¿HÉROE O VILLANO?

¿HÉROE O VILLANO?

viernes, agosto 25, 2017

MERECE SER LA CAPITAL DE ESTE REINO DE RISA

Barcelona y nosotros que la queremos tanto

El golpe, terrible, nos obliga a construir una ciudad mejor, levantada precisamente sobre los valores que hemos reafirmado estos días: la solidaridad, el respeto por la diversidad, la confianza en los demás
Los barceloneses redescubren el mosaico que Joan Miró donó a La Rambla
Homenaje a las víctimas del atentado en la Rambla de Barcelona EFE
El miedo es un sentimiento humano. Demasiado humano. Y en estos días nos ha asaltado implacable, como un puñetazo feroz en la boca del estómago. El miedo de no entender nada. De ver los rostros despavoridos corriendo sin rumbo por las Ramblas, por unas calles que eran nuestras calles. El miedo de que le hubiera ocurrido algo a un ser querido. El miedo a no poder llorar, a no poder poner palabras a lo que estaba pasando. A quedarnos solos en una ciudad con miedo.
Y sin embargo, el mismo golpe atroz que pretendía paralizarnos nos despertó. Activó en la ciudad una reacción acaso imprevista, que comenzó con algunos gestos pequeños, sencillos, y que la ayudaron a mantenerse en pie. Los de las decenas de mujeres y hombres, policías, bomberos, trabajadoras de los servicios de emergencia, de limpieza, que de manera inmediata ganaron las Ramblas para socorrer a las víctimas. Los de las vecinas y vecinos que se apresuraron a abrir las puertas de sus casas, de sus bares, de sus comercios, para atenderlas. Los de quienes se agolparon frente a los hospitales para donar sangre y hacer sentir a las personas heridas y a sus familias que no estaban solas.
Esos gestos conectaron con la mejor tradición cooperativa y de ayuda mutua que Barcelona ha ido construyendo a lo largo del tiempo. Y permitieron a la ciudad deshacerse del nudo lóbrego que tenía instalado en la garganta para recuperar su voz. Primero, como un rumor suave, expresado a través de los incontables memoriales improvisados en las aceras por gente de diferentes procedencias y edades. Velas, dibujos, flores, peluches, frases garabateadas con tiza sobre las baldosas o sobre la corteza de algún árbol. Más tarde, a través de un grito colectivo. De dolor, de rabia, pero también de una gran dignidad: "No tenim por".
Gritar que no tenemos miedo no supone que la consternación se haya desvanecido de repente, o que podamos prescindir del duelo. Quiere decir que el miedo no prevalecerá. Que el terror no conseguirá imponer sus propósitos. Por una razón sencilla. Porque paradójicamente, quienes han pretendido destruir todos los puentes, han acabado por generar muchos más.
"No tenemos miedo" ha sido el grito de una ciudad que se niega a ver en cada vecino y vecina, en quien acaba de llegar, una amenaza constante, un potencial sospechoso. Ha sido el mensaje de una ciudad que sabe distinguir perfectamente entre la mayoría que profesa una creencia y respeta la vida, y una minoría fanatizada que postula una ideología que ofende los principios éticos elementales de cualquier religión.
"No tenemos miedo" quiere decir que sabemos que el terror no conoce fronteras. Que puede matar en París, Londres, Nueva York o Madrid. Pero que también puede ensañarse con Nairobi, Marrakech, Bagdad o Kabul. Y es por eso, porque sabemos que el terror no conoce fronteras, por lo que no dejaremos de abrir las puertas a quienes huyen de la misma barbarie que nos ha golpeado en estos días. Las familias que llenaban las habitaciones de nuestros hospitales, originarias de países muy diversos, eran nuestras familias. Las que se dejan la vida en el Mediterráneo o en los muros infames con que las recibimos, también lo son. Las calles de Barcelona lo dijeron hace unos meses y lo han vuelto a repetir ahora: nuestra casa común solo tiene razón de ser mientras aspire a ser la casa de todos.  
Por eso decimos que no tenemos miedo. Porque sabemos distinguir entre víctimas y verdugos. Porque nos estremece y nos interpela, por ejemplo, que los jóvenes que perpetraron los atentados, apenas unos chavales, hubieran nacido en nuestras ciudades o crecido en nuestras escuelas. Porque sabemos que, a pesar de los crímenes horribles que cometieron, son sólo un eslabón de una cadena de responsabilidades que no es posible silenciar. La primera, la de los auténticos señores de la guerra. Los que trafican con la muerte. Los que cierran negocios con los fanáticos, amparando el terror que luego condenan con hipocresía.
Por eso, porque sabemos que los hechos de Barcelona, de Cambrils, de Alcanar, o de Ripoll, no se explican solo por la captación sectaria de un grupo de jóvenes, no aceptaremos que nuestro dolor sea utilizado para atizar el odio entre pueblos y creencias. Barcelona es una ciudad mediterránea acostumbrada a movilizarse contra la intolerancia. Lo hizo en tiempos muy duros, contra el nazismo y el fascismo. Volvió a sorprender al mundo cuando llenó las calles, hace pocos años, con un único clamor contra la guerra. Y volverá a hacerlo, las veces que haga falta, para impedir que la islamofobia, el antisemitismo, o cualquier forma de racismo o xenofobia pongan en entredicho un modelo de convivencia y una voluntad de paz a la que no renunciaremos.
Los atentados terroristas que nos han sacudido con tanta dureza ocurrieron un día antes del aniversario del asesinato de Federico García Lorca. Esa trágica coincidencia nos ha permitido recordar los versos en los que el poeta granadino escribía que la Rambla era "la única calle de la tierra que desearía que no se acabara nunca". Muchísimos catalanes, muchísimos barceloneses y barcelonesas, muchísima gente que nos visita cada año, compartimos ese sentimiento. Y así será. A pesar de las heridas abiertas, volveremos a "voltar per les Rambles", como cantaba Quimi Portet.
Sabemos que nada será igual. Que el golpe ha sido terrible y que dejará cicatrices. Pero también sabemos que nos obliga a construir una ciudad mejor. Una ciudad levantada precisamente sobre los valores que hemos reforzado estos días: la solidaridad, el respeto por la diversidad, la confianza en los demás. Ese cambio ha de comenzar en cada barrio, en cada plaza. Porque las calles, el espacio público compartido, son un antídoto poderoso contra las pasiones tristes que el odio pretende imponer. El que nos recuerda que no estamos solos. Y que reafirmarnos como ciudad abierta, de paz, puede ser un proyecto maravilloso, que solo tiene sentido emprender juntos, con alegría y amor por la vida.

