacio a otros que,
probablemente, lo puedan hacer aún peor. Pero es difícil: nadie se
retira a los 60, a los nuevos 40 o 25 o 37 y medio.
¿Entonces?
¿Decidir que vamos a ser distintos, como se deciden cosas el día de fin
de año, el día del cumpleaños? ¿Decidir que quizá no podamos ser
distintos pero sí actuar distinto, buscar otras maneras? ¿Decidir que
vale la pena dejar de lado estupideces y fanfarrias y hacerse cargo del
desastre, sabiendo que construimos con barro, sabiendo que no se puede
construir con barro si uno pretende que es cemento? ¿Aceptar que ya
perdimos nuestra oportunidad, que si acaso, en esa construcción, ya
serán otros los que lleven el ritmo, los que manden, pero aun así
valdría la pena colaborar en lo posible? ¿Aceptar que deberíamos ayudar
en una búsqueda cuyos resultados, si los hay, nunca vamos a ver?
Hay
un país, lo reventamos. Negarlo es la manera más segura de seguir
haciéndolo. Un país, pese a todo. Quizá valga la pena discutirlo,
resignarse a pensarlo: reinventarlo.
Fuente: The New York Times
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