¿HÉROE O VILLANO?

¿HÉROE O VILLANO?

martes, junio 07, 2011

Asesinos de cuellos blanco

Por Eduardo Montes de Oca

Inaudito pero cierto. En un planeta de cada vez más ingentes multitudes con estómagos en paro forzoso, más de mil millones de toneladas de alimentos se desechan al año, según un informe que nos reafirma en la idea de que la causa última de las desigualdades constatadas por doquier radica en la maximización de las ganancias. Regularidad de una formación económica que, “pudorosa”, evade el más exacto de los nombres, capitalismo, para denominarse a sí misma sociedad de mercado. O de consumo.

Elaborado por el Instituto Sueco de Alimentos y Biotecnología y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el documento solo asombrará a quienes, con trasnochada buena fe, hayan creído esa melopea repetitiva de que la inanición padecida por un sexto de la humanidad -más de mil millones de terrícolas- tiene que ver con la falta de comida. No en vano el relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier Schutter, hacía suyas ante la prensa las palabras de su antecesor en el cargo, Jean Ziegler: “Cuando un niño muere de hambre en el mundo, él o ella han sido asesinados.”

No hay que subrayarlo. Los victimarios se empecinan en atribuir la culpa exclusiva a factores como los cambios climáticos, mientras intentan por todos los medios ocultar razones harto verificadas: el control de los oligopolios del comercio agrícola mundial; la especulación financiera (ya están vendidas las próximas siete cosechas de soja en el orbe); la “francachela” de los agrocombustibles, los cuales, con precios basados en el petróleo, están empujando cuesta arriba la tasa media de ganancia en la agricultura.

Si continuamos auxiliándonos de un resumen aparecido en el blog Alfacentauro, apreciaremos que el rimero de porqués incluye el elevado costo de transformar millones de toneladas de cereales en proteína animal, con el objetivo de satisfacer con creces a unas elites por antonomasia consumidoras de carne; las privatizaciones de los servicios públicos para la agricultura; la regla impuesta por la Organización Mundial del Comercio (OMC), en 1994, en el sentido de que los víveres se conviertan en meras mercancías, solamente regulados por el mercado; el que la introducción de la propiedad privada de las semillas transgénicas exige una nueva matriz tecnológica, con costos de producción mayores y en beneficio de las mismas empresas que controlan el comercio, las semillas y los insumos…

Ah, entre otras, la verdad incuestionable de que el precio de los alimentos se internacionaliza, y por ende se separa del costo real de producción en cada país, para configurar una media planetaria ¡controlada por los monopolios!

De manera que las causas son archiconocidas. El hambre no es simple cuestión técnica, de explosiones demográficas o leyes dizque naturales. Está inscrita en el ADN -las relaciones sociales- de un sistema cuyas ocho naciones más ricas, por ejemplo, reinciden en destinar a los tachos de basura nada menos que 222 millones de toneladas de comida, monto cercano al que necesitaría el África Subsahariana (230 millones) para acometer con éxito su combate contra el flagelo.

Y como el capitalismo se compone de dos zonas perfectamente diferenciadas, el centro y la periferia, se da el caso de que, a manera de división del “trabajo”, el desperdicio represente el problema más agudo en los países industrializados, merced a unas normas de calidad que otorgan excesiva importancia a la apariencia, además de hechos como el que con frecuencia las transnacionales y los grandes supermercados animen a comprar lo innecesario, que se acumula en pletóricas despensas antes de irse, sin caducar, allí donde imaginamos: a los muladares. Entretanto, en los “arrabales” del planeta el desperdicio (las pérdidas) constituye el freno a la comida de los más, y ocurre en las fases de producción, recolección, post-cosecha o procesamiento, dados la precariedad de la infraestructura, el bajo nivel tecnológico y la falta de inversiones.