LA CHAPUZA ESPAÑOLA.....PERO NO CATALANA

Micky Vainilla - Mauri - Capusotto - Mauricio Macri - PRO

Interpretaciones divergentes en el campo antiimperialista – 2ª parte

El proyecto militar de Estados Unidos para el mundo

Aunque todos los expertos concuerdan en que los acontecimientos en Venezuela siguen el mismo modelo que los de Siria, hay quienes cuestionan el anterior artículo de Thierry Meyssan sobre las interpretaciones divergentes de esos hechos en el campo antiimperialista. Este artículo responde a esas dudas. Pero no se trata aquí de una simple querella entre especialistas sino de un debate de fondo sobre el viraje histórico que estamos viviendo desde el 11 de septiembre de 2001 y que afecta las vidas de todos los que habitamos este planeta.
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Este artículo es la segunda parte de
- «Interpretaciones divergentes en el campo antiimperialista», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 15 de agosto de 2017.
En la primera parte de este artículo subrayé que el presidente sirio Bachar al-Assad es en este momento la única personalidad que ha sabido adaptarse a la nueva «gran estrategia estadounidense», mientras que las demás siguen pensando como si los conflictos que hoy se desarrollan fuesen similares a los que ya vimos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Siguen interpretando los acontecimientos como intentos de Estados Unidos para derrocar gobiernos como medio de acaparar los recursos naturales para sí mismo.
Pienso, y voy a explicarlo aquí, que esa interpretación es errónea y que ese error puede sumir la humanidad en un verdadero infierno.

