BBC Mundo.
Una esquina del mundo donde analizar lo que pasa,las maldades que nos
hacen y las boludeces que decimos
BBC Mundo.
Los precios de alquiler en las villas miseria pueden ser comparativamente altos.
Lotes y predios invadidos, gente instalada en carpas precarias, intentos de desalojo, incluso violencia: en Argentina, en las últimas semanas se han multiplicado las ocupaciones ilegales de grandes espacios vacantes, sobre todo en la sobrepoblada ciudad de Buenos Aires y sus alrededores.
La sucesión de tomas se inició con la del parque Indoamericano, en el barrio porteño de Villa Soldati, donde a comienzos de diciembre murieron tres presuntos ocupantes ilegales después de batallas entre vecinos y de una controvertida intervención policial para lograr el desalojo.
En los últimos días hubo otras treinta tomas en distintos puntos del país: desde la catedral de Córdoba a la sede del club deportivo Albariño, en el sur de la capital, que aún continúa ocupado.
Detrás de estas acciones, hay un reclamo generalizado por un bien escaso: la tierra. Y la demanda ha sacado a relucir un negocio informal que se desarrolla en los barrios marginales, aquí llamados "villas miseria": la especulación inmobiliaria.
"Habiendo gente que necesita y no tiene donde ir, hay vecinos que tienen o compran un terreno, o viene alguien de afuera que tiene plata… agarran y hacen una construcción de tres o cuatro pisos y alquilan a precios carísimos", dice a BBC Mundo Nilda Bovadilla, que vive en la villa 31, en pleno centro de Buenos Aires.
Cientos de miles de personas viven en las villas miseria. Muchos de ellos son inmigrantes de países vecinos.
Nilda, hoy desempleada y delegada vecinal, llegó de Paraguay hace 27 años y señala que la crisis habitacional dentro de las villas se ha agravado en los últimos dos años.
En sentido estricto, no se trata de que el territorio escasee: Argentina es el octavo país del mundo por su extensión, pero el número 33 por su población, lo que le otorga una tasa de densidad muy baja. El problema del hacinamiento responde a que el 35% de la población del país, de 40 millones de personas, vive en sólo 1% del territorio, el que conforma la capital y el cinturón urbanizado circundante.
Los 23 asentamientos y villas registrados en la ciudad albergan a más de 230.000 personas. De ellas, 70% son extranjeros de países limítrofes.
La falta de espacio ha disparado allí los precios. Por arrendar un cuarto, con baño y cocina compartidos, se paga hasta $1.200 (US$300), según detallan vecinos a BBC Mundo.
Todo depende de la ubicación, ya que el mercado inmobiliario "villero" se mueve por la misma lógica que el de los barrios acomodados. En la 31 de Retiro, detrás de una carísima zona de oficinas, valen más.
En la villa 1-11-14 de Bajo Flores, en cambio, se consigue por unos $400 (US$100) una habitación, en la que los dueños sólo reciben a mujeres solas o parejas. Por los niños, se paga extra.
Allí vive Norma, quien se niega a dar su apellido por miedo a represalias. Tiene tres hijos y se instaló en la zona hace 15 años, después de haberse empleado como doméstica a tiempo completo en un barrio elegante.
"Los precios se fueron a las nubes. Yo pagaba 300 pesos, ahora me piden 700 y encima la situación está cada vez más peligrosa", dice esta mujer, paraguaya de 36 años.
Las estadísticas le dan la razón: señalan un incremento de entre 98% y 150% (según distintas fuentes) desde 2007, muy por encima de la inflación del país y de los aumentos de los arriendos en los barrios formales. Incluso en "la 11-14", como se llama a la barriada más grande y más violenta, considerada centro de operaciones de redes de narcotráfico.
"El negocio inmobiliario es de los narcos, ellos son los que pueden comprar y construir así para arriba. Nosotros hemos visto que si ellos quieren un terreno, vienen con ‘patotas’ hasta que el dueño no tiene otra que vender", relata Norma, quien –como otros aquí- no duda de que el segundo negocio principal en las villas, después de las drogas, es el subalquiler de viviendas.
Pero no siempre el cuadro es igual. También los mismos vecinos llevan adelante operaciones inmobiliarias redituables.
"Uno vive acá porque no puede comprar afuera, no tiene garantía ni le dan préstamos. Entonces compramos acá, por ejemplo si el vecino vende un costado de su lote. Los que llegaron primero o les ha ido mejor pueden acumular terrenos y, en lugar de vender, prefieren construir y alquilar", detalla la peruana Aida Tamto, de la villa 31-bis.
A estos centenares de miles de pobres, la búsqueda de una casa habitable los inserta en un círculo vicioso.
