Una esquina del mundo donde analizar lo que pasa,las maldades que nos
hacen y las boludeces que decimos
¿HÉROE O VILLANO?
miércoles, mayo 03, 2017
El jardinero de Goya sabe cosas de 'Los fusilamientos' que aún ignoramos
El sirviente dijo a un cronista del XIX que Goya vio todo desde su ventana. Lo acompañó para ver a los fusilados aún insepultos que el pintor abocetaría bajo la poca luz de la luna.

Los hechos que retrata Goya en ambos lienzos ocurrieron en el transcurso de un día y la madrugada del siguiente, hace ya más de doscientos años. Una guerra que aún enseña sus heridas en las paredes del museo del Prado: Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Píoy El 2 de mayo o la carga de los mamelucos, obras en las que Francisco de Goya comenzó a trabajar entre julio y noviembre de 1814, apenas meses después de finalizada la guerra de independencia contra los franceses. A la manera de un díptico, Goya compuso la elipsis de una jornada a la que siguieron seis años más de muerte y de los que el pintor aragonés extrajo no pocas estampas. Las más icónicas, estas: el alzamiento de los patriotas contra los franceses el día 2 de mayo de 1808 y el fusilamiento de centenares de ellos en la madrugada del tres.
Aunque hay quienes aseguran que hay más lienzos sobre el tema, Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y no cuatro
Aunque hay quienes aseguran que hay más lienzos sobre el tema, Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y no cuatro. Así lo indican los estudios de Manuela Mena, jefa de Conservación de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Museo Nacional del Prado. Otras cartas y documentos lo certifican, por ejemplo las facturas relativas sólo a dos marcos para las telas acordadas y que se incluyen en el catálogo de la exposición Goya en tiempos de guerra. Según los expertos del museo, Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío y El 2 de mayo o la carga de los mamelucos fueron un encargo de la Regencia continuado por el rey Fernando VII. Para ello, Goya planteó dos temas cruciales que se complementan visualmente y tienen un significado conjunto: el ataque del pueblo de Madrid a las tropas de Joachim Murat, lugarteniente de Bonaparte en Madrid, en la mañana del 2 de mayo y la consiguiente represalia del ejército francés. Escogió para este último asunto las ejecuciones de "la noche y la lluviosa madrugada del 3 de mayo a las afueras de Madrid", lo que confería más dramatismo a la escena –según los textos museísticos aportados por el Prado-.
Fue el propio Isidro Trucha, el jardinero del pintor, quien lo contó. Según el sirviente, Goya vio todo desde su ventana, ayudado por un catalejo
Las versiones sobre la forma y el lugar en el que Goya decidió pintarlos son novelescas. No del todo exactas e incluso hasta se contradicen, pero ejercen un raro encanto. Cada una, de hecho, tiene su propia enmienda, pero eso no las hace menos atractivas. Según el relato del cronista del siglo XIX Antonio María de Trueba (1818-1889), Goya fue testigo de todo que pasó. Lo vio desde los ventanales de La Quinta del Sordo, en la ribera del Manzanares. Fue el propio Isidro Trucha, el jardinero del pintor, quien lo contó. Según el sirviente, Goya vio todo desde su ventana, ayudado por un catalejo. Incluso llega a afirmar que, por la noche, él mismo lo acompañó para ver a los fusilados aún insepultos que Goya abocetaría bajo la poca luz de la luna.
El testimonio del jardinero Isidro Trucha ha quedado fue recogido por Antonio María de Trueba quien da buena cuenta de sus palabras en Madrid por fuera. La descripción ha sido recogido en algunos estudios monográficos del lienzo y en éste puede leerse: “Desde esta ventana vio los fusilamientos de la Montaña del Príncipe Pío con el catalejo en la mano derecha y un trabuco naranjero cargado de balas en la izquierda (…) Al acercarse la media noche, me dijo mi amo (…) Me acuerdo de todo como si hubiera pasado ayer. Era noche de luna, pero como el cielo estaba lleno de negros nubarrones, tan presto hacía claro como obscuro. Los pelos se me pusieron de punta cuando vi que mi amo con el trabuco en una mano y la cartera en la otra guiaba hacia los muertos (…)”, así reproduce Antón de los Cantares –como llamaban también al cronista Antonio María de Trueba– las palabras del jardinero, quien salpimentó la escena con más detalles.
"En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca arriba, otros boca abajo, éste en la postura del que estando arrodillado besa la tierra..."