El pensamiento estratégico estadounidense

Hace 70 años que los estrategas estadounidenses sufren una obsesión que no tiene nada que ver con la defensa de su pueblo. Lo que les obsesiona es mantener la superioridad militar de Estados Unidos sobre el resto del mundo. Durante el decenio transcurrido entre la disolución de la URSS y los atentados del 11 de septiembre de 2001, estuvieron buscando diferentes maneras de intimidar a todo el que se resistía a la dominación estadounidense.
Harlan K. Ullman desarrollaba la idea de aterrorizar a los pueblos asestándoles golpes brutales (Shock and awe o “shock y pavor”) [1]. Se trataba, idealmente, de algo como el uso de la bomba atómica contra los japoneses. Eso se concretó, en la práctica, bombardeando Bagdad con una lluvia de misiles crucero.
Los discípulos del filósofo Leo Strauss soñaban con librar y ganar varias guerras a la vez (Full-spectrum dominance o “dominio en todos los sentidos”). Vimos entonces las guerras contra Afganistán e Irak, que se desarrollaron bajo un mando común [2].
El almirante Arthur K. Cebrowski predicaba que había que reorganizar los ejércitos de Estados Unidos de manera tal que fuese posible procesar y compartir una multitud de datos de forma simultánea. Eso haría posible algún día el uso de robots capaces de indicar instantáneamente las mejores tácticas [3]. Como veremos más adelante, las profundas reformas que el almirante Cebrowski inició no tardaron en producir frutos… venenosos.