Uno vive acá porque no puede comprar afuera, no tiene garantía ni le dan préstamos
Aida Tamto
Funciona así: las familias de las villas no pueden dar una dirección "estándar" en sus trámites (el trazado interno de estos barrios no tiene calles y números como tal, por caso) o bien el dato de vivir en la villa los hace objeto de discriminación; eso los deja fuera del empleo formal, lo que a su vez les dificulta el acceso a una vivienda en zonas urbanizadas.
Allí encuentra su razón de ser la especulación sobre las propiedades de las barriadas, incluso cuando los precios allí no son precisamente módicos: lo que vale un cuarto en la villa de Retiro, permitiría alquilar –de contar con los respaldos necesarios- un ambiente en otros puntos de la ciudad.
Por eso, hay quienes relacionan las tomas de predios con el negocio inmobiliario mismo. El representante de la asociación civil Los Principitos, Juan Domingo Romero, denunció que quienes ocuparon un terreno ferroviario hace unos días "están vendiendo lotes en 10.000 pesos (US$2.500)", según publicó el diario La Nación.
Sin embargo, no todos creen que este negocio inmobiliario deba ser considerado un problema.
"No podemos pedirle a la gente que vive en una villa que no alquile o no venda, hace lo que el mercado exige con la misma dinámica que en cualquier barrio. Y lo puede hacer porque hay un Estado que no ejerce ningún tipo de control", señaló a BBC Mundo Fernando Ojeda, de la organización Red Hábitat.
Leak es filtrar y orinar
Suena igual com el vegetal puerro
Julian Assange debiera escribir un nuevo libro de cocina, ciertamente un éxito de ventas.
Take a Leak (Leek)(1) ofrecería no solo recetas acerca de qué hacer con esa verdura política raramente usada, sino qué hacer cuando se preparara el menú diplomático.
Por ejemplo, los invitados del presidente Obama a cenar (”amigos y aliados”) podrían echar una meada (tomar un puerro) -especialmente después de la cena, cuando hayan bebido las prohibidas bebidas espirituosas y se sientan vulnerables.
La realeza saudí y otros gobernantes que “avanzan lentamente hacia la democracia” en esa zona vagamente medio oriental, no comerán cerdo congresional(2), sino que cualquier otra cosa que los camareros les sirvan en sus platos -y en sus copas-inevitablemente provocarán felicitaciones, independientemente de cómo sepan.
Estos amigos y aliados nunca nos dirán la verdad (¿serán honestos con sus propias y múltiples esposas?) y a nosotros no nos importa; ellos nos venden petróleo y se aseguran de que los residentes de sus reinos, los cuales nos detestan, no tengan una oportunidad de discutirles el poder político. Por cierto, esos francos residentes de los reinos aceitosos (3) –la mayoría- poseen distintos niveles de negatividad hacia el mundo occidental: desde el odio violento hasta un asesino desagrado.
Los reales y aún “electos” invitados a cenar (los egipcios, por ejemplo) temen a Irán porque ese país tiene un gobierno de base religiosa, el cual en realidad es elegido, y porque los iraníes son principalmente chiíes; las monarquías petroleras del Golfo son suníes.
Al igual que Israel, un país que supuestamente ellos odian debido a lo que han hecho a sus hermanos palestinos, la realeza del Golfo también teme a un Irán con armas nucleares. Solo uno de esos Niño Pequeño u Hombre Gordo (nombres que cariñosamente dieron a las primeras bombas usadas en Hiroshima y Nagasaki) pudiera cambiar la dinámica de poder en la región. Los profundamente deshonestos magnates -nuestros buenos amigos-no se preocupan por las 200 bombas nucleares de Israel, ya que tienen un acuerdo tácito de no hacer nada grave que disguste al estadio judío que ellos aseguran que desprecian.
Como temen a su propio pueblo, Irán se convierte en una mayor preocupación porque esos traviesos ayatolas en Teherán pudieran agitar a los pueblos y hacer que tengan mayor confianza en su potencial, mientras el gobierno iraní envía armas, como ha hecho para Hezbolá en Líbano y Hamas en Gaza.
No importa que nuestros “amigos” árabes califiquen de “subversivos” a los miembros opositores de la Hermandad Musulmana o a agentes de Al Qaeda o al Partido de la Cena Tardía (la vieja y sencilla Democracia). Algunos de esos fanáticos en Arabia Saudí son pagados por los invitados a cenar en la Casa Blanca o sus parientes cercanos para no crear problemas dentro del reino: pequeñas cosas como financiar sus madrasas (escuelas religiosas) y mezquitas y financiar sus necesidades de compra de armas en Irak y Afganistán.
Así que sírvanles puerro (filtraciones) en la cena.
Un puerro (filtración) añejado (antigua) -como un bistec, es mejor así-demostraría la manera en que Washington ayudó al líder iraní (el Sha en los viejos tiempos) a iniciar un programa nuclear. ¿Dejaría esa filtración (puerro) un sabor amargo o pondría nerviosos a los masticadores de que Washington quisiera que Irán desempeñara un importante papel en la región?