A todas estas, ¿el sistema abandonaría por las buenas, como si parara mientes en la palabra del Señor, la consecución de la (ultra)eficiencia a expensas de los desposeídos, mientras los poseedores, los menos, se regalan astronómicos y a la postre insostenibles niveles de consumo? ¿Convendría en aprontar medidas exigidas por gente de bien, como la generalización de la agricultura ecológica, el aumento de la inversión en las pequeñas explotaciones, el mejoramiento de la protección social, el reforzamiento de las organizaciones campesinas? ¿Se avendrían los ciudadanos enajenados por la publicidad campante a planificar de manera adecuada sus adquisiciones, para no tener que condenarlas a los basurales?

Que filántropos y soñadores me perdonen. Pero creo que primero habría que acogotar a los asesinos de cuello blanco. ¿Acaso escuché el término revolución?

lunes, junio 06, 2011

HARTOS DE HAMBRE (En Argentina)


Mayor regulación

Por Mariano Féliz * y Matías García **

Vivimos en un país de 40 millones de habitantes que es capaz de producir alimentos para una población siete veces superior. Sin embargo, en Argentina hay no menos de 4 millones de hambrientos. Vivimos en una tierra en la que históricamente los inmigrantes venían a producir. Sin embargo, cada vez menos gente vive en el campo, cada vez más propietarios de la tierra se convierten en arrendadores-rentistas, siendo los campesinos y pequeños productores expulsados por las grandes empresas capitalistas. Habitamos un territorio donde el pueblo históricamente ha trabajado para alimentarse y, sin embargo, hoy pierde día a día el control de su producción a manos de las transnacionales de la alimentación y los agronegocios. Multinacionales que hacen hasta dudar de la definición de productor, cuando éstas le venden las semillas y los insumos, le imponen el cultivo y la tecnología con qué producir y finalmente le compran la producción y la exportan del país, junto a sus extraordinarias ganancias: ¿productores o empleados de las multis?

En este país, 8 años de proyecto neodesarrollista sólo han permitido acumular a la cúpula del sector vinculado con la producción agropecuaria no menos de 75 mil millones de dólares en rentas extraordinarias y al Estado nacional alrededor de 55 mil millones de pesos en retenciones a las exportaciones, cuyo uso y destino no se condicen con los actuales indicadores socioeconómicos del país.

Habitamos un país con 33 millones de hectáreas de tierras fértiles para realizar cultivos extensivos, industriales, pasturas y frutihorticultura. Sin embargo, en menos de dos décadas la producción de soja transgénica ha desplazado violentamente la producción de alimentos. En la actualidad la soja ocupa el 50 por ciento de la superficie sembrada del país y es responsable de la mitad del volumen de granos cosechados. Así, cada hectárea adicional que se destina a la producción de soja se traduce en miles de nuevos pobres como consecuencia del aumento en el precio de los alimentos.

El Gobierno, si bien ha reconocido en términos discursivos los múltiples problemas que acarrea el monocultivo, en el campo de las políticas concretas poco y nada ha hecho. Por lo demás, continúa promoviendo los agronegocios e ignorando (y avalando en los hechos) la expulsión de los campesinos y productores más pobres y permitiendo que los pools de siembra, las transnacionales de la alimentación y las agroexportadoras sigan regulando la producción agropecuaria.

El Estado continúa sosteniendo una retórica y una práctica que no se condice con la necesidad de avanzar en una política de reforma agraria integral que conduzca a la soberanía alimentaria y la producción agropecuaria sostenible.

Primero, habría que eliminar la intermediación de las grandes multinacionales en la comercialización internacional de la producción agropecuaria. Las retenciones a las exportaciones son necesarias pero insuficientes como mecanismo de regulación, como lo demuestra su incapacidad de frenar el proceso de sojización. La constitución de un ente público que incorpore a los pequeños productores y campesinos, a los trabajadores y consumidores, permitiría articular una política de promoción del desarrollo rural integral que garantice a la vez la sustentabilidad de las comunidades rurales y la producción suficiente, agroecológicamente sustentable y variada de alimentos accesibles para el conjunto de la población. En Argentina el hambre no es resultado de una insuficiente capacidad productiva o disponibilidad de alimentos sino consecuencia de que su acceso es restringido.