"Sentámonos en un ribazo a cuyo pie estaban los muertos, y mi amo abrió su cartera, la colocó sobre sus rodillas y esperó a que la luna atravesase un nubarrón que la ocultaba. Bajo el ribazo revoloteaba, gruñía y jadeaba algo (…) pero mi amo seguía tan sereno preparando a tientas su lápiz y su cartón. Al fin la luna alumbró como si fuera de día. ¡En medio de charcos de sangre vimos una porción de cadáveres, unos boca arriba, otros boca abajo, éste en la postura del que estando arrodillado besa la tierra, aquél con las manos levantadas al cielo pidiendo venganza o misericordia, y algunos perros hambrientos se cebaban en los muertos, jadeando de ansia y gruñendo a las aves de rapiña que revoloteaban sobre ellos, queriendo disputarles la presa! Mientras yo contemplaba aquel horrible cuadro lleno de espanto, mi amo lo copiaba…”.
Algunos historiadores han atribuido este testimonio de Isidro Trucha a la fértil imaginación de Antonio María de Trueba. El hispanista francés René Andioc le dedica un exhaustivo texto para relativizar ese pasaje
Algunos historiadores han atribuido este testimonio de Isidro Trucha a la fértil imaginación de Antonio María de Trueba. El hispanista francés René Andioc le dedica un exhaustivo texto para relativizar ese pasaje. Se trata Goya: letras y figuras, publicado por la Casa de Velázquez en 2008 y que dedica buena parte de sus disertaciones a El Dos de Mayo y Los Fusilamientos, pero también a Los Caprichos. A las inexactitudes se suman otras. En el siglo XIX, el arquitecto y escritor Charles Yriarte escribió la monografía Goya, sa vie, son œuvre (1867) y en ella afirma que Goya situó la escena de los fusilamientos en la zona de los cuarteles del Príncipe Pío, donde ese día se realizaron algunas de las ejecuciones importantes (se hicieron también en otras zonas de la ciudad, incluidas sus puertas principales). Sin embargo, según los catálogos y descripciones que hace el museo del Prado, esa información es inexacta, ya que los investigadores e historiadores han identificado como posibles escenarios el “desmonte de la Moncloa”, un lugar próximo a la plaza de los Afligidos junto al antiguo convento de San Bernardino, cerca del palacio de Liria. E incluso aseguran que el paisaje podría reproducir la urbanización entre la montaña del Príncipe Pío y el Palacio Real. De una forma u otra, el escenario planteado por el artista no se corresponde, sin embargo, con la zona del Príncipe Pío. Un primer dato que relativiza, todavía más, la leyenda del jardinero.
martes, mayo 02, 2017
SE NOS FUE OTRO GRAN ARGENTINO
El escritor tenía 82 años
Murió Abelardo Castillo
Fue
una de las figuras más relevantes de la literatura argentina del siglo
XX. Incursionó en todos los géneros literarios y se destacó también por
su fuerte compromiso social y político.

Abelardo Castillo.
(Imagen: Télam)
(Imagen: Télam)
Abelardo
Castillo, uno de los escritores más relevantes de la literatura
argentina del siglo XX, que abordó todos los géneros literarios y dejó
la huella de su compromiso social y político en revistas como El
escarabajo de oro, El ornitorrinco y El grillo de papel, murió anoche.
Tenía 82 años y falleció a raíz de una infección postoperatoria en la
Ciudad de Buenos Aires, donde había nacido en 1935.
Maestro de escritores y eximio cuentista (digno sucesor de la dinastía de apellidos Arlt, Borges y Cortázar), pero también autor de novelas como "El que tiene sed" y "Crónica de un iniciado" y de obras de teatro como "Israfel", fue un autor fundamental de la segunda mitad del siglo XX, que consideraba que el escritor es ante todo "un inmoderado por naturaleza, un rebelde".
Castillo nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1935, pero a los 11 años se trasladó con su familia a la ciudad bonaerense de San Pedro, que para él fue su "lugar afectivo" y donde vivió hasta los diecisiete años. En 1952 regresó a Buenos Aires.
Castillo descubrió en San Pedro y muy tempranamente su vocación de escritor, y de hecho obtuvo reconocimientos tempranos, al obtener por ejemplo a los 24 años el primer premio del concurso de la revista "Vea y Lea", cuyos jurados fueron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou.