A mediado de la década de 1970, el Sha dijo que reivindicaba el derecho a un ciclo completo de combustible nuclear, incluso el reprocesamiento del combustible utilizado”. (El Archivo de Seguridad Nacional, “El Programa Nuclear Iraní, 1974-1978″ editado por William Burr, http://www.gwu.edu/~nsarchiv/nukevault/ebb268/index.htm)
Ford y Carter acordaron ayudar a Irán, pero no con la producción de armas nucleares, a pesar del intento del secretario de Estado Henry Kissinger por hacer de Irán un sustituto de la defensa sureña de EE.UU.
Durante las negociaciones nucleares de 1974-1976 Kissinger planteó su opinión: “Ese era un país aliado, y esta era una transacción comercial. No tratamos de la cuestión de que un día ellos pudieran avanzar hacia las armas nucleares… No creo que el tema de la proliferación haya surgido”. (9 de marzo de 2005, Washington Post.) Para Kissinger, la transferencia de tecnología nuclear a Irán era fundamentalmente una “proposición comercial”. (Burr)
Kissinger no creía que Irán podría desarrollar armas nucleares en el futuro cercano -aunque sí tuvo que considerar la posibilidad. Diez años más tarde, altos funcionarios de Reagan suministraron misiles de alta tecnología al Ayatola. Es información vieja (escándalo Irán-Contras), pero ¿quién lo recuerda?
¿Qué harían a la diplomacia de EE.UU. tales filtraciones (puerros) de cena que curan la amnesia?
Quizás los invitados pudieran hacer preguntas acerca de la naturaleza de la amistad de EE.UU. -de la conexión pegajosa- en contraposición con los actuales intereses estratégicos.
Otra filtración (puerro) -quizás para postre-sería la reimpresión del presidente Woodrow Wilson que esbozaba la diplomacia de la verdad. Esta noción provocaría dispepsia no solo entre los invitados extranjeros a cenar, sino también entre los peces gordos de la seguridad nacional en Washington.
El 8 de enero de 1918, Wilson escribió: “El programa de la paz mundial… es nuestro programa”. (http://www.historyplace.com/speeches/wilson-points.htm)
El primero entre sus famosos catorce pre-requisitos para la paz era: “Debe llegarse a acuerdos abiertos de paz, después de los cuales seguramente no habrá una acción o decisión privada internacional de ningún tipo, sino que la diplomacia se hará siempre de manera franca y a la vista de todos”.
Wilson nunca llevó a la acción sus palabras por una buena razón. Los únicos beneficiarios de tal política serían la abrumadora mayoría del pueblo norteamericano y el resto del mundo. Así que los europeos, los japoneses y los norteamericanos participaron en la 2da. Guerra Mundial, y así sucesivamente.
Bueno, una cena de puerros (filtraciones) sería divertida y luego pudiera requerir una dosis de bicarbonato para casi todos los invitados.
(1)Un libro de cocina que el fallecido Paul Jacobs planeaba escribir. El título es un triple juego de palabras que el autor usa como referencia al nombre del sitio Web (WikiLeaks o WikiFiltraciones), con la palabra “leek” (puerro), que se pronuncia igual, y la frase Take a Leak (Echar una Meada, que suena igual que Tome un Puerro).
(2)En la jerga de la política, se le llama “pork” (cerdo) a la fuente de dinero gubernamental con el que se financian los proyectos concebidos para ganar votos y no necesariamente para el beneficio público.
(3) En inglés se utiliza la misma palabra (”oil”) para designar al aceite y al petróleo.
Saul Landau es miembro del Instituto de Estudios de Política. Su nuevo filme es Por favor, que se ponga de pie el verdadero terrorista.

.... Estados Unidos apalea a América Latina
Joaquín Rivery Tur
Pablo Garibian, corresponsal jefe de la agencia Reuters para América Latina, está convencido de que la política de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos está constituyendo un dolor de cabeza para los países del sur del río Bravo.
Es mucho más que eso. No se trata de la política de la institución rectora de la política monetaria norteamericana. Estamos ante la política del Gobierno de Estados Unidos, pretendiendo aliviar el oleaje de la crisis económica sobre su país afectando a las economías del mundo.
Sin contar con que la decisión de gastar 600 mil millones de dólares en bonos del Tesoro constituye una inyección de liquidez sin que se justifique con más producción, de esta manera, Washington abarata artificialmente su moneda y encarece las divisas de los demás.
Como casi todos los productos del mercado internacional se cotizan en dólares, la trampa está en que los artículos “Made in USA” se vuelven más asequibles artificialmente, pues no pueden realmente competir con los europeos, asiáticos y latinoamericanos.