El pensamiento neoimperialista estadounidense

Esas ideas y obsesiones primeramente llevaron al presidente George W. Bush y la US Navy a organizar el más extenso sistema internacional de secuestro y tortura, que contó 80 000 víctimas. Posteriormente, llevaron al presidente Obama a poner en marcha todo un aparato para perpetrar asesinatos, principalmente mediante el uso de drones pero también recurriendo a comandos armados. Ese sistema opera en 80 países y dispone de un presupuesto anual de 14 000 millones de dólares [4].
A partir de los hechos del 11 de septiembre de 2001, el asistente del almirante Cebrowski, Thomas P. M. Barnet, impartió en el Pentágono y en las academias militares estadounidenses numerosas conferencias anunciando lo que sería el nuevo mapa del mundo según el Pentágono [5]. Ese proyecto se ha hecho posible debido a las reformas estructurales realizadas en los ejércitos estadounidenses, reformas en las que se percibe una nueva visión del mundo. El proyecto en sí parecía tan descabellado que los observadores extranjeros lo consideraron, apresuradamente, sólo una forma de retórica más entre tantas otras tendientes a sembrar el miedo en los pueblos que Estados Unidos pretende dominar.
Barnett afirmaba que, para mantener su hegemonía mundial, Estados Unidos tendría que dividir el mundo en dos partes. Quedarían de un lado los Estados estables (los miembros del G8 y sus aliados) y del otro lado estaría el resto del mundo, considerado simplemente como un “tanque” de recursos naturales. Barnett se diferenciaba de sus predecesores en un punto fundamental: ya no consideraba que el acceso a esos recursos fuese crucial para Washington sino que afirmaba que los Estados estables sólo tendrían acceso a esos recursos recurriendo a los ejércitos estadounidenses. Para eso habría que destruir sistemáticamente toda la estructura estatal en los países que serían parte de ese “tanque” de recursos, de manera que nadie pudiese oponerse en ellos a la voluntad de Washington, ni tampoco tratar directamente con los Estados estables.
En su discurso de enero de 1980 sobre el Estado de la Unión, el presidente Carter enunció su doctrina: Washington consideraba el acceso al petróleo del Golfo para garantizar el abastecimiento de su propia economía como una cuestión de seguridad nacional [6]. El Pentágono creó entonces el CentCom para controlar esa región. Sin embargo, Washington está sacando actualmente menos petróleo de Irak y de Libia que antes de las guerras contra esos países… ¡pero no le importa!
La destrucción de las estructuras estatales equivale a regresar a los tiempos del caos, concepto ya enunciado por Leo Strauss pero al que Barnett confiere un sentido nuevo. Para el filósofo judío Leo Strauss, después del fracaso de la República de Weimar y la Shoa (el Holocausto), el pueblo judío no puede seguir confiando en las democracias, así que la única vía que le queda para protegerse de un nuevo nazismo es instaurar su propia dictadura mundial –claro, ¡en aras del Bien! Para eso tendrá que destruir algunos Estados que oponen resistencia, hacerlos retroceder a la era del Caos y reconstruirlos según nuevas leyes [7].
Eso corresponde con lo que decía Condoleezza Rice durante los primeros días de la agresión de 2006 contra el Líbano, cuando aún parecía que Israel saldría victorioso:
«No veo el interés de la diplomacia si es para volver al statu quo ante entre Israel y el Líbano. Creo que sería un error. Lo que aquí vemos es, en cierta forma, el comienzo, las contracciones del nacimiento de un nuevo Medio Oriente y, hagamos lo que hagamos, tenemos que estar seguros de que avanzamos hacia el nuevo Medio Oriente y de que no volvemos al antiguo.»
Para Barnett, sin embargo, habría que hacer retroceder a la era del Caos no sólo a los pueblos que oponen resistencia sino a todos los países que no han alcanzado cierto nivel de vida. Y cuando estén sumidos en el Caos… habrá que mantenerlos en él.
La influencia de los seguidores de Leo Strauss ha disminuido en el Pentágono después del fallecimiento de Andrew Marshall, creador del «giro hacia Asia» [8].
Una de las grandes rupturas entre el pensamiento de Barnett y lo que pensaban sus predecesores reside en que Barnet piensa que no hay que desatar guerras contra tal o más cual país por razones políticas sino contra regiones enteras del mundo porque no están integradas al sistema económico global. Por supuesto, siempre habrá que empezar por un país en particular, pero se hará favoreciendo la extensión del conflicto, hasta destruirlo todo… como en el Medio Oriente ampliado (o Gran Medio Oriente). En este momento sigue la guerra, incluso con despliegue de blindados, tanto en Túnez, Libia, Egipto (en el Sinaí), Palestina, Líbano (en Ain el-Helue y Ras Baalbeck), como en Siria, Irak, Arabia Saudita (en la ciudad de Qatif), Bahréin, Yemen, Turquía (en Diyarbakir) y Afganistán.
Es por eso que la estrategia neoimperialista de Barnett tendrá que apoyarse obligatoriamente en ciertos elementos de la retórica de Bernard Lewis y de Samuel Huntington, la «guerra de civilizaciones» [9]. Pero como será imposible justificar que permanezcamos indiferentes ante las desgracias de los pueblos de los países condenados a ser parte del “tanque” de recursos naturales, habrá que convencernos de que nuestras civilizaciones son incompatibles.
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Según este mapa, extraído de un Powerpoint que Thomas P. M. Barnett presentó en 2003 durante una conferencia impartida en el Pentágono, los Estados de todos los países incluidos en la zona rosada deben ser destruidos. Ese proyecto no tiene nada que ver con la lucha de clases en el plano nacional, ni con la explotación de los recursos naturales. Después de destruir el Medio Oriente ampliado, los estrategas estadounidenses se preparan para acabar con los Estados en los países del noroeste de Latinoamérica.