Segundo, es necesario avanzar en un programa de reforma de la propiedad de la tierra que permita a los actuales pequeños productores permanecer en sus territorios, mejorando sus niveles de ingreso modificando la distribución del ingreso a lo largo de la cadena agropecuaria, con tecnologías adecuadas para una producción sustentable en sus tierras. La tecnología actual producida y dominada por las grandes corporaciones está adaptada al saqueo de las riquezas del suelo y su apropiación capitalista en gran escala, sin considerar las necesidades de las poblaciones rurales (y urbanas) y los sujetos de la producción (productores y trabajadores).

Tercero, es necesaria una política de desarrollo de una nueva forma de urbanidad en el territorio rural. Esta política debe fortalecer la creación de las condiciones para la vida digna en el espacio rural, promoviendo la desconcentración de las áreas densamente pobladas del país.

Una política orientada en este sentido –que ataque el corazón del eje extractivista del proyecto neodesarrollista– permitirá un desarrollo urbano-rural más equilibrado que garantice simultáneamente la sustentabilidad ambiental y económica de la vida rural junto a la soberanía alimentaria para el conjunto del pueblo trabajador argentino.

* Investigador Conicet, Docente UNLP.

sábado, junio 04, 2011

CASA BIGOTE

Los langostinos cocidos de Casa Bigote

Atención mirar esta foto durante más de cinco segundos puede conllevar riesgos para su salud...darle un lengüetazo a la pantalla. Foto: Cosas de Comé

Nombre del descubrimiento: Langostinos cocidos

Lugar: Restaurante Casa Bigote (Avenida Bajo de Guía sin número. Teléfono: 956362696) en Sanlúcar.(Andalucía,Cádiz,España)

Apartado científico: Mariscodoncia. Ciencia de gran calado que estudia todo tipo de mariscos. Concretando más es un caso clarísimo de langosterapia. una ciencia tapatológica que ha conseguido demostrar, de forma empírica, es decir, jamándose media ración, que este marisco cura gran cantidad de males. ¿Alguien ha visto a un tío o a una tía mosqueao comiéndose una fuente de langostinos?. Pelarlos resulta relajante y chuparles el coral de la cabeza regulariza la respiración. Además te deja un perfume en los deos que es una maravilla…Lea aquí el mini manual para comerse un langostino

Panidaje: No llevan acompañamiento panario.

Si existe la quinta dimensión está en los langostinos de Casa Bigote. El tapatólogo debe prepararse para vivir una experienci misticotapatológica y más de uno puede entrar en trance langostiniano, un mal del tapatólogo que consiste en quedarse con la boca en actitud de chupeteo permanente después de chuparle la cabeza a un ejemplar. El mal es pasajero y se pasa colocándole al sujeto otro langostino en la mano. Si existe el punto perfecto de cocción ese lo tienen en este establecimiento. El marisco lo cuecen a diario, incluso un poquito antes de que te los sirvan y por eso la llegada de la ración puede demorarse, como pasa con las novias (o los novios). Se piden por consenso con el camarero. Es decir, tú le dice: “Ponme unos langostinitos”. El te mira y en función de como te ve la cara y la cartera te dice: “te pongo como pa dos”. Eso es un cuarto de bichos, que es una cosa adecuada para dos, la verdad. Comer langostinos requiere un protocolo muy rígido. Debe hacerse de forma manual, nada de tenedores y cuchillos, que eso le quita la gracia. Debe primero quitarse la cabeza y succionarse esta hasta jamarse todo lo de color naranjita que lleva dentro, el coral, en lenguaje tapatológico. Para mayor estudio puede incluso abrirse la cabeza para que el rechupeto sea más intenso. Una vez realizada la fase de “chuposis”, debe pasarse a la fase troncal (comerse el cuerpo del langostino). Se le quita el caparazón poquito a poco, con cuidado con la parte de la colita para no dejarse ni una mijita de carne. El cuerpo debe ingerirse de dos o como máximo 3 bocaos. Finalmente, el colegio, recomienda una tercera fase solo para iniciados y es la prueba olfativa que es olerse los deos después de comerse el langostino. El colegio prohibe, evidentemente limpiarse los dedos postlangostinales con toallita perfumada, que es como si te levantaras en seguida despues de un buen vamonó que nos vamos.