En estos momentos, prácticamente todos los países de Latinoamérica están sufriendo una reevaluación de sus monedas; es decir, sus productos de exportación se encarecen cuando, por obra y gracia de la Fed, todo lo norteamericano resulta más barato en el intercambio comercial.
Se puede ver el peso argentino, el real brasileño, el peso colombiano, el mexicano, el inti peruano y otras divisas.
Como con menos monedas latinoamericanas se pueden comprar más dólares, las mercancías norteamericanas se abaratan, mientras sucede lo contrario con los productos del sur del río Bravo (y del resto del mundo).
Los dueños de empresas exportadoras colombianas, por ejemplo, están clamando a su Gobierno por medidas que detengan al alza del peso, mientras esperan desesperadamente a que el Congreso estadounidense apruebe un tratado de libre comercio firmado hace ya varios años, pero que los legisladores no se deciden a ratificar por la competencia de los productos de Colombia y la posible mudanza de industrias desde el norte al país andino.
De esa misma forma, el trigo norteamericano le hace la guerra al cereal argentino en el mercado internacional, las naranjas floridanas salen beneficiadas en su carrera con las brasileñas.
Lo único que salva a las economías latinoamericanas en estos momentos es el relativo alto valor de los productos básicos, de los que son grandes vendedores, y el hecho de que al haberse alejado muchos países de las recetas neoliberales, la crisis global los ha afectado mucho menos por el aumento de la demanda de dos gigantes asiáticos: China y la India.
La otra cara de la moneda es que, con la inyección de 600 mil millones de dólares a la mayor economía mundial, los inversionistas especulativos huyen de un dólar depreciado que retribuye bajos intereses y tratan de refugiarse en naciones que pagan tasas bastante mayores y, por tanto, jugosas, lo que inciden en la revalorización de las monedas latinoamericanas en perjuicio de sus países.
Es un tema de oferta y demanda: cuanta mayor cantidad de dólares entra al mercado de bonos del Tesoro de Estados Unidos, menores son los rendimientos. Eso lleva a los especuladores a buscar plazas más redituables como Latinoamérica, donde se aumentaron las tasas de interés con el fin de atraer capital y ahora el exceso de dólares fortalece las monedas y sube costos de producción.
Muchos gobiernos latinoamericanos luchan con ese fortalecimiento del tipo de cambio de sus monedas ahorrando reservas, comprando moneda local como Argentina, subiendo impuestos a inversores foráneos como Brasil o dosificando los dólares que ingresan del exterior como Colombia.
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Por Alejandro Horowitz
Periodista, escritor y docente universitario.
La recuperación de la política no es, no puede ser, otra cosa que repensar los objetivos estratégicos. Con un añadido: estrategia hay siempre, se trata de saber si esta es la propia.
“El desprecio por la teoría. Eso es lo que fracasó.”
John William Cooke, “Universidad y País”. Conferencia dictada en Córdoba el 4 de diciembre de 1964, con motivo del fracaso del retorno al país del general Perón.
Qué lugar tiene la reflexión estratégica en la política nacional? ¿Tiene el mismo lugar en la oposición que en el gobierno? ¿Todos improvisan todo el tiempo? Arranquemos: las crisis no facilitan la reflexión, salvo para los que fueron capaces de preverlas. La crisis de 2001 (perfectamente evitable, bastaba salir de la convertibilidad a más tardar en el '99) le reventó en la cara a una cultura política que hizo de la improvisación diaria el valor supremo.
Es útil recordar a Carlos Vladimiro Corach, el ministro que más tiempo acompañó a Carlos Menem, enfrentando a una veintena de movileros, a las 7 de la mañana, en la puerta de su casa, para entender la improvisación como artefacto complejo. No sólo replicaba todo, sino que instalaba con ese sencillo método la agenda política del día. Conviene no equivocarse, Corach sobraba porque nadie calaba más hondo, porque la batalla ideológica había sido planetariamente ganada por el neoliberalismo. Entonces, la estrategia la fijaban los organismos financieros internacionales, el Consenso de Washington, y a Corach le quedaban las justificaciones de circunstancia. Esa era la división mundial del trabajo: estrategia en manos del poder global, táctica para los poderes subalternos.
El Muro de Berlín había caído, y Menem instauró el nuevo orden sin mayores matices en la sociedad argentina. Pocas veces el FMI y el Banco Mundial tuvieron un alumno más aplicado, y menos veces aun una sociedad acompañó tan catastrófico programa con mayor alegría. Era la época en que el menemismo todavía argumentaba, y sus sencillos apotegmas a lo Narosky ("agrandar el país es achicar el estado") sonaban a música celestial. Esa era toda la teoría.
