Panorama político argentino
Con Scioli como el candidato
mejor posicionado, Cristina debe decidir si lo apoya o impulsar un
delfín con menos garantía de triunfo pero mayor identidad ideológica.
A
trece meses de entregar el gobierno a su sucesor, en los discursos de
Cristina Fernández comienzan a aparecer algunas señales de despedida. La
presidenta concluirá su segundo mandato con 62 años y no sería
descabellado, en términos etarios, que deseara regresar a los 66. Pero
sea para el bronce o el retorno, debe terminar su gobierno con su fuerza
política disciplinada, lo cual requiere básicamente la definición del
delfín. Por el momento, el mejor posicionado dentro del FPV es Daniel
Scioli, pero buena parte de la coalición kirchnerista sigue sin
digerirlo.
Cuando faltan sólo nueve meses para el cierre de listas para las
primarias que definirán a los candidatos a las generales, el silencio
de Cristina sobre su delfín es interpretado por algunos como un
resguardo de eventuales ataques mediáticos, que lo despedazarían en una
campaña de más de un año. En este sentido, la experiencia de Amado
Boudou es un antecedente: más allá de lo que defina la justicia, los
medios opositores lo condenaron y le coartaron cualquier aspiración de
suceder a la presidenta de la Nación, para lo cual fue elegido como
vice.
No obstante, se puede esconder por un tiempo al jugador capaz de dar
vuelta el partido, pero es absurdo no ponerlo en la cancha para que no
lo muelan a patadas, si se está jugando la final. El gobierno puede
instalar un candidato en menos tiempo que la oposición, pero ese jugador
no podrá seguir mucho más minutos en el banco, mientras se juega el
partido decisivo.
Otros apuntan que, en realidad, el silencio de Cristina sobre el
candidato del FPV está más vinculado a la necesidad presidencial de
conservar el poder hasta el final de su mandato, para garantizar
gobernabilidad e impulsar las últimas transformaciones. Señalan que al
bendecir al sucesor, buena parte del poder presidencial se transfiere
inevitablemente hacia el elegido. Sin embargo, el síndrome del pato
rengo que suele aquejar a los gobiernos en el final de sus mandatos, se
produce más allá de la existencia de un aspirante consagrado. Y puede
perderse más poder aun, si se instala la certeza de que la alternancia
se dará con un presidente de otro color político.
Es cierto que para enfrentar, por ejemplo, a los fondos buitre y avanzar
en la democratización informativa, se requiere todo el poder. Pero la
necesidad de contar con un candidato definido más claramente, aumenta
cada día para el kirchenrismo puro. No pocos militantes de ese sector
sienten hoy cierta orfandad y desconcierto acerca del futuro inmediato.
Un tercer argumento en favor del silencio presidencial señala que la
presidenta prefiere que la media docena de postulantes del FPV avancen
en sus campañas para ver luego los resultados que se expresan
básicamente en las encuestas y decidir en consecuencia. "En la cancha se
ven los pingos", repiten. El silencio presidencial, permite que el
puñado de postulantes que anunciaron que pretenden jugar en las PASO,
continúe con sus respectivas campañas, aunque con disímiles resultados:
Jorge Taina aparece como el mejor considerado por sectores de la
izquierda del FPV, en tanto el postulante oficialista mejor posicionado
en las encuestas –excluyendo a Scioli– sigue siendo Florencio Randazzo,
quién le saca ventaja a otro aspirante apoyado por los sectores puros
del kirchnerismo: el entrerriano Urribarri.
Quienes quieren que la presidenta se expida antes de las primarias
abiertas, simultáneas y obligatorias, advierten que no se puede llegar a
ellas con varios candidatos, sin pagar luego un costo electoral en las
generales. Ocurre que tanto Sergio Massa como Mauricio Macri marcharán a
las PASO sin contrincante interno, por lo cual no dividirán los votos
del PRO, ni los del Frente Renovador. En cambio, la cosecha del FPV,
dividida en varios postulantes, puede parecer magra frente a las otras
fuerzas políticas. Parece un escenario inconveniente para el
oficialismo, si se recuerda que las PASO han sido leídas hasta ahora
como grandes encuestas que prenunciaron claramente al vencedor de la
inmediata general.
Por otra parte, una de las grandes incógnitas es saber qué ocurriría con
algunos de los postulantes que miden menos que Scioli, si Cristina lo
señalara con su dedo de gran electora. Pero esto es ficción, ya que no
puede saberse a ciencia cierta, si no ocurre. Cabe suponer que, una vez
bendecido, el aspirante sumaría intención de voto, pero nadie puede
estimar sería suficiente para desplazar al gobernador bonaerense.
En verdad, la presidenta se encuentra ante un dilema crucial, porque los
sondeos le dicen que Scioli es por el momento el único que puede darle
ciertas garantías de victoria, pese a que no le conceda confianza
política ni ideológica. Muchos le reconocen al gobernador su lealtad al
gobierno nacional, pero no faltan los que explican su alineamiento en la
necesidad de contar con el apoyo financiero del Ejecutivo Nacional.
Sospechan que todo sería distinto si se invirtieran las situaciones:
"Una vez que le prestas el sulky no te lo devuelven más", advierten con
parábola campera. Agregan que la subordinación de Scioli también obedece
a que mide bien en las encuestas dentro del FPV, pero su apoyo popular
mermaría si rompiera con Cristina.
En la semana que termina, la cercanía de algunos dirigentes de La
Cámpora con el gobernador bonaerense en actos oficiales y el
endurecimiento del discurso de Scioli contra la oposición nacional,
llevaron a muchos a suponer que el ex motonauta será finalmente
favorecido por la gran electora. Beneficiado por el silencio
presidencial, Scioli hace su juego. Sabe que el tiempo corre a su favor,
ya que a medida que se acerca la elección, sin adversarios de fuste que
lo enfrenten en las primarias, crecen sus posibilidades de ser el
candidato presidencial del FPV en las generales. Seguramente tiene datos
de que algunos kirchneristas de paladar negro comienzan a rumiar la
posibilidad de tener que tragar un sapo. Otros se resisten y sostienen
que ninguna fuerza política puede llegar a una elección sin candidato
propio. Prefieren sufragar convencidos en las PASO por un aspirante
fiable, aunque no aparezca como ganador, antes que optar por el mal
menor. Después podrán votar en primera vuelta con el corazón, aunque al
final se vean obligados a votar con la cabeza en el balotaje, cuando el
menú les ofrezca un plato amargo: Scioli o Massa, o bien Scioli o Macri.
La presidenta está nuevamente ante una decisión crucial. Esta vez debe
apostar a la victoria de un aliado o priorizar la fidelidad
político-ideológica con uno de los suyos a riesgo de ser derrotada
electoralmente. Es obvio que pesará sobre ella el recuerdo de la
traición de Julio Cobos con la 125, la decisión que ubicó a Amado Boudou
como su compañero de fórmula y los coqueteos de Martín Insaurralde con
el Frente Renovador a poco de haber sido bendecido como primer candidato
a diputado oficialista por la provincia de Buenos Aires. Pero la otra
opción la confronta con los rigores del llano tras una derrota
electoral. Con todo, los más fervientes cristinistas esperan una tercera
posibilidad: que la presidenta saque una vez más un conejo de la
galera. -