La crueldad, el desafío, la competencia, la traición, la culpa típicas de la adolescencia son marcas recurrentes en sus cuentos, que comenzó a escribir en 1961 y reunió bajo los títulos "Las otras puertas", "Cuentos crueles", "Las panteras y el templo" y "El espejo que tiembla", entre otros.
En sus historias, los personajes transitan por arrabales, casas, boliches, cuarteles, las calles de la ciudad o de pequeños pueblos de provincia, donde llegan, por lo general, a situaciones límite, y muchas veces parecen concurrir a una cita para dirimir un pleito con su propio destino.
"Siempre me han subyugado los tipos extremos, hablando estrictamente de la literatura. Pienso que a través de un personaje extremo, de una situación límite, uno encuentra una gran libertad para expresar lo que no piensa. Haciendo hablar a un tipo de personaje límite incluso se puede decir hasta lo que no se piensa, aquello que está en contra de las propias ideas", dijo Castillo en una entrevista.
Otro tópico que apareció tanto en su obra de teatro "Israfel" (basada en la biografía de Edgar Allan Poe, uno de sus autores fetiche) como en el cuento "El cruce del Aqueronte", y sobre todo en la novela "El que tiene sed", fue el alcoholismo, una adicción que lo aquejó muchos años de su vida y de la cual logró recuperarse.
"Durante años tomé mucho y en forma bastante consecuente como para saber, desde mí, qué es el alcoholismo como locura o como impulso de muerte. Hace ocho o nueve años que no tomo una gota, pero he tomado en cantidad suficiente como para ahogar una ciudad más o menos del tamaño de San Pedro", confesó en otro reportaje.
La fatalidad de los sucesos que aborda su literatura hace recordar a Borges, otras de sus devociones, de quien toma a veces cierta entonación criolla y distante. En algunos cuentos, largos períodos apenas puntuados por la coma, aluden a la violencia, al vértigo de las imágenes, al vivir en tensión.
Tan decisivas para Castillo como las obras del autor de "Ficciones" resultaron también las producciones de Poe, Marcel Schwob, Fiodor Dostoievski, Malcom Lowry, Roberto Arlt, León Tolstoi, Henry Miller y Jean Paul-Sartre.
Castillo sintió también una gran admiración por Leopoldo Marechal. "Fue uno de los hombres que más quise, de una bondad extraordinaria", llegó a manifestar en una de sus últimas entrevistas.
El escritor además esparció su talento por la dramaturgia, un género que le deparó múltiples reconocimientos: en 1964, a sus 29 años, la obra de teatro "Israfel" recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París. Ese mismo año, por la pieza "El otro Judas" obtuvo el Primer Premio en el Festival de Teatro de Nancy, Francia.
Su sólido compromiso con la realidad y la política, característico de la generación del 60, de la que fue uno de los nombres centrales, lo llevó a crear junto a otros escritores las revistas literarias El grillo de papel (1959-1960) que fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi; El Escarabajo de Oro (1961-1974), considerada por la crítica especializada como la más prestigiosa publicación literaria de la década; y El Ornitorrinco (1977-1986).
Esta última revista, que publicó junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre -quien fue su esposa y lo acompañó hasta sus últimos días- fue considerada una de las publicaciones más importantes de la resistencia cultural contra la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de 1976.
Castillo fue un amante de deportes como el boxeo, el remo, el ping pong, el ajedrez (que practicó casi como un maestro), el tenis; y de la música de los franceses Albert Roussel y Claude Debussy, aunque escuchaba igualmente jazz y rock.
"Como terapia me quedo con el ajedrez: el ajedrez es el juego más hermoso y desalienante que existe. Borra el mundo, es una purificación. La literatura no", dijo en una entrevista.
También fue un atento lector de la filosofía occidental, sobre todo de la obra de autores como Sartre, Schopenhauer y Nietzsche, que lo forjaron en sus convicciones y en el desarrollo de una moral y una ética personal que era legendaria en el circulo literario: hasta sus detractores reconocían en él a un ser humano incorruptible y un intelectual comprometido con el bien común.
Castillo dictó durante los últimos cuarenta años, siempre en el living de su casa, el que tal vez fuera el más importante taller literario de los muchos que se dictan en Buenos Aires. De un oído extraordinario, una generosidad sin límites escondida detrás de una imagen severa, y una cultura de las más vastas que un escritor pueda tener, por su taller han pasado generaciones de cuentistas, y ha sido admirado y querido como un maestro por autores como Juan Forn, Rodrigo Fresán, Gonzalo Garcés, Pablo Ramos y Samanta Schweblin, entre muchísimos otros. Sus máximas sobre el cuento fueron recogidas en un libro de una pedagogía exquisita llamado "Ser escritor".