El antiperonismo se volvió una práctica casi imposible, hasta Mariano Grondona explicaba entonces los pecados del liberalismo argentino. Decía en su programa de TV: El liberalismo estaba preocupado por la flotación sucia del dólar en 1976, sin percibir que en el Río de la Plata flotaban cadáveres. Por cierto, estoy citando de memoria, pero esa era la idea. La “autocrítica” –de algún modo hay que llamarla– era posible, porque los ejecutores materiales de la nueva política económica –que continuaba punto por punto a Martínez de Hoz, y al ingeniero Celestino Rodrigo– asombraron a los viejos gorilas. El cuarto peronismo había asumido la nueva orientación del bloque de clases dominantes como propia.
Adjudicarle alguna clase de orientación estratégica propia al gobierno de Fernando de la Rúa parece excesivo. Para salir de la Convertibilidad, convocó a Domingo Cavallo. La “madre de la criatura” –el padre era Menem– se haría cargo de ponerle fin. Y la operación tuvo tantas idas y venidas, el propio Cavallo actuó con tantos remilgos para garantizar el negocio de los bancos, que terminó explotándole en la cara. Entonces, esa estrategia global resultaba inaplicable y dibujó en los hechos otra cosa. Ni táctica, ni estrategia, la solución argentina, Eduardo Duhalde.
Una sociedad donde la compacta mayoría ha sido brutalmente dañada, no tiene ningún otro camino político que intentar recuperarla o, y la disyunción no es exactamente retórica, masacrarla. Entre estos dos topes osciló, y todavía oscila, la política nacional. La denominada política de seguridad cero, los enemigos estratégicos del garantismo jurídico, los integrantes naturales del partido del orden propician, lo digan o lo callen, el partido de la masacre. Con un especioso argumento: “la sociedad debe defenderse”; no sólo no se proponen revertir nada, sino hacerle saber al primero que proteste, y corte una ruta o una calle, que recibirá una pedagogía brutal.
Ese fue el comportamiento del 2001, esa es la lógica del discurso racista y xenófobo de Mauricio Macri, y en esa línea deben interpretarse las declaraciones de la doctora Elisa Carrió. La diputada no sólo sostuvo que era un “despropósito” que la Policía Federal enfrente desarmada las protestas –después de los sucesos de Villa Soldati, y el asesinato de Mariano Ferreyra–, además explicó: “Van a generar que los efectivos no hagan nada, y la gente avance sobre ellos.” Sólo la amenaza de muerte sostenida en el asesinato continuo garantiza –según Carrió– el contrato social. Y cada vez que la dinámica de la protesta amenace desbordar, en la realidad o la ficción, las fuerzas represivas actuarán. Es decir, volverán a matar pobres.
Y esa táctica miserable es el resultado de la más completa ausencia de estrategia colectiva.
Volvamos al inicio. El gobierno nacional desde el 2003 puso el eje en evitar la represión de la protesta social. Tan lejos llevó las cosas que frente al lock out patronal, que amenazó el abasto de los grandes centros urbanos, guardó una peligrosa pasividad. Para asegurarse del cumplimiento de sus instrucciones no represivas, la fuerza de control fue la Gendarmería. El ministro del Interior ya sabía que la Policía Federal no era un instrumento fiable. Depurar la Federal era, es, una necesidad sistémica; después de todo, se trata de la institución que mejor librada salió –por el momento– de la restructuración impuesta a las FF AA y la Bonaerense. Democratizar la Federal no equivale a dejar fuera de servicio a una camada de oficiales superiores. Un cambio de orden requiere algo más que un cambio de jefes. Dicho de un tirón: el control de la institución no puede evitar una inquisitiva mirada de la sociedad civil y de sus propios subalternos. Es decir, otra política de seguridad, como parte de otra política nacional.
Retomemos el hilo. La recuperación de la política no es, no puede ser, otra cosa que repensar los objetivos estratégicos. Con un añadido: estrategia hay siempre, se trata de saber si esta es la propia. Desde el momento en que el gobierno debió enfrentar la estrategia anterior, y efectivamente lo hizo, puede pensar que el enfrentamiento per se contiene una respuesta propia. Ese es el punto. Ganar las elecciones es la condición de posibilidad de una estrategia propia, pero no sustituye su existencia. Y por el momento, a lo sumo, podemos hablar de una en construcción.
El arco de partidos opositores firmó un pacto de no agresión entre sus miembros. El Peronismo Federal, el PRO, y todas las vertientes del radicalismo, lo integran. Ese pacto contiene una renuncia explícita: cambiar el viejo modelo. La estrategia propia es una mala palabra, y todos sus integrantes renuncian y denuncian a quien intente tan ambicioso proyecto. Por eso, entre los instrumentos requeridos para la victoria de 2011 está la enunciación de un nuevo proyecto sudamericano como soporte que articula la estrategia política nacional. Sin ese eje estratégico –donde la relación con los migrantes de los países limítrofes no es un asunto menor– la victoria electoral no aportará tanto. El oficialismo demostró que puede gobernar siendo minoría en el Congreso, incluir en el orden del día un programa estratégico cambiará la calidad del debate. Y de eso se trata.
