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LUCHA DE CLASES
La lucha de clases no es un dogma del
marxismo, sino la esencia de la economía capitalista. La acumulación y
la desigualdad son las consecuencias directas de un sistema que, lejos
de producir riqueza y bienestar, propaga la explotación laboral, el
hambre, la especulación y la guerra. En España, la crisis ha provocado
que diez millones de personas vivan en una situación de pobreza y
exclusión social. Se han ejecutado 350.000 desahucios y la desnutrición
afecta al 25% de los niños. Al menos, 315 personas se han suicidado,
huyendo del paro, la miseria o la pérdida de su vivienda. Son cifras
conservadoras. Circulan datos mucho más preocupantes, pero no es fácil
verificarlos. El poder político y financiero intenta que las víctimas
sean invisibles. Cuando no lo consigue, se recurre a la represión
policial. Desde el 15-M, se han recaudado 217.000 euros en multas y el
presupuesto en material antidisturbios se ha incrementado en un 1.780%.
En 2013, se gastarán 3’26 millones en pelotas de goma, cañones de agua,
porras, escudos, gases lacrimógenos. Es indiscutible que vivimos una
guerra de clases unilateral, con una minoría de súper ricos fortificando
sus privilegios mediante la violencia institucional y la manipulación
mediática. Desgraciadamente, la resignación y el miedo parecen más
extendidos que la rabia o el espíritu de resistencia.
En nuestro país, la expectativa de vida
de ciudadano acomodado supera en diez años a la de un trabajador no
cualificado y expuesto al paro crónico. España es uno de los países de
la Unión Europea donde las rentas del capital son más altas. Aunque sus
beneficiarios son una minoría, representan el 46% de las rentas totales.
Por el contrario, las rentas del trabajo merodean alrededor del 45%.
Este contraste se traduce en una profunda desigualdad que ha despertado
incluso las críticas del BCE. Muchos creemos que este cuadro procede del
modelo social gestado por el franquismo. No soy el primero en señalar
que la guerra civil española no fue una guerra civil, sino una guerra de
clases. El exterminio de las fuerzas políticas y sindicales de
izquierdas y las represalias contra la población civil que había apoyado
las reformas o los procesos revolucionarios desembocaron en un Estado
fascista, caracterizado por un españolismo histérico, un catolicismo de
tintes medievales y unas diferencias sociales abismales. El control del
sistema educativo y los medios de comunicación se combinaron con la
tortura y las ejecuciones sumarísimas para reprimir, humillar e
intimidar a la clase trabajadora, privada de derechos y libertades. El
régimen de Franco acabó como empezó: fusilamientos al amanecer después
de juicios sin garantías procesales. La Transición sólo liquidó los
aspectos más odiosos de la dictadura, garantizando la continuidad del
orden social establecido, pero sin cruces y flechas ni alocuciones a
favor de un nuevo imperio. Ese cambio de imagen no implicó la
desaparición del terrorismo de estado ni afectó al poder de las
oligarquías. Los pactos de la Moncloa se celebraron como una prueba de
concordia entre la patronal y los trabajadores, pero en realidad los
“comités de empresa” significaron el fin del modelo asambleario. Al
votar cada cuatro años y escoger unos representantes que negociaran
directamente con la empresa, los trabajadores renunciaron a su fuerza
colectiva, limitando su lucha al marco de las reivindicaciones
sectoriales. Sólo la CNT se negó a suscribir un acuerdo que desactivaría
el movimiento sindical y abriría las puertas a un modelo social
regulado por los intereses de la banca y la patronal. La España
parlamentaria y democrática se incorporó desde el primer momento a la
rebelión de los ricos contra los avances del mundo del trabajo,
aprobando brutales reconversiones industriales y favoreciendo la
especulación inmobiliaria y financiera.
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Que par de Hijos de puta...... |
A finales de los setenta, el pacto
social que se acordó a los dos lados del Atlántico en la posguerra de
1945 se reveló innecesario, pues el comunismo ya no constituía una
amenaza real, pese a que continuara utilizándose como pretexto para
engordar los presupuestos militares. Margaret Thatcher y Ronald Reagan
iniciaron la revolución neoliberal, que enseguida contó con el apoyo de
la socialdemocracia europea. La famosa Tercera Vía de Mitterrand, Felipe
González o Gerard Schröder consistió en reducir los salarios, contener
la inflación, incrementar las exportaciones y destruir empleo.