El artista que consigue estos langostinos cocidos de quinta dimensión se llama Fernando Hermoso, el cocinero y copropietario de Casa Bigote en unión de su hermano Paco. Fernando los tiene lo mínimo en el agua hirviendo y luego lo pasa a una salmuera de agua con hielo y sal (ver aquí el método de cocción de langostinos de Casa Bigote). Los bichos vienen de Sanlúcar. La ración se sirve por peso. El día que se realizó la inspección esaban a 100 euros el kilo y nos pusieron para dos un cuarto kilo que se cotizo a 25 euros…me faltó muy poco para decirle que me pusiera otros 25 euros.

Otros platos de interés tapatológico en Casa Bigote: Acedías fritas, corvina en salsa tártara, hamburguesa de bacalao con salsa de queso, su colección de manzanillas.

Prueba pericial número 2 en la que se muestra una imagen poco vista, un langostino ya pelado. La gente se pone nervioso y no atina a hacer la foto ante él. Foto: Cosas de Comé

Fernando Hermoso, el mago de la cocción de los langostinos. .

viernes, junio 03, 2011

LAS MADRES

http://youtu.be/FL0FiQ08RJg

jueves, junio 02, 2011

Tuitiar

Tuitiar

Por Martín Caparrós

Tuitié. O, dicho al modo chileno: confieso que he tuitiado. Es verdad; di en hacerlo y no termina de parecerme repugnante. Debe ser otro paso en mi abandono creciente de mis deberes cívicos y/o culturales. Primero, es cierto, me resistí dos o tres años: uno es, después de todo, un viejo conserva de la modernidad que preferiría ser otra cosa pero es demasiado conserva como para intentarlo. Y que busca, cuando puede, argumentos elegantes y modernitos para justificar su conservadurismo.

Contra el tuiter exhibí, aquí mismo, hace unos meses, algunos: decía, para empezar, que “está hecho para esa variante contemporánea del receptor –radioescucha, lector, televidente, seguidor– que la mayoría de los emisores –editores de diarios, conductores de radio y televisión, tuiteros– concuerdan en creer que son los suyos: levemente lelos o, quien sabe, fiacas, gente que si lee nunca va a leer mucho, que prefiere mensajes concisos y simplotes. O, dicho de otra manera: “Yo quiero contarte algo pero te imagino un poco nabo con atención flotante y distraída así que no te digo nada más largo que los famosos 140″.

Para seguir, decía que el tuiter fue creado para ser “un chorrito de información insignificante” y que muchos lo utilizan como tal, para lanzar al ancho mundo información innecesaria sobre sus avatares: “estoy a punto de morfarme un pancho con papafritas, ketchup y mostaza: la vida me sonríe y tiene una ortodoncia con estrellitas de biyuta”. Para seguir más le reprochaba su brevedad innecesaria: que el mundo está lleno de cosas que no pueden decirse en 140 caracteres. Y, para terminar, me dejé embaucar por un efecto de los medios: supuse que el tuiter se estaba convirtiendo sobre todo en un instrumento politiquero. Mi error era previsible: todo el contacto que un forastero tiene con lo tuiteado consiste en lo que dicen los diarios que dijeron en un tuit el señor o la señora Fernández, por ejemplo, así que tiende a creer que el mundo tuitero es más que nada eso; era otro error.

Así fue cómo, hace una semana, henchido de errores, orondo de prejuicios, una tarde de extremo aburrimiento, bordeando tedio, casi spleen, se me ocurrió tuitear. Me ayudó una excusa barata: que sería una actividad notoriamente efímera, uno de esos furores pasajeros tipo parriposho global, algo que cualquier otra ocurrencia o avance técnico dejará obsoleto dentro de poco tiempo, y que quería hacerlo antes de que se terminara y que quería, sobre todo, disfrutar de esa efimeridad. Lo efímero es lo más interesante, lo decisivo de nuestra cultura. Nosotros mismos, sin ir mucho más lejos.