La aplicación del neoimperialismo estadounidense

Esa exactamente es la política que ha venido aplicándose desde el 11 de septiembre de 2001. No se ha terminado ninguna de las guerras desatadas desde entonces. Desde hace 16 años, las condiciones de vida de los afganos son cada día más terribles y peligrosas. La reconstrucción del Estado que alguna vez tuvieron, reconstrucción que supuestamente seguiría el modelo aplicado en Alemania o Japón al término de la Segunda Guerra Mundial, nunca llegó concretarse. La presencia de las tropas de la OTAN no mejoró la vida de los afganos que, por el contrario, se deterioró aún más. Todo indica que esa presencia militar de la OTAN es actualmente la causa del problema. A pesar de todos los discursos que alaban la ayuda internacional, las tropas de la OTAN sólo están en Afganistán para mantener y agravar el caos.
No hay un solo caso de intervención de la OTAN en que los motivos oficiales de la guerra hayan resultado ciertos. No fue cierta la justificación oficial de la guerra contra Afganistán (motivo invocado: una supuesta responsabilidad de los talibanes en los atentados del 11 de septiembre de 2001), como tampoco lo fue en la guerra contra Irak (motivo invocado: un supuesto respaldo del presidente Saddam Hussein a los terroristas del 11 de septiembre y la preparación de armas de destrucción masiva que planeaba utilizar contra Estados Unidos), ni en Libia (supuesto bombardeo del ejército libio contra su propio pueblo), ni en Siria (dictadura del presidente Assad y de la secta de los alauitas). Y en ningún caso el derrocamiento de un gobierno ha puesto fin a la guerra. Todas esas guerras se mantienen hoy en día, sin importar la tendencia o el grado de sumisión de los dirigentes en el poder.
Las «primaveras árabes», si bien son fruto de una idea del MI6 que sigue el modelo de la «revuelta árabe» de 1916 y de las hazañas de Lawrence de Arabia, fueron incorporadas a la misma estrategia de Estados Unidos. Túnez se ha convertido en un país ingobernable. En Egipto, donde el ejército nacional logró recuperar el control de la situación, el país está tratando poco a poco de levantar cabeza. Libia se ha convertido en un campo de batalla, no desde que el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó su resolución llamando a proteger la población libia sino después del asesinato de Muammar el-Kadhafi y la victoria de la OTAN.
Siria es un caso excepcional ya que el Estado nunca pasó a manos de la Hermandad Musulmana y que esta no ha logrado imponer el caos en todo el país. Pero numerosos grupos yihadistas, vinculados precisamente a esa cofradía, lograron controlar –y todavía controlan– partes del territorio nacional, instaurando en ellas el caos. Ni el califato del Emirato Islámico (Daesh), ni Idlib bajo al-Qaeda, constituyen Estados donde el islam pueda florecer. Son sólo zonas de terror sin escuelas ni hospitales.
Es probable que gracias a su pueblo, a su ejército y a sus aliados rusos, libaneses e iraníes, Siria logre escapar al destino que Washington había diseñado para ella. Pero el Medio Oriente ampliado seguirá siendo pasto del fuego hasta que los pueblos entiendan los planes de sus enemigos.
Ahora vemos como el mismo proceso de destrucción se inicia en el noroeste de Latinoamérica. Los medios de difusión occidentales hablan con desdén de los desórdenes en Venezuela, pero la guerra que así comienza no habrá de limitarse a ese país. Se extenderá a toda esa región, a pesar de que son muy diferentes las condiciones económicas y políticas de sus países.