En el primer volumen de sus "Diarios", obra que publicó en junio de 2014, el escritor narró sesgada y literariamente hechos de su vida ocurridos desde 1954 a 1991, como la temprana decisión de convertirse en escritor.
En esas páginas, Castillo vuelca circunstancias de su vida cotidiana, pero sobre todo pensamientos, comentarios de lecturas literarias y filosóficas, preocupaciones políticas, y las ideas y textos iniciales que luego se convertirían en cuentos, novelas obras de teatro; así como sus encuentros con Borges y Cortázar.
En ese volumen también alude a los hechos que marcaron su vida, aquellos que significaron "un antes y un después": la separación de sus padres; la decisión de regresar a vivir en Buenos Aires desde San Pedro; y la elección de la literatura como parte de su "destino" entre los 22 y 24 años. El segundo volumen de sus diarios aparecerá este año.
A fines de 2016 Castillo publicó "Del mundo que conocimos", una selección personal de sus cuentos que funciona como una suerte de mapa íntimo que abre con el ya clásico "La madre de Ernesto" y contiene textos como "Las otras puertas", "Patrón", "Los ritos" y "Las panteras y el templo".
Entre muchísimos premios, Castillo recibió en 1986 el Premio Municipal de Literatura por "El que tiene sed", en 1993 el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra, y en 1994 el Premio Konex de Platino. En 2007 fue galardonado con el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por "El espejo que tiembla".
Su obra fue traducida a 14 idiomas, entre ellos el inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco.
Maestro de escritores y eximio cuentista (digno sucesor de la dinastía de apellidos Arlt, Borges y Cortázar), pero también autor de novelas como "El que tiene sed" y "Crónica de un iniciado" y de obras de teatro como "Israfel", fue un autor fundamental de la segunda mitad del siglo XX, que consideraba que el escritor es ante todo "un inmoderado por naturaleza, un rebelde".
Castillo nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1935, pero a los 11 años se trasladó con su familia a la ciudad bonaerense de San Pedro, que para él fue su "lugar afectivo" y donde vivió hasta los diecisiete años. En 1952 regresó a Buenos Aires.
Castillo descubrió en San Pedro y muy tempranamente su vocación de escritor, y de hecho obtuvo reconocimientos tempranos, al obtener por ejemplo a los 24 años el primer premio del concurso de la revista "Vea y Lea", cuyos jurados fueron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou.
La crueldad, el desafío, la competencia, la traición, la culpa típicas de la adolescencia son marcas recurrentes en sus cuentos, que comenzó a escribir en 1961 y reunió bajo los títulos "Las otras puertas", "Cuentos crueles", "Las panteras y el templo" y "El espejo que tiembla", entre otros.
En sus historias, los personajes transitan por arrabales, casas, boliches, cuarteles, las calles de la ciudad o de pequeños pueblos de provincia, donde llegan, por lo general, a situaciones límite, y muchas veces parecen concurrir a una cita para dirimir un pleito con su propio destino.
"Siempre me han subyugado los tipos extremos, hablando estrictamente de la literatura. Pienso que a través de un personaje extremo, de una situación límite, uno encuentra una gran libertad para expresar lo que no piensa. Haciendo hablar a un tipo de personaje límite incluso se puede decir hasta lo que no se piensa, aquello que está en contra de las propias ideas", dijo Castillo en una entrevista.
Otro tópico que apareció tanto en su obra de teatro "Israfel" (basada en la biografía de Edgar Allan Poe, uno de sus autores fetiche) como en el cuento "El cruce del Aqueronte", y sobre todo en la novela "El que tiene sed", fue el alcoholismo, una adicción que lo aquejó muchos años de su vida y de la cual logró recuperarse.
"Durante años tomé mucho y en forma bastante consecuente como para saber, desde mí, qué es el alcoholismo como locura o como impulso de muerte. Hace ocho o nueve años que no tomo una gota, pero he tomado en cantidad suficiente como para ahogar una ciudad más o menos del tamaño de San Pedro", confesó en otro reportaje.
La fatalidad de los sucesos que aborda su literatura hace recordar a Borges, otras de sus devociones, de quien toma a veces cierta entonación criolla y distante. En algunos cuentos, largos períodos apenas puntuados por la coma, aluden a la violencia, al vértigo de las imágenes, al vivir en tensión.