Era un discursito –o, incluso, un relato– de ocasión; lo que de veras me impulsó fue el espíritu de copia, las ganas de retomar un género que creí ver dando vueltas por ahí: el epigrama. De pronto entendí que los tuiteros más repugnantes intentan practicar el epigrama, arte casi perdido –y quise ser uno de ellos por un rato.

A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante,

Escribió hace más de doscientos años Juan de Iriarte. Pero el epigrama tuvo su momento de gloria hace más de dos mil, cuando los helenos se transformaron en helenísticos –y todo empezó a irse al carajo.

“Nerón quiso que Roma fuera honrada: así pudo robar él solo”, escribió Marcial, el epigramatista más famoso, tuitero de avanzada. El epigrama es un arte muy propio de épocas donde todo parece irse al carajo: breve, punzante, amargo, descreído, (re)buscadamente pequeñito, con ese límite caprichoso que sólo justifican las ganas de jugar. Las épocas más pagadas de sí mismas hacen cosas más orgullosas, más grandotas, así que llevábamos un tiempo desepigramatizados, hasta que la tontería de los 140 caracteres nos devolvió ese límite: ese movimiento curioso premoderno que consiste en ponerse límites por el solo gusto de jugar dentro de ellos.

Así que aquella tarde me puse a jugar al epigrama –aunque entendí que eso me situaba dentro del sector antipático de los tuiteadores: los que están más pendientes de lo que escriben que de lo que leen. Porque está claro que hay dos grandes clases en el mundo tuiter: los que leen y escriben, los que escriben para leerse. “Escucharme es uno de mis mayores placeres. Suelo mantener largas charlas conmigo; soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra”, dijo en 140 precisos caracteres el santo patrón de los tuiteros, Oscar Wilde.

Me preocupaba, y uno de mis primeros tuits (se) preguntó “¿para qué sirve el twitter, además de alimentar la vanidad? Es una pregunta, y no es retórica. ¿Servirá para que alguien la conteste?”. Algunos la contestaron: que para reflexionar, que para que los periodistas no se crean tan dueños de la información, que para nada, que para coger, que para alimentar la vanidad, que para pelear la soledad, que para qué necesito preguntármelo. Yo sigo en la duda –y, si supiera la respuesta, supongo que no la tuitearía.

Pero, por si acaso, le hice casi caso al que prefería no preguntarse tanto: aún tuiteo, me entretengo, tengo a veces la tonta sensación de quien tira al mar una piedrita y espera que haga olas –y me empiezo a interesar por algunas respuestas: quizá, con el tiempo, justo antes de que el tuiter se convierta en paddle, entienda la idea de red y me enrede levemente. Pero, mientras, estoy cada vez más convencido de que muchos se meten a tuitear porque les da una medida cuantificable de sí mismos. Nadie sabe exactamente su largo de verga o su ronda de pechos –y además, si lo supiera, no podría publicarlo. En cambio cada quien sabe con precisión instantánea continua cuántos “seguidores” cuenta, posee o pesa. En tiempos de números, el tuiter es sobre todo una medida; en tiempos de rating triunfador, es el rating de los individuos. Así como los americanos –con esa desvergüenza que les da ser los dueños– pueden preguntar “cuánto valés”, cualquier tuitero puede decirte cuántos es.

–Uy, pero ése es un fracaso. No consigue pasar de los 18.528.

–Sí, pobre muchacho. Va a tener que volver a matar a su suegra.

Por eso, el negocio tuitero más reciente consiste en vender seguidores. Pequeños emprendedores entusiastas registran miles de nombres de usuarios y después los venden a tuiteros ávidos de mostrar que la tienen un poquito más larga. Las pequeñas miserias no se curan con tecnología: suelen agravarse. Así fue cómo, por ejemplo, un intendente del conurbano bonaerense se hizo con centenares de seguidores de Hong Kong. El mundo global da para todo. El conurbano casi.