Miles de jóvenes celebran la Nochevieja Universitaria en Salamanca una semana antes(EFE)
El Reino Unido arde bajo la presión callejera de unos estudiantes enfadados por el incremento de las tasas universitarias. En Francia, los jóvenes pelean por las pensiones cuando no han empezado a trabajar aún, en Italia quieren expulsar a Berlusconi del Gobierno y en Grecia combaten el no futuro con la violencia. Más allá de los calificativos que queramos aplicar a tales movilizaciones, lo primero que deberíamos hacer es detenernos a constatar que existen, que la juventud europea está en la calle, peleando por cosas en las que cree, mientras que en España la participación de los jóvenes brilla por su ausencia.
La imagen que mejor sintetiza la diferencia entre un entorno y otro, señala Fermín Bouza, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, la encontramos en el tiempo en que los estudiantes franceses se manifestaban para obligar a Sarkozy a retirar su Contrato de Primer Empleo mientras que los españoles montaban trifulcas callejeras porque no les dejaban hacer botellón. Una diferencia que podríamos explicar, asegura Bouza, por un problema de cultura cívica. “Hay países con mayor tradición de defensa de los derechos, como es el caso de Francia, y eso que hace que las movilizaciones estudiantiles sean más efectivas y tengan un impacto más importante en la sociedad”. Para Bouza, los jóvenes no hacen otra cosa que reflejar el grado de cultura cívica de un país y el de España es ciertamente bajo, en tanto “ya que aquí da apenas se valora la participación, la defensa de los derechos o la conciencia del bien común”.
Para José Manuel Sánchez Duarte, profesor de periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, los jóvenes se mueven en una suerte de fatalismo que oscila entre la idea de fondo de que nada va cambiar y la sensación de que toda acción colectiva es una pérdida de tiempo. “Olvídate de ese joven que luchaba por su futuro, que quería mejorar las condiciones de vida en que vivieron sus padres. La gente es cada vez más crítica, pero no con el poder, sino con la movilización. Vivimos en una sociedad muy pasiva, en la que los jóvenes argumentan que no tienen tiempo para actividades reivindicativas”.
Esta actitud, afirma Cristina Manzano, subdirectora general del think tank FRIDE y directora de la revista digital FP (edición española), llama mucho la atención porque va contra el espíritu intrínseco de la juventud. “En las manifestaciones estudiantiles europeas pueden aparecer elementos irracionales, como ocurre en Grecia, pero es evidente que a través de ellas se está canalizando el descontento de una juventud que cree que tiene peores perspectivas que las que tuvieron sus padres. En España, los jóvenes, que son uno de los colectivos más afectados por el paro, ni siquiera hicieron bandera en la huelga general”.
Podría entenderse que esa desactivación es producto de un desplazamiento según el cual la juventud sería hoy mucho más individualista y pragmática, mucho más centrada en los asuntos privados que en los comunes. Sin embargo, eso nos llevaría a contar con una juventud muy activa a la hora de construir trayectorias individuales, de ascender rápidamente en sus profesiones o de tener mucha presencia emprendedora. Y tampoco es el caso, toda vez que ese desánimo que aparece en lo colectivo también se manifiesta en lo individual. “Una buena parte de la juventud española está muy dormida. Seguimos siendo uno de los países europeos con menor movilidad. Y a pesar de los Erasmus, salimos muy poco a estudiar fuera”, afirma Manzano, para quien esa actitud entre la resignación y la comodidad tiene algo que ver con el entorno familiar, que acoge a los chicos hasta muy tarde. “Mientras que un inglés con 15 años está pensando en irse de casa, aquí contamos con un amplio paraguas familiar que hace más llevaderas situaciones conflictivas. Hay condiciones laborales muy duras para los jóvenes, pero como tienen una parte de su vida cubierta por la familia, no sienten la necesidad de reaccionar contra ellas”.
Coincide Pablo Moreno, profesor de Economía y Empresa de la Universidad San Pablo CEU, para quien esta anestesia juvenil está en gran parte causada “por unos padres que han dado todo a sus hijos y que han querido que no les falte de nada. Pero al no educarles en el espíritu de sacrificio y al ser excesivamente proteccionistas, han provocado que se muestren pasivos y dependientes de sus familias y que no sientan la inquietud de luchar por unos ideales”.