Los límites del neoimperialismo estadounidense

A los estrategas estadounidenses les gusta comparar el poder de Estados Unidos al del Imperio romano. Pero los romanos aportaban seguridad y opulencia a los pueblos que conquistaban y los incorporaban a su imperio. El Imperio romano construía monumentos y racionalizaba las sociedades de esos pueblos. El neoimperialismo estadounidense no tiene intenciones de aportar nada, ni a los pueblos de los Estados estables, ni a los de los países incluidos en el “tanque” de recursos naturales. Lo que tiene previsto es extorsionar a los primeros y destruir los vínculos sociales en los que se sustenta la unión nacional de los segundos. Ni siquiera le interesa exterminar a estos últimos sino hacerlos sufrir para que el caos en el que viven convenza a los Estados estables de que para ir a buscar los recursos que necesitan tienen que contar con la protección de los ejércitos estadounidenses.
El proyecto imperialista consideraba hasta ahora que «no se puede hacer la tortilla sin romper huevos», o sea admitía que tiene que cometer masacres colaterales para extender su dominación. En lo adelante, lo que planifica son masacres generalizadas para imponer definitivamente su autoridad.
El neoimperialismo estadounidense implica que los demás Estados del G8 y sus aliados acepten que la «protección» de sus intereses en el extranjero quede en manos de los ejércitos de Estados Unidos. Ese condicionamiento no constituye un problema para la Unión Europea, ya sometida desde hace mucho a la voluntad del amo estadounidense, pero plantea una dura discusión con el Reino Unido y será imposible que Rusia y China la acepten.
Recordando su «relación especial» con Washington, Londres ya exigió participar como socio en el proyecto estadounidense para gobernar el mundo. Fue ese el sentido del viaje de Theresa May a Estados Unidos, en enero de 2017, pero quedó sin respuesta [10].
Es además inconcebible que los ejércitos de Estados Unidos garanticen la seguridad de las «rutas de la seda», como hoy lo hacen –junto a las fuerzas británicas– con las vías marítimas y aéreas que utiliza Occidente. Es también inimaginable que Rusia acepte ahora ponerse de rodillas, después de su exclusión del G8, debido a su implicacion en Siria y en Crimea.
[1] Shock and awe: achieving rapid dominance, Harlan K. Ullman y otros autores, ACT Center for Advanced Concepts and Technology, 1996.
[2] Full Spectrum Dominance. U.S. Power in Iraq and Beyond, Rahul Mahajan, Seven Stories Press, 2003.
[3] Network Centric Warfare: Developing and Leveraging Information Superiority, David S. Alberts, John J. Garstka y Frederick P. Stein, CCRP, 1999.
[4] Predator empire: drone warfare and full spectrum dominance, Ian G. R. Shaw, University of Minnesota Press, 2016.
[5] The Pentagon’s New Map, Thomas P. M. Barnett, Putnam Publishing Group, 2004.
[6] “State of the Union Address 1980”, por Jimmy Carter, Voltaire Network, 23 de enero de 1980.
[7] Algunos especialistas en el estudio del pensamiento de Leo Strauss lo interpretan de manera completamente diferente. Pero lo importante aquí no es lo que realmente pensaba ese filósofo sino lo que profesan quienes, con razón o sin ella, se dicen seguidores de su pensamiento en el Pentágono. Political Ideas of Leo Strauss, Shadia B. Drury, Palgrave Macmillan, 1988. Leo Strauss and the Politics of American Empire, Anne Norton, Yale University Press, 2005. Leo Strauss and the conservative movement in America: a critical appraisal, Paul Edward Gottfried, Cambridge University Press, 2011. Straussophobia: Defending Leo Strauss and Straussians Against Shadia Drury and Other Accusers, Peter Minowitz, Lexington Books, 2016.
[8] The Last Warrior: Andrew Marshall and the Shaping of Modern American Defense Strategy, Chapter 9, Andrew F. Krepinevich y Barry D. Watts, Basic Books, 2015.
[9] «The Clash of Civilizations?» y «The West Unique, Not Universal», Foreign Affairs, 1993 y 1996; The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Samuel Huntington, Simon & Schuster, 1996.
[10] “Theresa May addresses US Republican leaders”, por Theresa May, Voltaire Network, 27 de enero de 2017.

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