Fuente texto: revista Newsweek, 12 de mayo de 2011

UN PAIS EN RUINAS(Españistán)

Así destruyó España la banca,la clase politica y el neoliberalismo.



http://youtu.be/N7P2ExRF3GQ

miércoles, junio 01, 2011

Yo también soy antisistema


Yo también soy antisistema

Soy antisistema porque con la excusa de una crisis, producida por la sed insaciable de los especuladores del ´mercado´, se castiga a laciudadanía a rebajar sus derechos y la cota de bienestar conseguida tras años de lucha

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JOAQUÍN CONTRERAS RIVERA (un lector atribulado me escribe)


Vaya por delante que después de una vida laboral de más de 42 años, mi esposa y yo disfrutamos de sendas pensiones dignas que nos deberían hacer ver con optimismo el panorama social y ser defensores del llamado ´sistema´. Sin embargo, y desde esta atalaya de privilegiado, yo también me declaro antisistema.

Y lo hago después de haber podido comprobar cómo los que manejan este ´sistema´ están desmontando lo que los trabajadores y nuestra sociedad desde finales del XIX han ido consiguiendo en lo que ha venido en llamarse Estado del Bienestar.

Antisistema, porque nuestra clase política ha ido traspasando las funciones y las posibilidades de actuación de los Estados y los Gobiernos a manos de especuladores sin escrúpulos, parapetados tras el eufemismo engañoso de ´mercado´.

Antisistema, porque con la excusa de una crisis, producida por la sed insaciable de los especuladores del ´mercado´, se castiga a la ciudadanía a rebajar sus derechos y la cota de bienestar conseguida tras años de lucha.

Antisistema, porque sabiendo con plena certeza quiénes han causado y producido este estado de crisis no se les castiga ni se les depone de sus puestos, sino que se les exime de responsabilidades y se les premia con suculentas gratificaciones.

Antisistema, porque para cubrir el déficit financiero de tan punible delito, los Gobiernos detraen fondos de sus presupuestos en perjuicio de los gastos sociales.

Antisistema, porque nuestros Gobiernos, tanto estatal como autonómicos, se han sometido sumisamente a los dictados del ´mercado, sin presentar otras alternativas ni soluciones que las que les dictan los especuladores del ´sistema´, cobijados bajos las siglas de FMI o del Banco Mundial. (El Gobierno de Islandia ha marcado la diferencia).

Antisistema, porque mientras que nuestros Gobiernos nos exigen a la ciudadanía nuevas renuncias y pérdidas de bienestar, nuestra clase política se parapeta en su estatus privilegiado.

Antisistema, porque nuestra clase política ha convertido la participación democrática de los ciudadanos en una escueta y casi única intervención eficaz: el acto del voto al que nos llaman, como una verdadera exigencia, cada cuatro años.

Antisistema, porque este voto favorece a los partidos mayoritarios, en perjuicio de otras opciones, provocando un bipartidismo no representativo de la sociedad Antisistema, porque nuestros políticos se aferran a sus privilegios, prebendas y regalías sin los límites lógicos que en otros países son vigentes como el número de legislaturas, profesionalizando la política y desprestigiándola.

Antisistema, porque nuestros gobernantes se aferran a sus puestos a pesar de haber sido corruptos, y tratan de utilizar el voto democrático para blanquear sus corruptelas.

Antisistema, porque nuestra clase política se ha dotado de un estatus de privilegios que la hace distante de la ciudadanía, gran parte de la cual la tiene por una verdadera casta con prerrogativas, fueros y exenciones excesivos e injustos, que ellos mismos se han autoadjudicado: jubilaciones suculentas, dobles sueldos, exenciones tributarias...

Antisistema, porque este ´sistema´ no admite la crítica profunda ni el cuestionamiento de sus razones básicas, cuando en una sociedad moderna y verdaderamente democrática todo debería ser cuestionable, salvo los derechos humanos.

Antisistema, porque la tan proclamada libertad de expresión de nuestra democracia no es real cuando el propio ´sistema´ interpreta que es puesto en cuestión; o en todo caso queda en manos casi exclusivas de los Gobiernos o de los medios de comunicación, que la ejercen a su capricho y/o filtran las opiniones que ellos mismos califican de antisistema, como en el caso del reciente movimiento 15-M.
Por todo ello, y por muchas más razones, yo también soy antisistema