Neoliberalismo y socialdemocracia se fundieron en un discurso unánime
que disipó el espejismo de la alternancia política. En los noventa y en
la primera década del siglo XXI, la productividad creció, pero las
ganancias sólo repercutieron en las rentas del capital. La pérdida de
poder adquisitivo de la clase trabajadora pasó desapercibida gracias a
los créditos baratos, que dispararon el endeudamiento de las familias y
de las pequeñas y medianas empresas. La política neoliberal provocó en
Alemania una acumulación de rentas del capital, que la banca transformó
en préstamos de alto riesgo a los países periféricos del euro (los
tristemente famosos GIPSI) y en la compra de productos especulativos de
alto riesgo (sub prime) en Estados Unidos. Cuando se produjo el
hundimiento de Lehman Brothers, la banca alemana se enfrentó a un grave
problema de solvencia y necesitó la intervención de la Reserva Federal
de Estados Unidos, que adquirió de este modo un enorme poder en la zona
euro, transformando el BCE en una sucursal del FMI. El crecimiento de
las rentas del capital (particularmente en Alemania) y no la falta de
disciplina fiscal desencadenaron la crisis de 2007. En esas fechas,
España e Irlanda disfrutaban de superávit, pero el enorme endeudamiento
privado y la congelación del crédito hundieron sus economías, provocando
el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la proliferación de activos
tóxicos, que menoscabaron la liquidez y la solvencia del sistema
bancario. A estas alturas, pocos ignoran que los recortes del gasto
público aplicados por el PSOE y el PP, que fundamentalmente castigan a
los sectores más débiles de la población, no son simples reformas
encaminadas a corregir un desequilibrio financiero, sino medidas para
garantizar que la banca alemana, francesa y española recuperen el
capital invertido en deuda pública, con unos intereses de usura.
Alemania y Francia son nuestros principales acreedores, lo cual no debe
hacer olvidar que la banca española posee el porcentaje más abultado, un
55%. La supuesta presión de los mercados financieros es la presión de
los bancos privados, que en nuestro país obtienen inyecciones de
liquidez del BCE al 1% y compran bonos del estado al 6%. Se trata, sin
duda, de un negocio obsceno, que adquiere un nivel más alto de
inmoralidad, cuando se repara en que la banca ha socializado sus
pérdidas mediante rescates millonarios costeados por los ciudadanos.
Alemania no deja de beneficiarse del sufrimiento de los GIPSI, pues el
capital huye de los países periféricos para refugiarse en sus arcas, a
veces con un interés negativo. No obstante, el trabajador alemán, con
salarios raquíticos y escasa protección social, soporta el mismo cuadro
de explotación y precariedad que los trabajadores de los países GIPSI.
En la actualidad, uno de cada cinco alemanes es pobre (no puede pagar el
alquiler, se alimenta de forma deficiente, no puede viajar o hacer
frente a gastos imprevistos) y siete millones trabajan en régimen de
miniempleo (los célebres mini jobs), con salarios de 400 euros y
sin derecho a seguridad social o seguro de desempleo. En cambio, los
alemanes ricos duplicaron su patrimonio en las dos últimas décadas. Un
10% posee la mitad de la riqueza del país. Al final, todo se reduce a la
eterna lucha de clases, con masas empobrecidas y una minoría que
acumula bienes y recursos.
Muchos se preguntarán por qué los
ciudadanos continúan apoyando a los partidos mayoritarios. Sería inútil
buscar motivos racionales. El PSOE ha perdido casi toda su credibilidad,
pero aún sigue despertando la simpatía de ciertos sectores, que lo
relacionan con un reformismo de izquierdas, pese a que sus años en el
gobierno indican lo contrario. El PP moviliza a los sectores más
conservadores, identificados con la moral católica y el españolismo más
intolerante, olvidando los perjuicios económicos derivados de las
recetas neoliberales. El resto de los votantes ya no creen en el sistema
democrático. ¿Hasta cuándo se prolongará esta situación? Muchos opinan
que la crisis le ha dado la razón a Marx. La lucha de clases es
dolorosamente real. ¿También tenía razón Marx al invocar la violencia
como único motor del cambio histórico? Sufrimos los estragos de una
crisis basada en una deuda odiosa e ilegítima, pero nadie se atreve a
hablar de revoluciones y utopías, tal vez porque los grandes medios de
comunicación y las programaciones oficiales del sistema educativo llevan
varias décadas escarneciendo esos conceptos. Sin embargo, sólo las
grandes movilizaciones populares pueden alterar el rumbo de los
acontecimientos. Quizás los más jóvenes ignoran que la sociedad española
de las postrimerías del franquismo era enormemente combativa. Desde
finales de los sesenta, se produjeron infinidad de huelgas y
manifestaciones, exigiendo amnistía, justicia y libertad. En esas
trágicas jornadas, muchos perdieron la vida, pero las protestas forzaron
una reforma, aunque no una ruptura. Tal vez sea la hora de esa ruptura
diferida por la traición de los grandes partidos, que han gobernado
incumpliendo sus promesas electorales. Si no nos echamos a la calle y no
surgen nuevas fuerzas políticas, respaldadas por trabajadores
concienciados e intelectuales comprometidos, sólo nos esperan décadas de
humillaciones, miseria y represión policial. No permitamos que una
minoría siga escribiendo la historia, llamando paz al orden público,
prosperidad al saqueo de los bienes y recursos, flexibilidad a la
explotación laboral, reformas a la abolición de derechos y libertad al
rito de introducir una papeleta cada cuatro años en una urna. Están en
juego el pan, la esperanza y la dignidad de millones de familias.
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