La lucha por el ocio
También ha de señalarse que esa falta de reacción frente a las situaciones que les incomodan no ha tenido lugar cuando ha afectado a asuntos de ocio. Parece que la indignación que surge cuando se prohíbe el botellón o cuando se cierran pronto los locales de copas sí cristaliza en manifestaciones, pero no lo hace cuando se les restringen sus posibilidades de futuro, lo que no deja ser paradójico. Para Bouza, “la juventud aprende de su contexto inmediato y se aplica las enseñanzas que recibe. España es una sociedad cortoplacista, y ellos, también. Si quieren beber y se lo prohíben, aplican esa lógica hedonista que ven en sus mayores, enfadándose porque creen que tienen todo el derecho a ello. Es un síntoma más de la falta de educación cívica”.
Sin embargo, que esa mezcla de individualización, de impotencia y de reivindicación altiva del ocio constituya la tendencia imperante no implica ni que el colectivo juvenil sea uniforme, ostentando todos las mismas características, ni que podamos olvidar que en muchas ocasiones la juventud no es más que un espejo en el que se proyecta la sociedad en la que viven. En este sentido, bien puede decirse que los jóvenes no se han movilizado, pero los adultos tampoco; que quizá sean cada vez más individualistas, pero tanto como el mundo en el que se desenvuelven; y que esa sensación de que la participación en los asuntos comunes no sirve para nada no es exclusiva suya, toda vez que está muy arraigada en el conjunto social.
Pero, en segunda instancia, señala Duarte, tampoco debemos hacer abstracción de hasta qué punto los jóvenes son producto de la imagen que sobre ellos se proyecta. “Te machacan continuamente con la generación ni-ni, con que no sirves para nada, con que no te mueves y te lo acabas creyendo. Te haces una imagen de ti mismo en función de lo que los demás piensan de ti, de modo que si todos creen que eres un inútil, te lo acabarás creyendo. Y algo así está pasando con los jóvenes, a lo que se culpabiliza continuamente sin tener en cuenta que tampoco estamos ofreciéndoles herramientas críticas o potenciando sus capacidades para que actúen de otra manera”.
Además, afirma Duarte, hemos de tener en cuenta que los tiempos van en sentido contrario a quienes se muestran reivindicativos, y que muchos jóvenes que han tomado partido no han encontrado nada de lo que esperaban. “A lo mejor en otras épocas cuando miraban debajo de los adoquines encontraban la playa, pero muchos jóvenes hoy, cuando han levantado las piedras, no han visto más que ratas”. Aunque esa decepción, asegura Duarte, no debe servir para justificar la falta de combatividad a la hora de luchar por un futuro mejor, para ellos y para la sociedad en la que viven.

Es mi pintor preferido y quiero despegar un poco del mundo y desearles a todos,un FELIZ AÑO 2011
El texto de Juan Forn es inigualable.
Buen finde helado por el hemisferio ártico y calurosos dias de playa en los sures del sur.
Por Juan Forn
Picasso no permitía que nadie en su presencia se considerase más moderno que él, salvo El Aduanero Rousseau, que un día le dijo: “Somos los dos más grandes pintores vivientes, yo en lo moderno y tú en lo primitivo”. El Aduanero tenía entonces setenta años y Picasso veintipico, ambos exhibían obra cada año en el Salón de los Independientes (ese caótico artefacto inventado por los impresionistas para darle la espalda a la Academia: bastaba pagar la cuota para poder exhibir), pero la obra de Picasso era la más esperada y comentada mientras que la del Aduanero era incluida como un chiste. Dia-ghilev y Cocteau y Gertrude Stein tenían cuadros de Picasso colgados bien visibles en sus salones cuando recibían invitados. Los animales de la selva pintados por Rousseau, en cambio, iban a parar al cuarto de los niños en las casas de panaderos, pescaderos y verduleros de Montmartre, que le daban productos al fiado al Aduanero.
Todos conocemos la historia de Rousseau tal como la contó Apollinaire: el hijo de la pobreza que no terminó la escuela y fue a parar al ejército (por robar diez francos en estampillas a un abogado al que le hacía mandados), con el que partió hacia México a defender a Maximiliano y luego a la guerra contra Prusia y luego, por los servicios prestados a la patria, recibió un puesto como inspector de provisiones en uno de los accesos a París (de ahí el apodo de Aduanero), donde empezó a pintar sus cuadros en sus ratos de descanso, hasta que un paisano suyo, el joven Alfred Jarry, se lo llevó a Montmartre, y allí se convirtió en un personaje del barrio, por los increíbles cuadros que pintaba (Apollinaire: “Las escenas que pintas las viste en México / un sol rojo ornando la frente de los bananos”) y por las increíbles fiestas domésticas a las que convocaba con invitación primorosamente escrita a mano (en la tarjeta anunciaba el menú, que solía ser una olla de ragú y un par de damajuanas de vino, y el repertorio que tocaría al violín, que parecía consistir de viejas canciones aprendidas en su infancia pero que en realidad habían sido compuestas especialmente para cada invitado, en los días previos a la velada).