Tan decisivas para Castillo como las obras del autor de "Ficciones" resultaron también las producciones de Poe, Marcel Schwob, Fiodor Dostoievski, Malcom Lowry, Roberto Arlt, León Tolstoi, Henry Miller y Jean Paul-Sartre.
Castillo sintió también una gran admiración por Leopoldo Marechal. "Fue uno de los hombres que más quise, de una bondad extraordinaria", llegó a manifestar en una de sus últimas entrevistas.
El escritor además esparció su talento por la dramaturgia, un género que le deparó múltiples reconocimientos: en 1964, a sus 29 años, la obra de teatro "Israfel" recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París. Ese mismo año, por la pieza "El otro Judas" obtuvo el Primer Premio en el Festival de Teatro de Nancy, Francia.
Su sólido compromiso con la realidad y la política, característico de la generación del 60, de la que fue uno de los nombres centrales, lo llevó a crear junto a otros escritores las revistas literarias El grillo de papel (1959-1960) que fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi; El Escarabajo de Oro (1961-1974), considerada por la crítica especializada como la más prestigiosa publicación literaria de la década; y El Ornitorrinco (1977-1986).
Esta última revista, que publicó junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre -quien fue su esposa y lo acompañó hasta sus últimos días- fue considerada una de las publicaciones más importantes de la resistencia cultural contra la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de 1976.
Castillo fue un amante de deportes como el boxeo, el remo, el ping pong, el ajedrez (que practicó casi como un maestro), el tenis; y de la música de los franceses Albert Roussel y Claude Debussy, aunque escuchaba igualmente jazz y rock.
"Como terapia me quedo con el ajedrez: el ajedrez es el juego más hermoso y desalienante que existe. Borra el mundo, es una purificación. La literatura no", dijo en una entrevista.
También fue un atento lector de la filosofía occidental, sobre todo de la obra de autores como Sartre, Schopenhauer y Nietzsche, que lo forjaron en sus convicciones y en el desarrollo de una moral y una ética personal que era legendaria en el circulo literario: hasta sus detractores reconocían en él a un ser humano incorruptible y un intelectual comprometido con el bien común.
Castillo dictó durante los últimos cuarenta años, siempre en el living de su casa, el que tal vez fuera el más importante taller literario de los muchos que se dictan en Buenos Aires. De un oído extraordinario, una generosidad sin límites escondida detrás de una imagen severa, y una cultura de las más vastas que un escritor pueda tener, por su taller han pasado generaciones de cuentistas, y ha sido admirado y querido como un maestro por autores como Juan Forn, Rodrigo Fresán, Gonzalo Garcés, Pablo Ramos y Samanta Schweblin, entre muchísimos otros. Sus máximas sobre el cuento fueron recogidas en un libro de una pedagogía exquisita llamado "Ser escritor".
En el primer volumen de sus "Diarios", obra que publicó en junio de 2014, el escritor narró sesgada y literariamente hechos de su vida ocurridos desde 1954 a 1991, como la temprana decisión de convertirse en escritor.
En esas páginas, Castillo vuelca circunstancias de su vida cotidiana, pero sobre todo pensamientos, comentarios de lecturas literarias y filosóficas, preocupaciones políticas, y las ideas y textos iniciales que luego se convertirían en cuentos, novelas obras de teatro; así como sus encuentros con Borges y Cortázar.
En ese volumen también alude a los hechos que marcaron su vida, aquellos que significaron "un antes y un después": la separación de sus padres; la decisión de regresar a vivir en Buenos Aires desde San Pedro; y la elección de la literatura como parte de su "destino" entre los 22 y 24 años. El segundo volumen de sus diarios aparecerá este año.
A fines de 2016 Castillo publicó "Del mundo que conocimos", una selección personal de sus cuentos que funciona como una suerte de mapa íntimo que abre con el ya clásico "La madre de Ernesto" y contiene textos como "Las otras puertas", "Patrón", "Los ritos" y "Las panteras y el templo".
Entre muchísimos premios, Castillo recibió en 1986 el Premio Municipal de Literatura por "El que tiene sed", en 1993 el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra, y en 1994 el Premio Konex de Platino. En 2007 fue galardonado con el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por "El espejo que tiembla".
Su obra fue traducida a 14 idiomas, entre ellos el inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco.
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