Con el tiempo se supo que el Aduanero nunca había pisado México, que el lugar más exótico que conoció fue el invernadero del Jardín Botánico de París y el pabellón de animales disecados del Museo de Ciencias Naturales: de ahí vienen sus lujuriosas selvas y fieras y faunos y flores. Con el tiempo se supo también que, al llegar a Montmartre, Rousseau venía de ver morir a sus dos esposas y a todos sus hijos (menos una, que moriría poco después). El Aduanero que conoció el mundo, el delirante angelical que pintaba como niño y cantaba canciones de niño al violín en esas fiestas que parecían para niños, era un hombre que venía de sufrir esa terrible cadena de eventos. Según la definición habitual, Rousseau alcanzó la tercera edad sin salir de la infancia. Yo creo más bien que decidió vivir, una tras otra, las infancias que les fueron vedadas a sus hijos.
De una u otra manera, con el tiempo se hizo evidente que el Aduanero era un original, una de esas piezas únicas que irrumpen de tanto en tanto en el mundo del arte, alguien que no es hijo de ninguna escuela, de ninguna corriente, salvo de sí mismo: alguien que iba suavemente por un camino que nadie compartía con él y cuyas reglas de marcha desconocía, alguien capaz de lograr cincuenta tonos distintos de verde en un cuadro, de pintar la selva como si estuviese iluminada desde adentro. Diez años después de su muerte, cuando sus cuadros fueron rescatados de las casas de pescaderos y tenderos donde acumulaban polvo y colgados en las paredes de los museos (Picasso donó el primer Rousseau que tuvo el Louvre: el museo no sabía si aceptarlo; no quería hacer el ridículo; ha de haber sido un gran momento), el Aduanero se convirtió en lo que es hoy, uno de los santos patrones de lo onírico (de sus imágenes están hechos nuestros sueños: la pantera irrumpiendo de la espesura, el león que acecha a la gitana dormida en la arena a la luz de la luna).
Hay un cuadro suyo que se llama Los alegres farsantes: en un claro en la selva (lujuriosa, primigenia, como siempre en Rousseau), hay dos monos derramando el contenido de una botella de leche, mientras otros tres disfrutan la escena colgados de las ramas. Todo es armonía en la escena: reino animal y vegetal en perfecta confluencia, como en los tiempos preadánicos. Pero qué habrá querido decir el pintor con esa botella de leche, se vienen preguntando retóricamente desde hace décadas los expertos de Rousseau, para proceder a explicarnos que la leche es el símbolo de la abundancia y la fertilidad, que al Aduanero se le olvidó que en tiempos preadánicos la leche no venía en botellas, ya se sabe cuán encantadoramente naïf podía ser a la hora de plasmar sus metáforas o visiones oníricas o trances de infancia.
Cincuenta años estuvieron así las cosas hasta que, poco antes de morirse, un extraordinario escritor y profesor sureño recién jubilado llamado Guy Davenport, de visita en el Museo de Arte Moderno de Filadelfia, donde cuelga Los alegres farsantes, lo miró un buen rato y dijo que ésa no era ninguna botella de leche, sino un sifón (si se mira atentamente, en el pico de la botella se ve el percutor), que el río blanco no era ningún símbolo, sino un mero sifonazo, y que precisamente ese sifonazo sorpresivo era la causa del “gozo primigenio” que exhibían los “alegres farsantes” del cuadro. Dije que Davenport era un extraordinario escritor y profesor: en realidad tuvo que pasarse la vida enseñando porque nunca logró triunfar como escritor. Los años de enseñanza le dieron tal claridad a su manera de escribir, tan extraordinaria claridad, que los críticos no lo veían claro sino transparente: a los discípulos de Davenport que iban surgiendo sí los veían (y consagraban) pero a él no. De nada servía que esos discípulos dijeran, al triunfar, que lo habían aprendido todo de Davenport: los críticos se negaban a aceptar que lo que ellos no podían ver fuese cierto.
Un caso clásico. Yo creo que Davenport hablaba más de sí mismo que de Rousseau cuando explicó Los alegres farsantes. Según él, el destinatario de la mirada gozosa de los monos era, tenía que ser, uno de esos típicos expedicionarios ingleses (¿qué otro ser humano puede internarse en la selva con un sifón, salvo un british explorer que culmina cada jornada con un whisky con soda?). El inglés vuelve de mear en los yuyos y descubre que los monos le han robado el sifón y el rascador de espalda (nótese que uno de los primates sostiene también una de esas manitas talladas en madera que se usan para rascar la espalda). Ningún crítico de arte vio en esa imagen de la selva al expedicionario inglés porque el tipo estaba fuera de cuadro. Tan fuera de cuadro como estaba el pobre Davenport en esa otra imagen de la selva que es la literatura actual. Pero así son los críticos, lamentablemente: siempre se dejan distraer por la monería.